
A caballo entre Haymana, en Turquía, y Cambridge, en Reino Unido, Burhan Sönmez (61 años) recupera la memoria oral del pueblo kurdo en Los inocentes (Bunker Books, 2026). Con su madre como guardiana de las palabras, el escritor y su alter ego en la ficción viajan a su ciudad natal a través del lenguaje y los recuerdos. Sin tanta rigidez como los hombres-libro de Fahrenheit 451, Sönmez reproduce los cuentos épicos que su progenitora narraba en las llanuras de la provincia de Ankara despertando la curiosidad de quienes habitan el presente, lo que avoca al protagonista del libro a un amor sencillo en una Cambridge de acogida.
Los relatos que recupera Sönmez en Los inocentes se deben a la tradición oral que caracteriza a una lengua minorizada como la kurda, sin mantenerse fieles en el tiempo. El escritor aprovecha esta coyuntura para reescribir y adaptar las fábulas a su época, voluntaria o involuntariamente. “Hoy tenemos una necesidad moral de reescribir las historias y crear un marco espacio-temporal que construya un futuro que nos haga más libres”, advierte el autor en una conversación en Madrid. Sin embargo, Sönmez recuerda que “lo que cambia es nuestra mirada, no los textos”.
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El también presidente de PEN International, la asociación de literatos que defiende la libertad de expresión y promueve la literatura en todo el mundo, acudió a Madrid para presentar el tercero de sus libros traducido al castellano, publicado a principios de mayo de este año. La Librería Balqís, en el distrito de Arganzuela, fue el lugar escogido para el encuentro de la pasada semana. En él, el autor conversó con los asistentes de manera distendida durante algo más de hora y media, además de repasar las coincidencias que se dan entre su novela y su pasado. “No puedo decir si aquello es verdad o no”, insiste Sönmez sobre dichas sinergias.
¿Puede uno fiarse del lenguaje de la memoria? Esa es la cuestión que une a Burhan Sönmez y Ludwig Wittgenstein
¿Debe uno fiarse de la memoria? “Las historias están hechas con los cimientos de la verdad, pero no siempre encajan, siempre hay piedras perdidas”, trata de responder el autor. ¿Cómo se puede lidiar con el pasado, entonces?, plantea Burhan Sönmez tras el susurro de su intérprete. La solución que propone pasa por “el uso de un lenguaje diferenciado” para lo que sucedió y el presente, por lo que los límites de esas historias, como planteaba Ludwig Wittgenstein en el Tractatus logico-philosophicus, se encuentran en el lenguaje. A partir de este, Sönmez propone rellenar los huecos de esas “piedras perdidas”.
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Poco más de cien años después de esa primera obra del filósofo austríaco, los lindes de Sönmez se sitúan entre un lenguaje mágico, que bebe de los narradores épicos kurdos (dengbejs), para referirse al pasado, a lo familiar y a la fábula; y otro aséptico para el presente. “Uno es hijo de lo que lee”, matiza Sönmez, mientras menciona a García Márquez, Borges y Dostoyevski como referentes de juventud. No obstante, en su caso, es también hijo de lo que escucha.
Dicha frontera narrativa, patente en Los inocentes, permite al lector no perderse, al mismo tiempo que acerca la pluralidad lingüística que cohabita en Turquía, aunque no siempre ha sido así. “El principal problema es la prohibición durante 100 años del kurdo”, explica Sönmez. En el país euroasiático, la quinta parte de la población es kurda, pero entre la década de 1920 y 1990, no pudieron expresarse en su lengua materna. Este hecho marcó al autor, quien señala que escribir profesionalmente en kurdo “fue un reto”, algo que hizo hace poco más de dos años. “Después de escribir cinco libros en turco, tuve una llamada de mi corazón”, relata.
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El escritor kurdo defiende la libertad por su valor intrínseco a la vida humana, más allá de su historia personal
Abogado especializado en derechos humanos, Burhan Sönmez fue torturado en 1996 durante una manifestación pacífica, lo que propició su exilio a Londres. De voz serena, con una sonrisa a medio terminar y mirada atenta, el escritor entronca los relatos de su madre con la labor de PEN International, organización que preside desde 2021, en consonancia con su centenario. “Siempre he sido un activista”, asegura.
El periodista y escritor Manuel Jabois comparte sus recomendaciones literarias. Descubre qué autor cambió su forma de escribir, qué clásico considera infravalorado y cuál no ha conseguido terminar.
Si se le pregunta por qué a sus 61 años sigue luchando activamente por que los literatos del mundo sean libres de hablar y conocerse entre sí, Sönmez responde tajante: “Lo hago porque yo amo la libertad, no por lo que yo viví”. Aparece entonces el vínculo que une a la asociación con España, país al que el autor ha viajado expresamente para la presentación de su libro. “Nuestra primera campaña fue en 1936, durante la Guerra Civil, para liberar a Arthur Koestler”, explica ante un reducido público atento, aunque “no pudimos salvar a Lorca”.
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