¿Por qué saboteamos la estabilidad cuando por fin la conseguimos?

Un nuevo libro explora las crisis de los 30, 40 y 50 y propone un mapa emocional para entender nuestra montaña rusa diaria

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Una persona se sienta en
Una persona se sienta en un banco frente a un lago al atardecer, sumergida en un momento de tranquilidad que resalta la importancia de la salud mental. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La crisis de los 30 porque “no llego a todo”. La de los 40 porque “esta vida no era la que imaginaba”. La de los 50 porque “si no cambio ahora, ¿cuándo?”. En un momento en que se habla de salud mental como nunca, muchas personas siguen sintiendo que, cuando logran cierta estabilidad, algo dentro pulsa el botón de autodestrucción. Buscamos paz… y en cuanto llega, la boicoteamos.

De esa contradicción nace El arte de complicarnos la vida, de Estefanía Fernández Martínez y Eduardo Lazcano de Rojas, un libro que propone mirar de frente esa “estabilidad inestable” en la que vivimos. Los autores plantean una idea incómoda pero liberadora: no nos complicamos la vida por torpeza, sino porque hay una lógica emocional, biológica y narrativa detrás de cada giro de guion que damos.

La lógica del autosabotaje

En lugar de prometer felicidad eterna, el libro describe un ciclo entre Paz y Pasión que se repite en todo lo que nos importa: el trabajo, el amor, la familia, la salud, los proyectos personales. Cuatro fases –evasión, efusión, inhibición y estabilización– se suceden una y otra vez en forma de “estaciones emocionales”: buscamos intensidad cuando nos aburrimos, frenamos cuando nos pasamos de rosca, reconstruimos cuando todo se cae y, cuando por fin estamos tranquilos… volvemos a necesitar movimiento.

La obra conecta esta montaña rusa cotidiana con conceptos de neurociencia, filosofía y psicología: la dopamina que empuja a la novedad, el cortisol que acompaña la incertidumbre, la necesidad de encontrar sentido a lo que hacemos y un cerebro programado para ahorrar energía pero también para perseguir contraste. Así se explica por qué la felicidad no es un estado fijo, sino la suma de momentos buenos y malos que, vistos con perspectiva, acaban componiendo un relato con sentido.

El “bien-estar” como proceso, no como meta

Otro de los temas centrales del libro es la idea de “bien-estar”, escrito con guion entre las palabras para subrayar que no se trata de un estado permanente, sino de algo puntual: estar bien… por un tiempo. Y luego, cambiar.

El bien-estar no es un ideal abstracto ni una meta definitiva a la que se llega para quedarse. Es el resultado de la suma de muchos ciclos que ocurren a la vez en nuestra vida. Puede que en el trabajo todo fluya mientras la relación de pareja atraviese dificultades. O que la salud esté fuerte, pero la autoestima se tambalee.

Estar bien no significa que todo esté bien. Significa que, dentro de ese equilibrio dinámico, algunas áreas sostienen a otras. Y que el bienestar no es estabilidad absoluta, sino una conversación constante entre las distintas partes de nuestra vida.

El libro dibuja perfiles reconocibles –el apasionado que vive de subidón, el burnout habitado por la apatía, el aburrido instalado en la paz, el que no se encuentra y no sabe ni quien es…– para que el lector se vea en el espejo sin etiquetas clínicas ni moralinas.

También se pone en cuestión el mito de la normalidad. Según Fernández y Lazcano, “lo normal” suele ser el patrón de otros: hemos ido definiendo nuestra vida, sin darnos cuenta, desde los patrones de nuestros padres, amigos, series o redes sociales. En un mundo hecho de remiendos y soluciones improvisadas, pretender una trayectoria perfectamente coherente es casi antinatural. La verdadera belleza, dicen, está en el patchwork: en esa mezcla de decisiones raras, fracasos y aciertos que, con los años, se convierte en identidad.

Más que dar respuestas cerradas, El arte de complicarnos la vida funciona como una brújula: un mapa para entender en qué punto del ciclo está cada lector, por qué boicotea la estabilidad cuando la alcanza, qué historias se está contando, en dónde se está autoengañando y a qué nuevas montañas rusas quiere –o no quiere– seguir subiéndose.

Porque tal vez el problema no sea complicarse la vida, sino hacerlo sin saber por qué.