
El verano ha hecho su entrada en España y los termómetros ya lo sienten. Tras un fin de semana marcado por la primera ola de calor de la temporada, la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) prevé mayores subidas de temperatura, superando los 40 grados en algunos puntos del país.
Este calor extremo deja su huella en la salud humana: el cuerpo se fatiga y se deshidrata más rápido, el descanso nocturno empeora y los vasos sanguíneos se dilatan, provocando hinchazón en las extremidades o bajadas bruscas de tensión.
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Las altas temperaturas también afectan a la forma de comer. Muchos sienten que, cuanto más calor hace, más se reduce su apetito y, por tanto, su ingesta diaria. Se trata de una respuesta natural del cuerpo, que intenta luchar contra los efectos del calor.
El cerebro responde al calor
La respuesta ante la pérdida del apetito parece encontrarse en el hipotálamo, la región del cerebro que regula las funciones corporales como el hambre, la sed y el sueño. Según una investigación publicada en PLOS Biology, en él operan unas neuronas concretas encargadas de suprimir el apetito. Se conocen como neuronas POMC (neuronas productoras de pro-opiomelanocortina) y, cuando se activan, la sensación de hambre disminuye.
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Al subir el calor corporal, ya sea por la fiebre, el ejercicio o el clima cálido que nos rodea, el cuerpo produce una proteína sensible al calor, la proteína TRPV1, que se conecta con las neuronas POMC y las activa, suprimiendo el apetito. Los autores del estudio vieron esta actividad neuronal dentro de ratones, que reducían su ingesta de alimentos con el calor. Al suprimir en ellos la TRPV1, esta diferencia nutricional desaparecía.

Así actúa el cuerpo ante el calor
Otros mecanismos dentro del cuerpo humano explican esa pérdida de apetito. Por norma, el organismo trabaja por mantener siempre una temperatura entre 36 y 37 grados. La respiración, el sudor y la circulación se utilizan para lograr la temperatura adecuada, en un proceso conocido como termorregulación.
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En invierno, el frío exige un trabajo extra para mantener el calor interno. Este proceso necesita energía, es decir, calorías, para funcionar, lo que incrementa la ingesta de alimentos. En verano, el gasto energético es menor, así que se reduce el apetito.
Además, hay que tener en cuenta que el comer exige ya un esfuerzo al cuerpo. Para digerir y absorber los nutrientes de los alimentos, el organismo gasta energía y se produce un aumento leve de la temperatura corporal. Con unos frescos 25 grados, tal vez no sea problema, pero cuando los termómetros superan los 40 grados, es un esfuerzo que el cuerpo prefiere ahorrarse.
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Comida contra el calor
Aunque el cuerpo pida menos comida, la sigue necesitando para ejercer todas esas funciones que nos mantienen con vida. Así, será adecuado adaptar la alimentación para nutrir al organismo a la par que ayudarle a sobrevivir a las altas temperaturas.
Los expertos recomiendan optar por comidas frescas y cargadas de agua, como frutas y verduras, que ayudan a compensar la pérdida de hidratación del cuerpo.
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