Fitero, el pueblo de Navarra que enamoró a Bécquer: destaca por sus aguas termales y por el primer monasterio cisterciense de la península

La localidad inspiró dos de las leyendas más célebres del escritor

El monasterio de Fitero. (Ayuntamiento de Fitero)
El monasterio de Fitero. (Ayuntamiento de Fitero)
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Fitero, un pueblo de Navarra de poco más de 2.000 habitantes situado en el extremo suroeste de la comunidad foral, alberga el primer monasterio cisterciense de la Península Ibérica y fue el lugar que inspiró dos de las leyendas más célebres de Gustavo Adolfo Bécquer.

El poeta sevillano llegó por primera vez en 1861 atraído por las propiedades terapéuticas de sus aguas termales, que brotan del subsuelo a temperaturas de entre 32 y 52 grados centígrados. Arrastraba una enfermedad, una mezcla de sífilis y tuberculosis, que lo condujo hasta el balneario fiterano. Y lo que comenzó como una estancia de reposo, terminó convirtiéndose en materia literaria: dos relatos publicados en El Contemporáneo, el diario madrileño en el que Bécquer trabajaba como redactor. El primero, El Miserere, apareció el 17 de abril de 1862 y está ambientado en los muros del Monasterio Cisterciense de San Raimundo. En ese relato, los espíritus de los monjes se alzan de sus tumbas cada noche de Jueves Santo para entonar un canto espectral. El segundo, La Cueva de la Mora, se publicó el 16 de enero de 1863. La leyenda narra el amor imposible entre un caballero cristiano y la hija mora del alcaide de un castillo durante la Reconquista. El desenlace es trágico: la joven muere cuando acude en ayuda de su amado y, desde entonces, su espíritu desciende de noche hasta el arroyo.

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Fitero reunía todo lo que seducía a un escritor romántico: ruinas, silencio, piedra antigua, naturaleza abrupta, ecos religiosos y relatos transmitidos de generación en generación. Por este enclave pasaron también el papa Benedicto XV, cuando todavía era cardenal, y el diseñador Cristóbal Balenciaga.

Agentes de la Policía Nacional y Mossos d'Esquadra recuperan un relieve robado en 2010 del Monasterio de Santa Clara de Fitero, Navarra.

El balneario que usaban los romanos en el siglo II a.C.

Las aguas termales de Fitero se utilizan con fines terapéuticos desde época romana. Allí brotan de dos manantiales que hoy siguen alimentando uno de los balnearios más conocidos de Navarra. La Estación Termal Baños de Fitero conserva restos originales de aquella época y los combina con instalaciones renovadas orientadas al descanso y la salud.

Otra visita clave en el lugar es el Monasterio de Santa María la Real, declarado Monumento Nacional en 1931 y Bien de Interés Cultural tras la aprobación de la Ley de Patrimonio Histórico Español de 1985. Fue fundado en 1140 gracias a una donación de terrenos de Alfonso VII de Castilla. Es el primer cenobio de la orden del Císter en la Península Ibérica. La iglesia, con girola y cinco capillas absidales, se considera una de las más grandes e importantes del Císter español.

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Un retrato pintado por el hermano del poeta en el que se le ve de perfil con la cabeza ligeramente girada al espectador.
Gustavo Adolfo Bécquer. (Valeriano Domínguez Bécquer)

En su interior se conserva una destacada colección de arquetas árabes, cofres medievales y un relicario gótico de esmalte limosino. Destacan también un órgano de caja barroca de 1660 y el retablo mayor, que alberga tablas pictóricas flamencas del pintor Roland de Mois. El claustro renacentista y la sala capitular, cubierta por nueve tramos de bóvedas de crucería sostenidas por cuatro columnas centrales, completan los espacios más relevantes del conjunto.

El paisaje que rodeó a Bécquer sigue siendo visitable. La Cueva de la Mora se encuentra en el macizo de las Roscas, una formación geológica compuesta por conglomerados, calizas y areniscas moldeadas durante siglos por la erosión. El macizo puede recorrerse mediante el Circuito de las Roscas, una ruta circular de unos 8 km que permite admirar la vega del río Alhama.

Fitero se encuentra a 104 kilómetros de Pamplona, en la merindad de Tudela, y a una distancia similar de Logroño, Soria y Zaragoza, en una posición geográfica que en la Edad Media la convirtió en zona de disputa entre Navarra, Castilla y Aragón. Su nombre, de origen romance, significa precisamente eso: frontera.

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