El filósofo José Carlos Ruiz alerta de un nuevo analfabetismo: “Por primera vez en la historia, el ser humano está empezando a usar la narrativa de la IA”

El uso de la inteligencia artificial podría estar modificando los hábitos de aprendizaje y el razonamiento cotidiano

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El filósofo José Carlos Ruiz alerta de un nuevo analfabetismo con la IA. (Montaje Infobae)
El filósofo José Carlos Ruiz alerta de un nuevo analfabetismo con la IA. (Montaje Infobae)

La irrupción de la inteligencia artificial en la vida cotidiana ha abierto un debate cada vez más presente sobre sus efectos a medio y largo plazo: no solo está transformando las tareas que realizamos, sino también la forma en la que pensamos y razonamos. Entre la utilidad de estas herramientas y una creciente dependencia, algunos expertos alertan de un posible efecto colateral menos visible: la pérdida progresiva de habilidades cognitivas que antes se ejercitaban de manera constante.

El filósofo José Carlos Ruiz ha trasladado en la Cadena SER una preocupación que apunta directamente al futuro del pensamiento humano: “A mí me agobia mucho que haya una posibilidad real de un nuevo analfabetismo, y es no saber pensar sin delegar en la IA”. A partir de esta idea, el debate se articula en torno al concepto de “descarga cognitiva”, entendido como la tendencia creciente a externalizar procesos mentales en herramientas tecnológicas, reduciendo la implicación activa del pensamiento en tareas que antes exigían esfuerzo intelectual propio.

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En este contexto, también se advierte de las posibles consecuencias de esta dinámica: “La inteligencia artificial puede llevarnos a incapacitarnos para pensar”. No se trata únicamente de una cuestión de eficiencia o de comodidad, sino de un cambio más profundo en la manera en que las personas afrontan el razonamiento, la escritura o la toma de decisiones.

Manos de un abogado escribiendo en una laptop, que muestra la interfaz de ChatGPT, junto a un libro abierto y una taza de café.
Un abogado utiliza un portátil para interactuar con ChatGPT. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Según el planteamiento del filósofo, una parte creciente de la población estaría ya trasladando a la inteligencia artificial procesos que antes requerían esfuerzo mental propio: “Hay mucha gente que todos los procesos cognitivos de pensamiento se los da a la IA, la IA le procesa y lo asume ya”. Esta práctica, advierte, podría derivar en una pérdida progresiva de autonomía intelectual si no se utiliza con criterio y sentido crítico.

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La transformación de la narrativa humana

Uno de los aspectos más llamativos del debate es la forma en la que se está modificando la relación entre humanos e inteligencia artificial. Los modelos se alimentan de textos y producciones humanas, lo que hace que su funcionamiento esté profundamente condicionado por el lenguaje y las estructuras narrativas que les proporcionamos. Sin embargo, a medida que estas herramientas generan cada vez más contenido, comienza a producirse un fenómeno de retroalimentación: la IA no solo imita el lenguaje humano, sino que empieza a consolidar un estilo propio, basado en patrones algorítmicos.

Dos personas sentadas frente a laptops en una oficina moderna. Una pantalla muestra un icono de inteligencia artificial, la otra exhibe documentos. Ventana al fondo.
Dos personas en la oficina utilizando la inteligencia artificial. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En este punto surge la idea de un cambio más sutil pero relevante: ese contenido generado por la inteligencia artificial empieza a influir en la manera en la que las personas escriben, se expresan e incluso estructuran sus pensamientos. Ya no se trata únicamente de que la IA aprenda a hablar como nosotros, sino de que nosotros estamos adoptando sus formas de expresión, sus estructuras y su lógica discursiva.

Esta inversión plantea una preocupación de fondo: la posibilidad de que el lenguaje humano se vaya homogeneizando bajo patrones derivados de sistemas automatizados, lo que podría afectar a la diversidad del pensamiento. Si la forma de expresarnos se estandariza, existe el riesgo de que también lo hagan nuestras formas de razonar y argumentar.

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