
Las mordeduras de perro representan una importante preocupación de salud pública y de bienestar animal a nivel mundial. A menudo, la sociedad y las normativas institucionales culpan a la raza o la edad de un animal cuando hay algún incidente trágicos. No obstante, un estudio ha revelado que la realidad es muy diferente. El informe, llevado a cabo por Helen Howell y un equipo de expertos de la Universidad de Lincoln, en Reino Unido, recoge distintas opiniones de adiestradores caninos y profesionales del comportamiento.
A diferencia de los estudios médicos tradicionales que analizan estadísticas de hospitales tras las mordeduras, el trabajo publicado en la revista Applied Animal Behaviour Science ha retomado la experiencia directa y cualitativa de 187 profesionales internacionales, quienes acumulan una media de casi 13 años de trabajo en el sector. El objetivo de este análisis exhaustivo fue comprender qué factores aumentan o disminuyen verdaderamente el riesgo de que un perro muestre agresividad hacia las personas.
Empatía frente a castigo
El hallazgo más abrumador del estudio es el factor humano. Casi el 99% de los expertos (185 participantes) señaló que la comprensión del dueño sobre el comportamiento y el lenguaje corporal de su perro es el aspecto fundamental para reducir el riesgo de agresividad. Por el contrario, la ignorancia humana tiene un precio altísimo. Concretamente, “la falta de conciencia (o la indiferencia) ante las primeras señales de estrés” es uno de los escenarios que propician los comportamientos agresivos.

Además, la forma en la que educamos a nuestros perros es determinante. Un 94,1% de los expertos advierte que utilizar métodos o herramientas de adiestramiento aversivos, basados en el miedo, la fuerza física o el castigo, incrementa significativamente las posibilidades de que un perro muerda. Un participante ilustró esta realidad alertando sobre el peligro del “uso de adiestramiento o dispositivos aversivos, especialmente los collares eléctricos”. En cambio, los expertos aseguran que un adiestramiento basado en recompensas y refuerzo positivo actúa como un gran escudo protector.
Un entorno caótico
Por otro lado, el lugar, el espacio y la forma en que vive el animal pueden ser igual de determinantes que su educación. Así, los entornos caóticos, ruidosos o impredecibles son un verdadero caldo de cultivo para la ansiedad y el estrés canino. De esta forma, el peligro de mordedura se dispara en lo que uno de los expertos describe como un “hogar ruidoso y caótico con reglas cambiantes”.
Además, la gestión del espacio de la vivienda es otro punto crítico. No disponer de un “espacio seguro para esconderse de los niños, visitantes u otros animales” empuja al perro a reaccionar de forma agresiva, al sentir que no tiene escapatoria. Aunque aislar socialmente a un animal durante muchas horas al día o mantenerlo atado permanentemente a la intemperie son igualmente prácticas que los profesionales asocian invariablemente con un alto riesgo de incidentes trágicos.
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En este estudio también se ha analizado el impacto que puede tener el origen del can. Los perros criados en “granjas de cachorros”, en cobertizos estériles o por criadores irresponsables enfocados solo en el dinero, tienen muchas más probabilidades de desarrollar comportamientos problemáticos. Al parecer, la falta de socialización adecuada en sus primeros meses de vida y los traumas derivados de experiencias pasadas negativas dejan una huella profunda que predispone al uso de los dientes como defensa.
El dolor oculto y el mito de la raza
Los adiestradores señalan que a veces el perro puede reaccionar mal simplemente porque sufre físicamente. Más del 64% de los participantes apuntó que el dolor, la incomodidad continua o afecciones médicas previas son grandes detonantes de la agresividad. Del mismo modo, ignorar sus necesidades básicas, no brindarle estimulación mental o impedirle expresar comportamientos naturales genera un nivel de frustración peligroso.
Aunque quizás lo más sorprendente de este estudio científico es aquello que los profesionales no consideraron relevante. Y es que, algunos factores como la raza específica del animal, la edad, el sexo o si el perro está castrado apenas fueron señalados como factores determinantes por los expertos. Así, a pesar de que reconocen que la genética influye en el temperamento, la raza es considerada solo un factor secundario o un proxy frente a lo que de verdad importa: el entorno y las decisiones del humano.
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