La boda de la infanta Elena y Jaime de Marichalar, en imágenes: de las lágrimas de Juan Carlos I a la reina Sofía del brazo de Felipe VI

Este 18 de marzo se cumplen 31 años desde que la hermana de la infanta Cristina y el aristócrata se dieran el ‘sí, quiero’ en Sevilla

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La infanta Cristina, el entonces príncipe Felipe y los reyes eméritos, Juan Carlos I y Sofía, observan con emoción a la infanta Elena y su marido en el altar (Grosby)
La infanta Cristina, el entonces príncipe Felipe y los reyes eméritos, Juan Carlos I y Sofía, observan con emoción a la infanta Elena y su marido en el altar (Grosby)

El 18 de marzo de 1995 quedó grabado en la historia reciente de la monarquía española y en la memoria colectiva. Aquel día, Sevilla, engalanada para la ocasión, amanecía con una estampa imborrable: un magnífico día primaveral, con un cielo azul intenso, radiante sol y el olor a azahar impregnando todos los rincones de la ciudad. Tres décadas después —ahora en el marco del 31 aniversario de aquel enlace— el recuerdo de la boda de la infanta Elena y Jaime de Marichalar sigue evocando una mezcla de solemnidad, tradición y emoción popular.

La elección de la capital andaluza no fue casual. Respondía a un doble vínculo sentimental: por un lado, rendir homenaje a su abuela paterna, la condesa de Barcelona, profundamente unida a Sevilla; por otro, a la propia conexión de la infanta Elena con la ciudad, de la que siempre se confesó enamorada. La expectación era máxima, no solo por el carácter simbólico del enlace, sino porque se trataba del primer matrimonio real celebrado en España desde 1906, cuando Alfonso XIII se dio el ‘sí, quiero’ con Victoria Eugenia de Battenberg.

La infanta Elena y Jaime de Marichalar, entre vítores y aplausos, a la salida de la iglesia El Salvador en Sevilla (Grosby)
La infanta Elena y Jaime de Marichalar, entre vítores y aplausos, a la salida de la iglesia El Salvador en Sevilla (Grosby)

Las celebraciones comenzaron la víspera con actos que ya anticipaban la magnitud del evento. Los prometidos recibieron las tradicionales trece arras de oro de manos del alcalde de la ciudad y, al caer la noche, la Real Maestranza acogió una fiesta con espectáculo ecuestre que reunió a numerosos invitados. Sin embargo, todo aquello no era más que el preludio de una jornada histórica que arrancó desde primeras horas del 18 de marzo.

Una boda histórica: Jaime rompe el protocolo y Elena olvida el orden de la ceremonia

Las calles cercanas a la Catedral de Sevilla se llenaron de ciudadanos que, en muchos casos, habían pasado la noche al raso para asegurarse un lugar privilegiado. Sillas plegables, vítores espontáneos y palmas por sevillanas acompañaron la llegada de los más de 1.500 invitados, entre miembros de casas reales, aristócratas y destacadas personalidades. La imagen de la reina Sofía, elegante y serena, del brazo del entonces príncipe de Asturias, fue una de las más celebradas por el público.

La reina Sofía y el entonces príncipe Felipe en la boda de la infanta Elena y Jaime de Marichalar (Grosby)
La reina Sofía y el entonces príncipe Felipe en la boda de la infanta Elena y Jaime de Marichalar (Grosby)

El protocolo marcaba la pauta estética del evento: nada de blanco ni negro para las invitadas, predominio de tonos pastel, trajes cortos y ausencia de excesos en pedrería. Las españolas apostaron por la mantilla, mientras que las invitadas internacionales optaron por sofisticados sombreros y tocados. Los hombres, por su parte, vistieron el clásico chaqué.

El actual rey Carlos III de Inglaterra en la boda de la infanta Elena y Jaime de Marichalar (Grosby)
El actual rey Carlos III de Inglaterra en la boda de la infanta Elena y Jaime de Marichalar (Grosby)

El momento culminante llegó minutos antes de las doce y media del mediodía, cuando la infanta Elena hizo su aparición. Del brazo de su padre, y entre gritos de “guapa, guapa” y “olés”, avanzó visiblemente emocionada. Su vestido, obra del diseñador sevillano Petro Valverde, destacaba por su elegancia sobria: organza de seda, manga francesa y escote cuadrado bordado. El conjunto se completó con un velo cargado de historia familiar, una tiara de brillantes y delicadas joyas a juego.

La infanta Elena del brazo de Juan Carlos I a las puertas de la iglesia El Salvador en Sevilla (Grosby)
La infanta Elena del brazo de Juan Carlos I a las puertas de la iglesia El Salvador en Sevilla (Grosby)

La entrada en la catedral, acompañada por la Marcha Real y el repique de las campanas de la Giralda, marcó uno de los instantes más solemnes del día. Ya en el altar mayor, reservado a la realeza y a los Grandes de España, tuvo lugar una ceremonia que combinó tradición y espontaneidad. Jaime de Marichalar rompió el protocolo con un beso en la mejilla a su prometida, mientras que la infanta protagonizó una de las anécdotas más recordadas al responder afirmativamente sin seguir el orden formal previsto. Su naturalidad volvió a hacerse evidente en el momento del velo, resolviendo con un gesto sencillo un pequeño contratiempo.

El rey Juan Carlos I llega al altar junto a la infanta Elena (Grosby)
El rey Juan Carlos I llega al altar junto a la infanta Elena (Grosby)

Más allá de estos detalles, la ceremonia estuvo cargada de emoción. Los novios, visiblemente nerviosos, no dejaron de sonreír, mientras que los padres de la novia mostraron su emoción hasta el punto de que el rey Juan Carlos apenas pudo contener las lágrimas.

El rey Juan Carlos I, emocionado en la boda de la infanta Elena y Jaime de Marichalar (Grosby)
El rey Juan Carlos I, emocionado en la boda de la infanta Elena y Jaime de Marichalar (Grosby)

Tras el enlace, la comitiva real abandonó la catedral entre aplausos y vítores, al son del ‘Aleluya’ de Haendel. Los recién casados recorrieron las calles en carretela, escoltados por la Guardia Real, en medio de una multitud entregada. Uno de los momentos más emotivos fue la parada en la iglesia de El Salvador, donde la infanta depositó su ramo y escuchó la ‘Salve Rociera’, visiblemente conmovida. El banquete nupcial, celebrado en los Reales Alcázares, puso el broche final a una jornada inolvidable, con un menú cuidado al detalle y una celebración que se prolongó entre invitados y festejos.

La infanta Elena y Jaime de Marichalar en el carruaje tras haberse dado el 'sí, quiero'  (Grosby)
La infanta Elena y Jaime de Marichalar en el carruaje tras haberse dado el 'sí, quiero' (Grosby)

Treinta y un años después, aquella boda sigue siendo recordada como un acontecimiento histórico seguido por millones de espectadores. Sin embargo, el paso del tiempo también ha cambiado su significado: lo que entonces fue símbolo de unión terminó años después con la ruptura de la pareja. Aun así, el recuerdo de aquel día permanece intacto en la memoria colectiva como una de las grandes citas sociales y emocionales de la España contemporánea.