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A los 70 años, decide gastar todos sus ahorros en crear una comunidad de casas para mujeres solteras: cuesta 390 euros al mes y tiene casi 500 personas en lista de espera

Robyn Yerian invirtió parte de su plan de jubilación para levantar un pequeño pueblo de tiny houses en Texas donde mujeres de entre 60 y 80 años comparten espacios, se ayudan mutuamente y buscan combatir la soledad sin renunciar a su independencia

Una de las tiny houses instaladas en la comunidad creada por Robyn Yerian en Cumby (YouTube)
Una de las tiny houses instaladas en la comunidad creada por Robyn Yerian en Cumby (YouTube)
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A simple vista parece un pequeño camping perdido en la pradera texana. Un camino de tierra, un portón automático, catorce plataformas de hormigón y una hilera de pequeñas viviendas repartidas entre el césped. Pero quienes viven allí insisten en que no es un camping ni una urbanización al uso. Es una comunidad. En Cumby, una localidad situada a una hora al noreste de Dallas, once mujeres de entre 60 y 80 años han encontrado una forma distinta de afrontar la jubilación: vivir de manera independiente, pagar un alquiler asequible y hacerlo rodeadas de vecinas que han terminado convirtiéndose en su red de apoyo.

Detrás del proyecto está Robyn Yerian, una estadounidense de 70 años que decidió hacer algo poco habitual cuando empezó a pensar en su propia vejez. En lugar de asumir que sus ahorros no serían suficientes para afrontar el aumento del coste de la vida, optó por invertir buena parte de su plan de jubilación en crear el lugar donde ella misma quería envejecer.

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Hoy cada residente paga 450 dólares al mes —unos 390 euros al cambio— por la parcela donde está instalada su tiny house. El precio incluye el agua, el saneamiento, la recogida de basura y el mantenimiento de las zonas comunes. La electricidad y el propano corren por cuenta de cada una. Pero, según reconocen quienes viven allí, lo que realmente están pagando no son unos metros cuadrados de terreno, sino la tranquilidad de saber que nunca estarán completamente solas.

Una jubilación que ya no salía de las cuentas

La idea empezó a tomar forma cuando Yerian hizo un cálculo que cada vez preocupa a más estadounidenses. Divorciada y madre de dos hijos, ya vivía en una tiny house de dos dormitorios que había comprado por 57.000 dólares dentro de otra comunidad de viviendas ligeras. Sin embargo, al ver cómo se disparaban los precios en el área de Dallas llegó a una conclusión inquietante: los ahorros que había reservado para la jubilación no le alcanzarían para mantener ese ritmo de vida.

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En vez de dejar inmovilizado ese dinero, decidió convertirlo en una inversión capaz de generarle ingresos y, al mismo tiempo, ofrecerle la compañía que no garantizan las cuentas bancarias. En 2022 retiró parte de su plan de pensiones, compró por 35.000 dólares un terreno de cinco acres en Cumby —algo más de dos hectáreas— y trasladó hasta allí su propia vivienda.

La apuesta estaba lejos de ser sencilla. El terreno no disponía de electricidad, agua corriente ni ningún tipo de infraestructura. Hubo que acondicionarlo completamente, abrir accesos, instalar una fosa séptica y conectar todos los suministros básicos. Entre la compra de la parcela y las obras, la inversión alcanzó unos 150.000 dólares, cerca de 130.000 euros.

Sin embargo, el dinero no fue el mayor obstáculo. Como ocurre en muchos lugares, las tiny houses se mueven en un terreno ambiguo desde el punto de vista urbanístico y numerosos municipios no autorizan este tipo de viviendas permanentes. Para sacar adelante el proyecto, Yerian encontró una solución administrativa: registrar el terreno como un parque para autocaravanas.

Ese detalle explica el aspecto actual del recinto. Las viviendas descansan sobre catorce plataformas de hormigón de unos tres metros por nueve, equipadas con conexiones de agua, electricidad y saneamiento y preparadas con anclajes para resistir los fuertes vientos de la pradera texana.

Vista general de la comunidad de tiny houses levantada por Robyn Yerian en Cumby (YouTube)
Vista general de la comunidad de tiny houses levantada por Robyn Yerian en Cumby (YouTube)

Una parcela, una casa y una única norma

A diferencia de otras promociones inmobiliarias, Yerian no vende viviendas ni las construye para sus futuras vecinas. Lo que alquila son parcelas completamente preparadas para que cada residente llegue con su propia tiny house, encargue una nueva o incluso instale una autocaravana.

Con el tiempo, sin embargo, detectó otro problema. Algunas mujeres interesadas compartían la filosofía del proyecto, pero no podían afrontar la compra inicial de una vivienda. Para ellas adquirió una tiny house que alquila completamente equipada junto con la parcela por unos 700 dólares mensuales, alrededor de 600 euros.

Pese a la elevada demanda, asegura que nunca aumentará el precio del alquiler de las parcelas. Una decisión que ha contribuido a disparar el interés por un proyecto donde casi todo es sencillo, incluido el reglamento interno.

Las normas de convivencia caben prácticamente en una frase. Si surge un conflicto, debe resolverse hablando directamente con la otra persona. No hay espacio para rumores, bandos ni resentimientos que se prolonguen durante semanas o meses.

El resto se parece más a la vida de un pequeño pueblo que a la de una urbanización. Las residentes desayunan juntas en un espacio común al que llaman “la cocina”, mantienen un club de lectura, cuidan un huerto compartido, organizan barbacoas y acostumbran a reunirse cada tarde para comentar cómo ha ido el día antes de volver a sus casas.

Lo que realmente buscan las casi 500 mujeres en lista de espera

Pero el verdadero valor de la comunidad aparece cuando alguna necesita ayuda. Después de que una de las vecinas fuera operada de una rodilla, el resto organizó turnos para llevarla a rehabilitación, hacer la compra o prepararle la comida durante la recuperación. Según explicó Yerian a People, es habitual que unas acompañen a otras a las consultas médicas, visiten a quienes están enfermas o simplemente hagan compañía cuando alguna atraviesa un momento complicado. La escena la completan nueve perros que forman parte de la vida cotidiana del recinto.

Ese ambiente explica por qué el proyecto ha despertado un interés que supera con creces su capacidad. De las catorce parcelas disponibles, solo una permanecía libre en el momento de las últimas entrevistas concedidas por su fundadora, mientras cerca de 500 mujeres esperaban una oportunidad para entrar.

Conseguir una plaza tampoco depende únicamente del dinero. Todas las aspirantes deben desplazarse hasta Cumby para conocer personalmente tanto a Yerian como al resto de residentes. Algunas incluso han viajado en avión para mantener esa entrevista. El objetivo es comprobar que pueden desenvolverse de forma autónoma y, sobre todo, que están dispuestas a compartir una forma de vida basada en la convivencia cotidiana.

Estudios demuestran que esto sucede debido a que la esperanza de vida aumenta

La experiencia de Cumby no es única. En Francia funciona desde 2013 la Maison des Babayagas, un proyecto impulsado en Montreuil por la activista feminista Thérèse Clerc tras quince años de trámites administrativos. El edificio alberga 25 viviendas, de las cuales 21 están reservadas a mujeres mayores de 60 años y cuatro a menores de 30 para favorecer la convivencia entre generaciones.

También han surgido otras iniciativas que recurren a las tiny houses para replantear el modo de envejecer, desde familias que instalan una pequeña vivienda en el jardín para que un familiar mayor conserve su independencia hasta comunidades en Países Bajos donde los propios vecinos construyen sus casas sobre terrenos alquilados. Proyectos distintos que parten de una misma idea: demostrar que estas viviendas ya no representan únicamente una opción para quienes buscan un estilo de vida minimalista, sino también una respuesta al reto de llegar a la vejez sin renunciar ni a la autonomía ni a la compañía.

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