La técnica japonesa para producir madera de calidad sin talar árboles: 700 años de historia, templos y conservación del ecosistema

El ‘daisugi’ consiste en podar de manera muy precisa el árbol nacional japonés para estimular la aparición de brotes desde el tronco principal

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El bosque japonés
La técnica de siglos que revoluciona los bosques. (Wikimedia Commons)

Durante más de siete siglos, Japón ha practicado una técnica singular para obtener madera de calidad sin destruir sus bosques. El método, conocido como daisugi, nació en el siglo XIV en la región de Kitayama, cerca de Kioto, en respuesta a la escasez de árboles jóvenes y a la necesidad de preservar el entorno natural. La innovación permitía abastecer a la población y a la arquitectura local sin romper el equilibrio del ecosistema, garantizando la supervivencia de los cedros nacionales o sugi.

La técnica daisugi consiste en podar de manera muy precisa y cuidadosa los cedros sugi, el árbol nacional japonés, para estimular la aparición de brotes desde el tronco principal. Estos brotes, tras años de crecimiento regulado, se convierten en maderas largas, rectas y libres de nudos, perfectas para la construcción. Esta poda manual y periódica, realizada cada dos años, deja únicamente las ramas superiores, lo que permite que los nuevos brotes crezcan verticalmente y con una calidad superior a la de la madera convencional.

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El proceso daisugi revolucionó la gestión forestal en Japón. Al no talar por completo el árbol madre, los japoneses lograron que los mismos ejemplares pudieran producir madera de alta calidad repetidas veces a lo largo de su vida útil. Así, respondieron a la demanda creciente de madera para casas y templos, especialmente durante el auge arquitectónico del estilo sukiya-zukuri en el siglo XIV, cuando la linealidad y la perfección de las vigas eran esenciales.

Proceso y funcionamiento de la técnica daisugi

El corazón del daisugi está en la poda artesanal y meticulosa. Cada árbol es tratado a mano, cortando los brotes secundarios y dejando solo las ramas superiores. Este trabajo se repite cada dos años para mantener la forma y estimular el desarrollo de nuevos troncos desde el mismo punto de origen. La cosecha de estos brotes puede durar hasta 20 años, periodo tras el cual el árbol viejo llega a producir hasta cien brotes utilizables sin necesidad de ser talado.

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Vista aérea del sitio donde se estudió el impacto del CO2 elevado en robles ingleses entre 2021 y 2023 (CRÉDITO: Peter Ganderton/Universidad de Plymouth)

Los árboles sometidos a daisugi presentan una fisonomía característica: de un tronco principal bajo y robusto emergen varios tallos verticales largos y rectos, similares a un bonsái de gran escala. Estos ejemplares son fácilmente distinguibles en los bosques de Kitayama. A pesar de su eficiencia ecológica, el tiempo requerido para obtener madera lista para uso, décadas en cada ciclo, hizo que el daisugi fuera perdiendo protagonismo frente a métodos más rápidos en la actualidad.

Ventajas y propiedades de la madera obtenida

La madera producida mediante el método daisugi posee cualidades sobresalientes: es un 140 % más flexible que el cedro estándar y hasta un 200 % más densa y resistente. Esta combinación de propiedades físicas la hace especialmente apreciada para la construcción de viviendas, templos y mobiliario donde la durabilidad y la solidez son prioritarias. Además, la ausencia de nudos y la uniformidad de los listones obtenidos permiten acabados más finos y seguros.

El bosque japonés
Las ventajas de la técnica de 700 años. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Otra ventaja clave es la durabilidad extrema de la madera, que puede resistir durante generaciones sin perder sus características. El respeto hacia los árboles sugi y la eficiencia del daisugi reflejan el vínculo cultural de Japón con sus bosques, donde la tecnología ancestral y el cuidado del entorno van de la mano. Si bien hoy en día no es la técnica estándar por la lentitud del proceso, daisugi sigue siendo un referente de manejo forestal sostenible y de producción sin tala.

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