
La Capitana, la Gallega, la Vizcaína y la Santiago de Palos partieron el 11 de mayo de 1502 del puerto de Cádiz en el que fue el cuarto y último viaje de Cristóbal Colón hacia las Américas. Unos años antes, recordemos, el navegante marcó un antes y un después en la historia cuando, después de 36 días cruzando el océano abierto, llegó a lo que conocemos hoy como la isla de Guanahani y denominada por él mismo como San Salvador.
Los primeros meses de lo que fue su última travesía los pasó explorando la costa de Centroamérica, con el objetivo de hallar un paso al océano Pacífico. No obstante, el viaje se tornó en una pesadilla a finales de ese otoño. Y es que, al llegar a Panamá en enero de 1503, donde estableció un asentamiento, se tuvo que enfrentar a diversos problemas con los nativos, más un motín de su tripulación, como recoge la base de datos científica, EBSCO.
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Así, con la mitad de la embarcación inicial, Colón se dirigió a la colonia española de La Española, en el Caribe. Pero una epidemia de broma (moluscos que perforan la madera) carcomió los cascos e inundó poco a poco las carabelas que le quedaban, forzando un encallamiento en la costa de Jamaica el 25 de junio, como detalla la revista Space.
En ese momento, el almirante y sus tripulantes dependieron de la acogida pacífica de los nativos para intercambiar comida, como la yuca, el maíz o el pescado, por baratijas españolas. Pero cansados del timo, al recibir cascabeles o silbatos a cambio de víveres vitales, estos suspendieron el suministro y para febrero de 1504 tenían preparado un ataque a los españoles.
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La salvación llegó gracias a la astronomía
Para la suerte de Cristóbal Colón, que notaba la tensión con los nativos, contaba con unas cartas astronómicas que indicaban un eclipse lunar para la noche del 29 de febrero. Concretamente, se sabe que contaba con el “almanaque perpetuo” de Abraham Zacuto y las Efemérides del astrónomo alemán Johannes Müller (conocido como Regiomontanus).
Aunque las tablas calculaban las horas para la ciudad alemana de Núremberg y Colón carecía de un reloj local preciso para Jamaica, el desesperado almirante decidió arriesgarse a usar la información para salvarse. Tres días antes del fenómeno, convocó al cacique y le advirtió que el Dios cristiano estaba profundamente furioso por la falta de alimentos.
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Como señal inconfundible de su castigo divino, esa misma noche borraría la Luna llena del firmamento, dejándola inflamada de ira y con un color sangriento. Al principio, algunos de los nativos se burlaron de la advertencia. Sin embargo, el 29 de febrero, con un cielo despejado, la sombra de la Tierra comenzó a devorar visiblemente la Luna llena.
Poco después, una tétrica luz rojiza envolvió la silueta lunar, reemplazando el brillo habitual de finales de invierno. El pánico absoluto se apoderó de los nativos. Según los diarios de su propio hijo, Hernando Colón, recogidos por la NASA: “Los indígenas presenciaron esto [el eclipse] y quedaron tan asombrados y asustados que, entre grandes gritos y lamentos, acudieron corriendo desde todas las direcciones hacia los barcos, llevando provisiones y suplicando (...) y prometiendo que en el futuro satisfarían diligentemente todas sus necesidades”.
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Aparentando una absoluta tranquilidad, Colón se retiró a su cabina, afirmando que conferenciaría en privado con su Dios. En realidad, se encerró para utilizar un reloj de arena de media hora para cronometrar las etapas del eclipse calculadas por Regiomontanus. Tras unos cincuenta minutos, cuando el eclipse alcanzaba su fase final, Colón regresó ante los nativos para anunciar que Dios los había perdonado y que les devolvería la luz de la Luna gradualmente.
Al ver que el satélite volvía a brillar, los aliviados indígenas cumplieron fielmente su promesa, manteniéndolos bien provistos de alimentos hasta que llegó una carabela de rescate de La Española el 29 de junio de 1504. Colón regresó a España en noviembre de ese mismo año, donde pasó sus últimos años muy enfermo y en amargas disputas por sus títulos antes de morir el 20 de mayo de 1506.
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Este providencial engaño astronómico demostró la asombrosa exactitud de las tablas de Regiomontanus —basadas en el modelo geocéntrico de Ptolomeo— e inspiró a autores literarios como Mark Twain en ‘Un yanqui de Connecticut en la corte del rey Arturo’, Rider Haggard en ‘Las minas del rey Salomón’ y Hergé en ‘Las aventuras de Tintín’, inmortalizando para siempre el eclipse que salvó a Colón.
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