
La ciencia detrás de los antojos de comida reconfortante revela que estos impulsos van mucho más allá de un simple gusto: son respuestas complejas ligadas a procesos hormonales, recuerdos y mecanismos de recompensa cerebral. Los expertos de Real Simple aseguran que el deseo de consumir alimentos como helado, pizza o papas fritas durante momentos difíciles está profundamente conectado a la forma en la que el cerebro busca aliviar la tensión emocional. Tal como explica el Dr. Michael DeShields, director médico del Discovery Institute y miembro de la Sociedad Estadounidense de Medicina de la Adicción, los alimentos ricos en azúcar o grasa “estimulan la liberación de dopamina, generando una sensación de placer inmediata y actuando como una vía rápida de escape frente al estrés”.
Estos impulsos no surgen solo por hambre, sino que, como señala la doctora en psicología Dakari Quimby, asesora clínica en The Lakes Behavioral Health, están relacionados con la necesidad de regular las emociones. Cuando las personas experimentan tristeza, frustración o ansiedad, el cerebro activa el sistema de recompensa y busca alivio en ingredientes muy energéticos. La nostalgia también juega un papel relevante: muchos alimentos reconfortantes están asociados a la infancia y evocan momentos de cuidado y seguridad, lo que refuerza su atractivo en condiciones adversas.
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La alimentación emocional puede proporcionar alivio temporal, pero los especialistas advierten sobre los riesgos de convertirla en un hábito recurrente. El Dr. DeShields afirma que, aunque comer alimentos favoritos puede disminuir el malestar inmediato y mejorar el ánimo por un corto periodo, este beneficio no se sostiene a largo plazo ni supera el efecto de otras actividades placenteras. De hecho, recurrir a la comida como principal mecanismo de afrontamiento puede desencadenar un círculo vicioso: la satisfacción rápida se transforma en culpa, lo que puede derivar en un aumento de los antojos y en una relación cada vez menos sana con la comida.
Cómo influyen los antojos en la salud mental
Como subrayan los expertos consultados, los antojos de comida reconfortante surgen por la interacción entre el sistema de recompensa cerebral, las hormonas del estrés y la memoria emocional. El Dr. DeShields explica que “el consumo de azúcar y grasa activa la dopamina, el neurotransmisor asociado al placer, mientras que altos niveles de cortisol, la hormona del estrés, intensifican el deseo de alimentos ricos en calorías”. Este mecanismo, según Quimby, se activa especialmente en situaciones de sobrecarga emocional, donde el cuerpo busca una solución rápida y gratificante.
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La nostalgia potencia el efecto de estos alimentos: muchos de los platos que anhelamos están ligados a recuerdos de infancia o a momentos en que recibimos atención y cariño. Comerlos no solo calma temporalmente el malestar, sino que reactiva emociones positivas almacenadas en la memoria. Por eso, explica DeShields, el antojo de una sopa o un postre específico tras un día complicado suele estar más relacionado con la necesidad de consuelo que con el hambre real.
No obstante, ambos especialistas advierten que ceder siempre a estos antojos puede tener consecuencias adversas. El alivio es breve y, al desaparecer, el estado de ánimo tiende a volver a los niveles previos o incluso a empeorar por la aparición de sentimientos de culpa. Cuando este patrón se repite, puede afectar la salud metabólica y emocional de la persona, incrementando el riesgo de trastornos alimentarios y enfermedades asociadas.
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Estrategias recomendadas para gestionar los antojos
Los expertos coinciden en que no se trata de eliminar por completo los alimentos reconfortantes, sino de desarrollar mecanismos alternativos para afrontar las emociones difíciles. La Dra. DeShields recomienda, ante un antojo, detenerse y preguntarse cuál es la verdadera necesidad: ¿es hambre, cansancio, soledad o estrés? Si la respuesta es emocional, conviene explorar otras formas de consuelo, como el descanso, la interacción social o actividades relajantes.

Una estrategia respaldada por la evidencia, según Quimby, es el “urge surfing” o surfear el impulso. Consiste en observar el antojo con curiosidad, reconociendo que es una sensación pasajera, como una ola que acabará disipándose. Este enfoque ayuda a resistir la urgencia inmediata y a tomar decisiones más conscientes sobre la alimentación. Además, los profesionales recomiendan mantener horarios regulares de comidas, priorizar el sueño y la actividad física, y mejorar el autocuidado para reducir la frecuencia de los antojos intensos.
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Por último, Quimby destaca la importancia de disfrutar de los alimentos reconfortantes de forma planificada y sin culpa, integrándolos en una relación más equilibrada y consciente con la comida. “El objetivo principal no es prohibir estos alimentos, sino permitir su consumo desde un estado emocional estable, evitando que se conviertan en la única estrategia para manejar emociones negativas”. De esta forma, se preserva su valor emocional y se evita caer en patrones que puedan dañar la salud física y mental.
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