Sobreinformarse de la guerra tiene un precio a pagar en la salud mental: “Puede llevar a un desgaste emocional en personas con alta empatía”

La psicóloga Mercedes Virlán analiza el fenómeno del “estrés vicario” ante conflictos internacionales

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Niños desplazados en un campamento temporal por la guerra en Oriente Medio (REUTERS/Khalil Ashawi)
Niños desplazados en un campamento temporal por la guerra en Oriente Medio (REUTERS/Khalil Ashawi)

A pocos días de cumplirse un mes de la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, el número de muertos por los bombardeos supera ya las mil personas y más de cinco mil heridos. A las víctimas se suma una grave crisis energética con el precio de los combustibles alcanzando cifras de récord.

El clima de violencia y las constantes tensiones internacionales no solo ponen en peligro el orden mundial actual, sino que lastran el bienestar mental de muchas personas que se sobreexponen a la información. La psicóloga Mercedes Virlán Chacón analiza en qué medida puede afectarnos recibir noticias sin cesar y cómo podemos mantenernos informados sin caer en episodios de ansiedad o miedo.

Pregunta: ¿De qué manera las guerras afectan la salud mental de las personas que no están directamente involucradas en ellas?

Respuesta: Las guerras no solo impactan a quienes las viven directamente, sino también a personas que están geográficamente lejos. En un mundo donde estamos tan conectados por medio de las tecnologías, la exposición constante a imágenes y noticias y de conflicto puede activar respuestas emocionales intensas. A nivel psicológico, es frecuente observar un aumento de la ansiedad, la sensación de amenaza y la incertidumbre sobre el futuro. Muchas personas experimentan lo que se conoce como “estrés vicario” o “trauma secundario”, que es el desgaste emocional y psicológico que experimentan personas cuando hay una exposición repetida a contenidos impactantes o se identifican con las víctimas y se manifiesta mediante síntomas cómo ansiedad, pesadillas, insomnio, al absorber el dolor de otros.

Además, las guerras tienden a reactivar en las personas creencias nucleares sobre la vulnerabilidad o peligro, provocando miedos más profundos como la inseguridad, la pérdida o la falta de control. Esto puede traducirse en síntomas como hipervigilancia, dificultades para desconectar de la información, problemas de sueño o una necesidad constante de comprobar noticias.

También hay un impacto emocional más sutil pero relevante: sentimientos de tristeza, impotencia o culpa por estar a salvo mientras otras personas sufren. En algunos casos, esto puede llevar a un desgaste emocional, especialmente en personas con alta empatía o que ya presentan ansiedad previa.

P: ¿Es posible experimentar ansiedad o estrés por una guerra que ocurre en otro país? ¿Por qué sucede esto?

R: Sí, se puede. De hecho, es más común de lo que parece. Aunque “racionalmente” sepamos que estamos a salvo, el cuerpo y la mente reaccionan igualmente ante lo que perciben como una amenaza. La exposición constante a noticias, imágenes o relatos de violencia activa nuestro sistema de alerta, generando respuestas propias de la ansiedad o el estrés: inquietud, dificultad para relajarse, pensamientos repetitivos o necesidad de estar continuamente informado.

Nuestro cerebro no siempre distingue con claridad entre una amenaza directa y una que percibimos a través de la información que consumimos. Por eso, aunque la guerra ocurra en otro país, el impacto emocional puede ser real.

Miles de personas reivindican el "no a la guerra" en Madrid y exigen el fin "de la escalada de destrucción" en Irán (Europa Press)
Miles de personas reivindican el "no a la guerra" en Madrid y exigen el fin "de la escalada de destrucción" en Irán (Europa Press)

P: ¿Cuáles son las emociones más comunes que despiertan las noticias sobre conflictos bélicos?

R: Las noticias sobre conflictos bélicos suelen despertar un abanico de emociones intensas. Entre las más comunes están la ansiedad y el miedo, especialmente cuando percibimos la situación como una posible amenaza, aunque estemos lejos. La tristeza es otra emoción que aparece con frecuencia, al conectar con el sufrimiento de las personas afectadas, y la impotencia, al sentir que no podemos hacer nada para cambiar lo que está ocurriendo.

En muchos casos, se suma la rabia, especialmente cuando las noticias se perciben como injustas o evitables. Otra emoción bastante habitual es la culpa, sobre todo cuando comparamos nuestra situación con la de quienes están viviendo el conflicto.

P: ¿Qué papel juega la exposición constante a los medios de comunicación y las redes sociales en el impacto psicológico de la guerra?

R: Los medios de comunicación y las redes sociales tienen un papel clave en cómo nos impacta psicológicamente una guerra. No solo nos informan, sino que también determinan cuánto, cómo y con qué intensidad nos exponemos al conflicto. Por un lado, permiten que estemos informados en tiempo real, pero por otro, la exposición constante —especialmente a imágenes duras— puede saturar emocionalmente. El cerebro no está preparado para procesar de forma continua este tipo de contenido, y eso puede aumentar la ansiedad, la sensación de amenaza y la dificultad para desconectar.

Las redes sociales, además, intensifican este efecto. Los algoritmos tienden a mostrarnos contenido similar al que ya hemos visto, lo que puede generar una especie de “bucle” informativo donde la guerra está siempre presente. A esto se suma la rapidez, la sobreinformación y, en algunos casos, la difusión de noticias no verificadas, que aumentan la incertidumbre y la confusión. Aun así, es importante señalar que los medios también cumplen una función necesaria: visibilizar lo que ocurre y generar conciencia. El problema no es informarse, sino la forma, la cantidad y la frecuencia con la que lo hacemos.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha solicitado comparecer ante el Pleno del Congreso de los Diputados para informar sobre la posición del Ejecutivo ante el conflicto en Oriente Medio. (Fuente: Defensa/Truth Social/Congreso/Moncloa/Europa Press/White House/Twitter)

P: ¿Qué señales deberían alertarnos de que la exposición a estas noticias está afectando a nuestra salud mental?

R: Hay varias señales que pueden indicar que la exposición a este tipo de noticias está empezando a afectar a nuestra salud mental. Una de las más habituales es la dificultad para desconectar: sentir la necesidad constante de mirar noticias o redes sociales, incluso cuando eso nos genera malestar. También es frecuente notar un aumento de la ansiedad, con síntomas como inquietud, pensamientos repetitivos sobre el conflicto o una sensación de alerta constante. A nivel físico, pueden aparecer problemas de sueño, cansancio o tensión corporal.

Otra señal importante es el impacto en el estado de ánimo: sentir más tristeza, irritabilidad o incluso apatía. Además, cuando la información empieza a interferir en la vida diaria (por ejemplo, afectando al descanso, al trabajo o a las relaciones) es una señal clara de que necesitamos parar.

P: ¿Cómo podemos informarnos sin sobreexponernos a contenidos que nos generen angustia?

R: Informarse sin sobreexponerse implica encontrar un equilibrio entre estar al tanto de lo que ocurre y cuidar nuestro bienestar emocional. No se trata de evitar la información, sino de consumirla de forma más consciente. La clave está en autocontrolarse para poner límites: elegir momentos concretos del día para informarse, en lugar de hacerlo de forma continua. También es recomendable seleccionar fuentes fiables y evitar la sobreexposición a imágenes o vídeos especialmente impactantes, que suelen ser los que más activan la ansiedad.

Otro aspecto importante es observar cómo nos sentimos. Si después de consumir noticias notamos más angustia o inquietud probablemente necesitemos reducir la exposición o descansar de tanta información. Además, puede ayudar equilibrar ese contenido con actividades que nos conecten con el presente y nos regulen emocionalmente: salir a caminar, hablar con alguien cercano u otra actividad de autocuidado.