
“Lo que desmoviliza al carlismo es haber ganado”. Jordi Canal, uno de los mayores especialistas en la historia del movimiento, resume así una de las grandes paradojas de una organización que protagonizó tres guerras civiles en el siglo XIX, movilizó a decenas de miles de combatientes y llegó a convertirse en uno de los principales actores políticos de la España contemporánea.
Casi dos siglos después, el carlismo ya no tiene representación institucional ni capacidad para influir en la política nacional, pero tampoco ha desaparecido. Sigue vivo en organizaciones que reivindican su ideario, en familias que conservan la memoria de sus antepasados requetés, en investigadores que continúan estudiándolo y hasta en un museo privado levantado por un coleccionista que lleva más de tres décadas reuniendo objetos de aquella historia. La pregunta ya no es qué fue el carlismo —resumiendo mucho, un movimiento político español tradicionalista y monárquico nacido en el siglo XIX, que se opone al liberalismo y que trató de instaurar en el trono una rama distinta a los Borbones, encarnada en la figura de Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII y que le disputó la sucesión a Isabel II—, sino qué queda de él en 2026.
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“En 2026 ya no podemos hablar de carlismo, sino de carlismos”, resume Canal. Esa pluralidad marca buena parte de la realidad actual del movimiento. La gran fractura llegó en los años 60, cuando una parte del tradicionalismo evolucionó hacia posiciones socialistas bajo el liderazgo de Carlos Hugo de Borbón-Parma, mientras otra mantuvo la línea tradicionalista. “Son dos historias distintas”, explica el historiador. “Unos reivindican un movimiento contrarrevolucionario y tradicionalista; los otros se inventan un movimiento supuestamente de izquierdas y revolucionario. Desde un punto de vista histórico, eso no se sostiene”.
Para Canal, esa división ayuda a explicar por qué resulta tan difícil hablar hoy del carlismo como un bloque homogéneo. De hecho, explica que el movimiento lleve décadas instalado en una fase de marginalidad política de la que difícilmente saldrá. “Es un movimiento de otro tiempo”, resume, aunque reconoce que conserva pequeños espacios culturales, familiares e identitarios.
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“Somos políticos, no un movimiento cultural”
La visión del historiador choca con la de quienes siguen militando hoy en la Comunión Tradicionalista Carlista. Su presidente, Francisco Javier Garisoain, rechaza que el carlismo sea un vestigio del pasado o un simple fenómeno cultural. “El carlismo es como una semilla. Está vivo y lleno de vida, aunque sea pequeño en comparación con lo que fue históricamente. Es una semilla en la que se condensa el verdadero ser de España, nuestra auténtica identidad”, afirma.
Garisoain discrepa también de quienes consideran que el movimiento ha quedado reducido al ámbito cultural. “Somos políticos y así queremos que siga siendo. Es verdad que hoy nuestra actividad puede parecer más prepolítica porque no tenemos tareas de gobierno, pero nuestro campo de acción natural es la política”, describe.
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Aunque sin representación institucional, la organización mantiene una actividad constante. Conferencias, cursos de verano, publicaciones, campañas de propaganda, presencia en redes sociales, círculos locales, actividades juveniles o la entrega anual del Premio Hispanidad Capitán Etayo forman parte de su calendario habitual.
¿Cuántos carlistas quedan hoy?
Poner cifras al carlismo resulta prácticamente imposible. No existe ninguna estimación oficial sobre cuántas personas se consideran hoy carlistas y ni siquiera los historiadores se atreven a aproximar un número. Jordi Canal distingue entre quienes militan activamente y quienes conservan una identidad heredada, mucho más difícil de medir. “Hay carlistas políticos y carlistas sociológicos”, explica. Estos últimos quizá nunca voten a una candidatura carlista, pero siguen identificándose con esa tradición familiar o local. “En Navarra, por ejemplo, siguen apareciendo apellidos que se repiten desde la Primera Guerra Carlista”.
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Frente a esa indefinición, la Comunión Tradicionalista Carlista sí maneja sus propias cifras. Garisoain habla de “cientos” de militantes y afiliados integrados en la organización y asegura que “varios miles de personas” participan a lo largo del año en sus actividades. Pese a ese reducido tamaño, rechaza medir el éxito únicamente en términos electorales. “Nuestra mentalidad no es la de un partido liberal. Nuestro objetivo no es conseguir cargos para los nuestros”. A su juicio, el carlismo también pervive en personas que nunca militarán en la organización. “España está llena de alcaldes, concejales o funcionarios que cumplen con su deber y buscan el bien común. Esos, aunque no lleven boina roja, también son de los nuestros”.
El presidente de la Comunión atribuye la pérdida de influencia del carlismo a la transformación social vivida por España durante los años 60. “Se pasó de una sociedad rural a una sociedad urbana de forma traumática. Eso provocó desarraigo y creó un caldo de cultivo perfecto para las ideologías que predican el autoodio y el desprecio a la propia tradición”. Aunque también hace autocrítica: “Los carlistas no lo han hecho todo bien”.
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Canal ofrece una explicación distinta. A su juicio, el carlismo ha sobrevivido precisamente porque ha sabido conservar un núcleo reducido de fieles capaz de reactivarse en determinados momentos. “Alguna vez lo he definido como un globo”, recuerda. “Cuando perciben un peligro revolucionario, el globo se hincha. Llega gente asustada por esa revolución. Pero cuando ese peligro desaparece, vuelve a deshincharse”. Ese proceso, sostiene, se ha repetido varias veces a lo largo de casi dos siglos de historia.
Garisoain, sin embargo, rechaza la idea de que el movimiento esté condenado a limitarse a un papel testimonial. “Queremos crecer”, asegura. “Nos gustaría hacerlo cuando los españoles se convenzan de que hay que cerrar el ciclo del liberalismo y volver a la tradición. No como una moda ni como resultado de una estrategia de marketing”, matiza.
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¿La antesala de Vox?
La Cruz de Borgoña ha sobrevivido mucho mejor que el propio carlismo. El aspa roja sobre fondo blanco, utilizada durante siglos por los ejércitos de la Monarquía Hispánica y adoptada por el movimiento carlista como uno de sus principales símbolos en los años 30, ha vuelto a ganar visibilidad en la última década. Hoy ondea en manifestaciones, protestas, actos reivindicativos o celebraciones deportivas, muchas veces al margen de cualquier organización carlista.
Para Javier Urcelay, fundador del Museo Carlista de Madrid, esa difusión no supone una apropiación indebida. Al contrario. “El carlismo nunca reivindicó la Cruz de Borgoña como un símbolo de partido, sino como una reivindicación de las glorias de España”, explica. Por eso asegura que ver la bandera en un estadio de fútbol o en una manifestación no le provoca rechazo. “No pensamos que nadie nos esté quitando nada. Nos alegra coincidir con tanta gente en el deseo de reivindicar la Hispanidad”.
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Garisoain comparte esa lectura. Recuerda que la Cruz de Borgoña es prácticamente el único emblema histórico del carlismo utilizado de forma habitual por personas ajenas al movimiento y no considera que eso desvirtúe su significado. “Cuando se representa con ella a la Hispanidad no hay ningún problema. No sentimos que nos estén arrebatando nada”, admite.
La creciente presencia de ese símbolo en movilizaciones conservadoras ha alimentado, sin embargo, otra asociación: la que identifica automáticamente al carlismo con Vox o con la extrema derecha. El presidente de la Comunión Tradicionalista Carlista la rechaza de plano. “Vox es un partido liberal”, apostilla. Aunque reconoce coincidencias puntuales en algunas críticas al sistema político, sostiene que las diferencias doctrinales son profundas. “Ellos no reniegan del laicismo, del constitucionalismo, del individualismo o del positivismo. Además, son centralistas y asumen con normalidad la actual monarquía. Nosotros no”.
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Garisoain tampoco acepta que el carlismo pueda definirse como un movimiento de extrema derecha. “La llamada extrema derecha suele estar formada por personas que tienen miedo al sistema, que ocupan la parte límite del mismo, pero que no se atreven a romper con él. Nosotros siempre hemos estado fuera del sistema, soñando con un sistema diferente”.
Canal introduce un matiz. Considera perfectamente posible que algunos carlistas voten hoy a Vox, igual que otros puedan hacerlo por partidos de izquierdas en el caso del sector surgido tras la escisión de Carlos Hugo. Pero advierte de que no existen estudios que permitan medir ese fenómeno. “No creo que sean un sector influyente ni decisivo ni en la extrema derecha ni en la extrema izquierda”.
La memoria que sobrevive en las familias
Mientras el debate político continúa, buena parte del legado carlista se conserva lejos de las instituciones. En una vivienda de El Escorial, Javier Urcelay ha convertido una casa de casi 400 metros cuadrados en un museo privado dedicado exclusivamente al carlismo. Todo empezó hace más de 30 años, cuando comenzó a recorrer el Maestrazgo siguiendo las huellas del general Ramón Cabrera. Aquellas investigaciones acabaron convirtiéndose primero en libros y después en una colección que hoy reúne cuadros, uniformes, banderas, documentos, armas y objetos relacionados con casi dos siglos de historia carlista. “Esto de coleccionar es como rascarse: sabes cómo empieza, pero no cómo acaba”, bromea.
Desde que abrió el museo en 2019, calcula que más de un millar de personas han pasado por sus salas. Entre ellas hay historiadores, militares, recreacionistas, periodistas, profesores y, sobre todo, descendientes de antiguos requetés. “Hay gente que viene porque ha oído toda la vida que su abuelo luchó como requeté y quiere entender qué significó aquello”, explica.
Para Urcelay, el carlismo “vive momentos cuasi agónicos” como proyecto político, pero sigue encontrando refugio en la memoria familiar. Esa idea conecta con la distinción que hace Jordi Canal entre los militantes y los llamados “carlistas sociológicos”: personas que quizá nunca participarán en una organización, pero continúan sintiéndose vinculadas al movimiento por tradición familiar o por el arraigo que tuvo en determinados territorios.
El fundador del museo cree que esa supervivencia también responde a otro factor. “Las causas derrotadas siempre tienen un encanto”. A su juicio, el carlismo sigue despertando interés porque todavía quedan “archivos inexplorados, personajes por reivindicar y episodios poco conocidos”. Lo considera, incluso, un “filón” para historiadores e investigadores. Pero también hay una dimensión emocional. “Tiene unas figuras verdaderamente emblemáticas, gente que lo dio todo, sufrió cautiverios, exilios y derrotas, y aun así volvió a levantarse”. Esa mezcla de épica e historia explica, en parte, el perfil de muchos visitantes.
El coleccionista asegura que esa curiosidad se refleja incluso en el libro de visitas del museo. “Hasta hoy no sabía que era carlista. Hoy lo he sabido”, recuerda que escribió uno de los visitantes tras recorrer durante más de dos horas las salas de la colección. Otros salen con una tarea distinta: rebuscar en los álbumes familiares fotografías, cartas o documentos de aquellos abuelos que un día vistieron la boina roja y cuya memoria había permanecido guardada durante décadas en un cajón.
Después de tres décadas rodeado de documentos, cuadros, uniformes y testimonios familiares, Urcelay asegura que la mayor enseñanza no está en los objetos, sino en las personas que los conservaron. “Lo que más me impresiona es la continuidad”, explica. “Ves 150 años de historia y encuentras la defensa de los mismos ideales generación tras generación”. Y concluye con la idea que, para él, atraviesa toda esa memoria: “Mil veces derrotados y nunca vencidos”.
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