
En el día a día, son muchas las personas que se enfrentan a “monstruos” que los mantienen en un estado constante de alerta, que les impiden alcanzar la felicidad o que los paralizan en sus objetivos. Son, por ejemplo, la ansiedad, el diálogo interno negativo, la baja autoestima, la vergüenza o el ego.
Estas son respuestas que nuestro sistema nervioso ha aprendido para protegernos de aquello que percibe como una amenaza. El problema es que nos empujan hacia un miedo que no nos deja avanzar. La psicóloga Juani Ureña (@juaniurenapsicologa en redes sociales), directora del Centro de Psicología, Logopedia y Unidad de Diagnóstico Sakuru (Barcelona), señala que hay otro camino: el del amor.
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“Es una forma de interpretar el mundo mucho más constructiva, que nos ayuda a estar sanas y con el sistema nervioso en calma”, explica la autora del recién publicado libro No luches con tus monstruos (Vergara, 2026). En una entrevista con Infobae, la experta nos ayuda a entender estos “monstruos”, transformarlos y alcanzar esta otra manera de vivir.

Pregunta: ¿Cuál es el “monstruo” que más suele paralizar a las personas?
Respuesta: En consulta, el que más veo paralizar es “la mente ego”. Es curioso porque nadie lo reconoce como tal: se presenta disfrazado de ambición, de exigencia, de “esto es solo mi manera de ser responsable”. El ego nunca está satisfecho. Siempre quiere más (más éxito, más reconocimiento, más aprobación) y nos pone en alerta permanente, como si constantemente estuviéramos bajo amenaza.
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Recuerdo a Vanesa, una paciente que llegó a consulta con una frase que resume perfectamente lo que hace este monstruo: “Lo tengo todo, pero no soy feliz”. Había construido una carrera brillante, un puesto de prestigio, un círculo social amplio, pero cada logro le duraba un instante, y después volvía el vacío. Eso es el ego: te convence de que, si consigues el siguiente objetivo, por fin vas a sentirte suficiente, y nunca llega ese momento.
Lo importante es entender que el ego no es un enemigo. Apareció en algún momento de la vida para proteger una herida: una crítica, un rechazo, una infancia donde el amor había que ganárselo. El trabajo no es pelearte con él, sino reconocerlo: “¿Esto que siento ahora es mi ego hablando o soy yo conectada con lo que de verdad quiero?”.
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P: ¿Cómo de importante es nuestra infancia en el crecimiento y formación de nuestros miedos?
R: Fundamental. La infancia es donde nuestro sistema nervioso aprende a estar en el mundo. Si creciste en un hogar donde el cariño había que ganárselo con logros, aprendiste que tu valor depende de lo que consigues. Si el amor era inconsistente, aprendiste que las relaciones no son seguras.
El caso de Eva ilustra esto muy bien. Creció con una madre que, por fuera, parecía perfecta, pero que solo le mostraba cariño cuando ella cumplía sus expectativas. Si Eva fallaba en algo, la respuesta era silencio o frases como “¿cómo pudiste hacerme esto?”. De adulta, Eva repetía ese patrón en sus relaciones sin entender por qué.
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P: ¿Por qué caemos en los diálogos internos negativos y los retroalimentamos?
R: Porque ese diálogo, en su origen, cumplía una función: mantenernos alerta para evitar el dolor. Es un monstruo que aprendió su repertorio de frases desde que éramos niñas, normalmente a raíz de una crítica o un fracaso que nos dejó marca. Y, cuanto más lo escuchamos, más lo alimentamos y más fuerte se vuelve. El diálogo interno negativo no desaparece de un día para otro. Pero, cuando empiezas a hablarte con más amabilidad, pierde fuerza. Y cuando pierde fuerza, deja de dirigir tu vida.

P: ¿De dónde nacen la culpa y la vergüenza y por qué es tan complicado librarse de ellas?
R: La culpa nace cuando crees que has hecho algo mal: “Hice esto y fue un error”. La vergüenza va más adentro: “Yo soy el error”. Son emociones naturales, pero cuando se vuelven crónicas se convierten en cadenas muy pesadas. Cuando alguien vive instalada en la culpa o la vergüenza, no es solo una cuestión de malestar puntual: es un estado que mantiene al cuerpo y a la mente en la frecuencia más pesada que existe, y desde ahí es muy difícil pensar con claridad, sentirte merecedora o tomar decisiones desde la calma.
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Nos cuesta tanto librarnos de la culpa y la vergüenza porque hay que desarticular creencias muy antiguas sobre quiénes somos. Por eso distingo tanto entre culpa y responsabilidad: la culpa suena a condena, a castigo; la responsabilidad, en cambio, pone el foco en la reparación y en el aprendizaje. Ahí está la salida.
P: ¿Cuáles son las consecuencias de vivir constantemente pendiente de tareas y demandas externas, y por qué se produce?
R: Ocurre porque nuestra mente, biológicamente, está diseñada para la supervivencia, no para el bienestar. Cuando vivimos así, desconectadas del presente, el cuerpo lo paga: ansiedad flotante, insomnio, sensación crónica de que algo falta... Por eso una de las activaciones más importantes del camino del amor es volver al presente, no como concepto bonito, sino como un lugar físico al que regresar.
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Lo que propongo no es dejar de tener tareas pendientes, eso es imposible, sino elegir tres momentos concretos al día, por ejemplo al desayunar, después de comer y antes de dormir, para parar y reconectar conscientemente contigo misma. Ese pequeño hábito, sostenido en el tiempo, cambia por completo cómo habitas tu día.
Entender los monstruos y abandonar el miedo
P: Indicas que los “monstruos del miedo” no son nuestros enemigos y que no hay que luchar contra ellos. ¿Por qué?
R: Porque la lucha los alimenta. Cuando peleas contra un pensamiento o una emoción, le das más energía, más presencia. Y estos monstruos, aunque nos frenen, en origen intentaban protegernos: aparecieron en un momento en que sentimos dolor, y desde entonces se instalaron con la mejor de las intenciones, aunque de forma torpe.
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Por eso, en lugar de pelear, propongo dialogar: “¿Qué intentas proteger en mí?”. Cuando le preguntas eso a tu miedo, a tu ansiedad, a tu vergüenza, en lugar de rechazarlos, algo cambia. Dejan de ser el enemigo y se convierten en información. Y esa es la clave para no quedarte atrapada en el camino del miedo: no se trata de eliminar a los monstruos, sino de aprender a reconocerlos y decidir, con esa información, seguir eligiendo el camino del amor.

P: ¿Es posible aprender a gestionar los pensamientos automáticos e intrusivos? ¿Es ignorarlos una buena estrategia?
R: Ignorarlos no funciona, porque son automáticos precisamente por eso: no dependen de tu voluntad para aparecer. Lo que sí puedes trabajar es la relación que tienes con ellos. Detrás de todos ellos suele haber mecanismos de defensa muy humanos: la negación, la represión, el autosabotaje, el bloqueo emocional... Nos protegen a corto plazo, pero, si nos apoyamos demasiado en ellos, terminan frenándonos más de lo que nos cuidan.
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Lidia llegó a consulta al borde del colapso, con crisis de pánico e insomnio que ya no podía seguir ignorando. Su ansiedad se alimentaba de años de autoexigencia y miedo al fracaso, y su mente se llenaba constantemente de “¿y si...?”. Trabajamos una herramienta muy concreta: cada vez que aparecía un pensamiento catastrófico, la invitaba a detenerse y preguntarse “¿esto es realmente cierto? ¿qué evidencia tengo que lo sostenga? y, si pasara lo peor, ¿cómo lo manejaría?”. No se trata de convencerte de que todo va a salir bien, sino de ganar perspectiva frente a un pensamiento que, la mayoría de las veces, es más ruido que realidad.
P: Un pensamiento intrusivo muy frecuente es el pesimismo como autoprotección: “me imagino lo peor, así, si pasa, ya estoy preparada”. ¿Qué le dirías a quien cree que esta es una técnica eficaz?
R: Le diría que entiendo perfectamente la lógica, porque es muy seductora: imaginar lo peor funciona como un escudo para no llevarte un golpe si las cosas salen mal. El problema es que ese escudo tiene un coste altísimo: te roba la oportunidad de disfrutar el presente. Vives anticipando catástrofes que casi nunca ocurren, y, si alguna vez ocurren, ya las sufriste dos veces: una en tu imaginación y otra de verdad.

Con Emma, una paciente que llevaba años anticipando siempre el peor escenario posible, hicimos un ejercicio que puede sonar contradictorio: la visualización inversa. Le pedí que imaginara con detalle qué pasaría si sucediera lo peor que temía, y después que pensara cómo seguiría adelante aun así. Eso, paradójicamente, redujo mucho su ansiedad, porque descubrió que incluso en el peor de los casos ella sería capaz de sobrevivir y continuar. El pesimismo protector no te prepara para el dolor; solo te asegura vivirlo por anticipado, sin necesidad.
P: ¿Qué estrategias se pueden llevar a cabo para mejorar la autoestima?
R: Primero, entender que la baja autoestima casi nunca es “no creerte suficientemente buena”: es un filtro distorsionado que se va formando a lo largo de la vida, no en un único momento. Empieza en la infancia, con comparaciones o con una aprobación condicionada a los logros, pero se refuerza mucho en la adolescencia —el bullying es una de las experiencias que más la daña— y sigue construyéndose con cada experiencia adulta de rechazo o fracaso que no supimos digerir bien.
El caso de Carme me parece muy revelador: una mujer brillante, con un puesto de liderazgo, que minimizaba cada uno de sus logros. Es el síndrome del impostor. Trabajamos con un registro de logros: cada día anotaba qué había conseguido y qué habilidades propias había usado para lograrlo, forzándose a ver que no era azar, sino esfuerzo suyo.
La autoestima no se construye con frases bonitas frente al espejo, sino con acciones pequeñas y sostenidas que te demuestran, una y otra vez, que eres capaz. Eso es lo que veo una y otra vez en consulta: cuando el amor propio deja de ser una frase suelta y se convierte en un hábito diario, el sistema nervioso lo nota. Deja de estar en alerta y empieza a sentirse a salvo. Y ahí ocurre algo más: la energía deja de estar contaminada por el miedo, fluye con más limpieza, vibra más alto, brilla con una luz distinta. Se nota en el cuerpo, en la voz, en cómo te mueves por el mundo, en cómo piensas, en cómo gestionas tus emociones, en cómo te expresas, en cómo te relacionas, y en cómo te sitúas espiritualmente ante la vida.
Al final, el amor propio no es un destino al que llegas un día. Es un camino que se recorre a diario, con pequeños actos: cuidarte en lugar de exigirte, respirar antes de reaccionar, poner un límite, decir “sí” a lo que de verdad quieres. Cada vez que eliges eso, en lugar del miedo, estás transformando tu vida de una manera profunda.
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