
Pese a que casi la mitad de la población de España considere que el feminismo ya ha llegado demasiado lejos —según los datos del reciente estudio global realizado por Ipsos y el Instituto Global para el Liderazgo de la Mujer de la King’s Business School—, la realidad es que la brecha de género persiste en numerosos ámbitos.
A nivel laboral, por ejemplo, se mantienen los techos de cristal y los suelos pegajosos, que dificultan a las mujeres acceder a altos puestos de poder o que las mantienen en trabajos precarios. Además, la socialización de género —el proceso por el cual la sociedad enseña a los niños y niñas cómo deben comportarse en base a su sexo, provocando que interioricen normas, comportamientos, expectativas y roles— continúa estableciendo barreras que en ocasiones pasan desapercibidas.
Una de las consecuencias de esta dinámica es la brecha de confianza (confidence gap en inglés) que existe entre hombres y mujeres. Generalmente, ellas tienden a mostrar menos seguridad en sus conocimientos o habilidades, lo que las empuja (muchas veces de forma inconsciente) a no responder, no participar o infravalorar su propia capacidad.

“No lo sé” no siempre significa no saber
La Encuesta de Competencias Financieras (ECF) elaborada en 2021 por el Banco de España revela claras diferencias entre hombres y mujeres en materia de conocimientos sobre este ámbito, pues ellas muestran de media menores niveles en este sentido.
Esto en parte está motivado por el hecho de que, en España y en muchos otros países, las mujeres hasta hace apenas unas décadas tenían prohibido abrir una cuenta o realizar otros trámites bancarios sin la autorización de un tutor. “Esta incorporación tardía al sistema financiero formal puede haber limitado la toma de decisiones financieras y la transmisión intergeneracional de conocimientos financieros”.
Sin embargo, esta brecha no se debe únicamente a diferencias en educación, experiencia en finanzas o interés, sino también a la confianza o factores culturales como las normas sociales. Las economistas Laura Hospido, Nagore Iriberri y Margarita Machelett consideraron que no solamente debía ponerse el foco en las respuestas acertadas e incorrectas, sino también en las marcadas como “no lo sé”.

Según explican, mientras que una respuesta equivocada refleja claramente una falta de conocimientos, la opción “no lo sé” no permite identificar si no se sabe la respuesta o si existe una falta de seguridad por temor a fallar. “Las mujeres tienden a decir ‘no lo sé’ con mayor frecuencia que los hombres”, señalan en un artículo publicado en la página web del Banco de España. De hecho, casi el doble de veces. “Sin embargo, no podemos afirmar si es porque efectivamente hay más que desconocen la respuesta o es por otros motivos, como ser más cautas o tener menor confianza”.
En su estudio Gender gaps in financial literacy: a multi-arm RCT to break the response bias in surveys (Brechas de género en alfabetización financiera: un ensayo aleatorizado controlado de múltiples brazos para romper el sesgo de respuesta en encuestas), las economistas realizaron una encuesta online siguiendo el cuestionario de la ECF, pero modificando al azar el diseño de la sección de preguntas con alguna de las siguientes tres intervenciones: eliminando la opción “no lo sé”, ofreciendo premios monetarios por acierto o incorporando un “empujón” informativo en el que se pide evitar la respuesta “no lo sé”.

De esta manera, lograron reducir la brecha de género a menos de la mitad. Así, concluyeron que esta opción “no es una indicación inequívoca de ignorancia” y que está “asociada a una forma de comportamiento”. Muchas mujeres optan por responder “no lo sé” incluso cuando sí cuentan con ese conocimiento, demostrando una falta de confianza significativa.
La brecha de confianza que afecta a las mujeres
Tal y como señala Megan Dalla-Camina, experta en liderazgo femenino, en un artículo de Psychology Today, “la brecha de confianza no es solo personal, es sistémica”: “Cuando dudas de ti misma antes de una gran presentación, o cuando aparece el síndrome del impostor en esa reunión, no es porque algo anda mal contigo. Es porque has sido moldeada por un sistema que no fue construido para que asciendas con facilidad”.
Así, Dalla-Camina explica que a lo largo de su carrera ha conocido a muchas “mujeres brillantes y capaces que dudan en hablar, dudan de su preparación, se abstienen de dar el siguiente paso, no porque no estén calificadas, sino porque no se sienten listas”. Esta brecha de confianza no solo se evidencia en cuestionarios a través de la opción “no lo sé”, sino en la decisión de presentarse a una oferta de trabajo o no, de preguntar durante una conferencia o demostrar un conocimiento.

“En comparación con los hombres, las mujeres no se consideran preparadas para ascensos, predicen que obtendrán peores resultados en los exámenes y, por lo general, subestiman sus capacidades”, explican la periodista Katty Kay y la escritora Claire Shipman, autoras de The Confidence Code for Girls: Taking Risks, Messing Up, and Becoming Your Amazingly Imperfect, Totally Powerful Self, en un artículo de The Atlantic.
Esta crisis de confianza que sufren las mujeres acrecienta la incapacidad de romper el techo de cristal, puesto que, pese a contar con las capacidades suficientes para acceder a altos puestos directivos, a veces no se presentan o no solicitan un ascenso. Y esto, evidentemente, no es culpa de las mujeres, sino de una sociedad que las ha empujado a la falta de seguridad, a la necesidad de analizar con detalle si son válidas antes de dar cualquier paso hacia delante.
Kay y Shipman mencionan una cifra anecdótica que proviene de un informe interno de la empresa Hewlett-Packard de principios de los años 2000: las mujeres solo solicitaban un ascenso cuando creían cumplir con el 100% de los requisitos del puesto, mientras que los hombres ya lo hacían cuando creían satisfacer el 60%.

Las autoras apuntan al perfeccionismo como un “asesino de la confianza” que, aunque afecta tanto a hombres como a mujeres, es “en gran medida un problema femenino”: “No respondemos preguntas hasta que estamos totalmente seguras de la respuesta, no presentamos un informe hasta que lo hemos editado hasta la saciedad, y no nos inscribimos en ese triatlón a menos que sepamos que somos más rápidas y estamos en mejor forma de lo que se requiere”, explican. “Nos obsesionamos con nuestro desempeño en casa, en la escuela, en el trabajo, en la clase de yoga, incluso en vacaciones. Nos obsesionamos como madres, como esposas, como hermanas, como amigas, como cocineras, como atletas”.
Aunque Kay y Shipman señalan que en estas dinámicas también influye la biología, recuerdan el importante papel de la educación y la socialización de género, sobre todo en la escuela. “Pronto aprenden que son más valiosas y más favorecidas cuando hacen las cosas de la manera correcta: de forma ordenada y silenciosa”.
Así, mientras que por lo general a los niños se les refuerza la seguridad y la competencia, a las niñas tradicionalmente se las anima a ser más modestas y prudentes, influyendo esto en la manera en la que expresan en el futuro sus conocimientos. También persiste una penalización social de la confianza femenina, que se percibe como arrogancia en muchas ocasiones, mientras que en los hombres es una actitud de liderazgo profundamente valorada.
El miedo al error o a la evaluación, que resulta normalmente más incisiva sobre las mujeres, las empuja a no responder preguntas incluso en ocasiones en las que sí saben la respuesta. Es una losa con la que se carga casi de forma permanente.
En todo esto, además, continúa repercutiendo la falta de referentes femeninos en ciertos ámbitos. Desde el feminismo, esta es una lucha en la que ya se están obteniendo buenos resultados en los últimos años: cada vez hay más mujeres científicas, políticas, militares y en otros sectores tradicionalmente masculinizados. Sin embargo, todavía no se ha llegado al final del camino.
La brecha de género aún no está cerrada, algo que no se conseguirá hasta eliminar techos de cristal, suelos pegajosos y un silencio femenino que está ligado en buena medida al miedo al error y a la creencia de que no somos suficientes.
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