
Lejos de las batallas épicas y las grandes estrategias militares descritas en los libros de historia, los soldados romanos que custodiaban el famoso Muro de Adriano, en el norte de la actual Inglaterra, libraban una batalla diaria mucho más silenciosa e incómoda en sus propios estómagos. Un reciente estudio científico ha revelado que los ocupantes del fuerte militar de Vindolanda estaban plagados de parásitos intestinales debido a deficiencias en la higiene y el saneamiento. Este hallazgo desafía la imagen tradicional de una Roma impecablemente higiénica y tecnológicamente avanzada.
La investigación, publicada en la revista científica Parasitology, fue liderada por expertos de la Universidad de Cambridge, la Universidad de Oxford y la Universidad McMaster de Canadá, en colaboración con el Vindolanda Trust. El equipo analizó muestras de sedimentos extraídos directamente de los canales de desagüe de las letrinas de un complejo de baños del siglo III d.C. Mediante análisis microscópicos y sofisticadas pruebas inmunológicas (ELISA), los científicos lograron identificar los huevos y rastros de tres invasores: la lombriz intestinal (Ascaris), el tricocéfalo o gusano látigo (Trichuris) y el protozoo Giardia duodenalis. Esta última representa la primera detección arqueológica confirmada de este parásito en la Gran Bretaña romana.
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Tres enemigos silenciosos y muy contagiosos
Los parásitos identificados comparten una misma vía de propagación: la fecal-oral. Esto significa que los huevos o quistes microscópicos expulsados en las heces de personas infectadas acababan contaminando el agua, los alimentos o las manos de otros habitantes, perpetuando el ciclo de contagio en el fuerte. Las lombrices intestinales adultas podían medir entre 20 y 30 centímetros de largo, mientras que los tricocéfalos alcanzaban unos 5 centímetros. Por su parte, la Giardia es un microorganismo unicelular que causa brotes de diarrea aguda.

La doctora Marissa Ledger, quien se ha encargado de dirigir la parte del estudio en la Universidad de Cambridge durante su doctorado, explica el grave impacto físico de estas infecciones crónicas: “Los tres tipos de parásitos que encontramos podrían haber provocado desnutrición y causar diarrea en algunos de los soldados romanos”.
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La investigadora añade que, aunque los médicos de la época conocían la existencia de las lombrices, “había poco que sus médicos pudieran hacer para eliminar la infección por estos parásitos o ayudar a quienes sufrían diarrea, lo que significa que los síntomas podían persistir y empeorar”, explica. De esta forma, “estas infecciones crónicas probablemente debilitaron a los soldados, reduciendo su capacidad para el servicio”.
El peligro del agua contaminada en verano
Las letrinas comunitarias y los baños, que hoy admiramos como hitos de la ingeniería romana, eran en realidad focos de infección constante. El agua corriente que alimentaba el fuerte de Vindolanda provenía de manantiales locales, pero los sistemas de drenaje no impedían que los desechos fecales se filtraran e infectaran las fuentes de consumo.
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Especialmente en los meses de calor, el autor principal del estudio, el doctor Piers Mitchell, de la Universidad de Cambridge, asegura que “algunos soldados podrían haber enfermado gravemente por deshidratación durante los brotes de Giardia”. Una crisis sanitaria que puede “infectar a decenas de personas a la vez”

Además, Mitchell explica que “una giardiasis no tratada puede prolongarse durante semanas, causando una fatiga drástica y pérdida de peso”. Sin duda, el hecho de que estos parásitos continúen a día de hoy en las muestras del muro indica que el entorno era propicio para bacterias aún más peligrosas, como la Salmonella o la Shigella, capaces de causar brotes epidémicos letales.
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¿Qué podemos saber de los soldados que vivieron en el fuerte?
El fuerte de Vindolanda no era solo un cuartel de hombres solteros. Al parecer, las excavaciones arqueológicas han recuperado miles de zapatos de cuero pertenecientes a mujeres y niños, así como joyas, utensilios domésticos y cartas escritas en tablillas de madera que revelan que las familias de los soldados vivían allí. Los parásitos afectaban por igual a toda esta microsociedad, siendo los niños las principales víctimas.
Según el doctor Mitchell, “una infección crónica por Giardia, Ascaris o Trichuris puede provocar deshidratación aguda, retrasos en el crecimiento y un debilitamiento cognitivo duradero”. Esta alarmante realidad sanitaria contrasta con la sofisticación de las obras públicas romanas. Como resume el doctor Patrik Flammer, encargado de los análisis en la Universidad de Oxford: “A pesar de que Vindolanda contaba con letrinas comunitarias y un sistema de alcantarillado, esto no protegió a los soldados de infectarse entre sí con estos parásitos”.
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