La Sala Galileo Galilei de Madrid registró este miércoles un lleno absoluto para acoger el coloquio ‘Disputar el presente para ganar el futuro’. Este acto, protagonizado por el portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, y el dirigente de Más Madrid, Emilio Delgado, se ha centrado en el debate estratégico sobre el futuro de la izquierda alternativa. A partir de las cinco de la tarde, una larga cola rodeaba el recinto; dentro, 500 personas completaban el aforo mientras decenas se quedaban fuera y cerca de un centenar de medios seguían la cita. La conversación, moderada por la analista Sarah Santaolalla, reunió además a representantes de distintas formaciones del espacio progresista en un momento de evidente reflexión interna sobre alianzas y fórmulas electorales.
Rufián tomó la palabra con un mensaje directo: la izquierda alternativa debe abandonar la lógica de la competición interna y asumir una estrategia de eficacia electoral. “No quiero ilusionar, quiero ganar”, afirmó. A su juicio, el sistema electoral español, basado en circunscripciones provinciales, penaliza la fragmentación y convierte en irrelevantes miles de votos cuando se reparten entre varias candidaturas con programas similares.
“¿Qué sentido tiene que 14 izquierdas que pensamos lo mismo nos presentemos en el mismo sitio compitiendo por migajas?”, preguntó ante el auditorio. La frase, repetida en distintos momentos, condensó su diagnóstico. Para Rufián, la respuesta pasa por acordar en cada provincia qué candidatura tiene más posibilidades reales de obtener escaño y concentrar ahí el apoyo del resto de fuerzas afines. “Provincia a provincia, escaño a escaño”, insistió.
El portavoz de ERC subrayó que no está planteando la disolución de partidos ni la creación de una única marca estatal, sino un ejercicio de “generosidad inédita” que permita maximizar representación. “La clave no es el quién, sino quién va a tener la capacidad de renunciar”, sostuvo, consciente de que esa apelación interpela directamente a las direcciones de los partidos.
Rufián defendió que esa coordinación debería apoyarse en un programa común asentado en varios ejes compartidos —antifascismo, derecho de autodeterminación y dignificación de las condiciones de vida— y complementarse con un mecanismo estable de coordinación parlamentaria en el Congreso. Lo resumió con una fórmula que repitió varias veces: “cada uno en su casa y todo lo demás entre todos”.

El riesgo de un Gobierno con Vox
El dirigente republicano alertó de las consecuencias que tendría un Gobierno de derechas con presencia determinante de Vox y mencionó explícitamente la posibilidad de que su líder, Santiago Abascal, pudiera ocupar el Ministerio del Interior. “No tengo ni putas ganas de Abascal de ministro del Interior”, afirmó, antes de apuntar a un horizonte de ilegalizaciones y endurecimiento institucional.
En ese contexto, insistió en que la ultraderecha no se frena con “discursos de puta madre”, sino con eficacia y pragmatismo. “Es momento de método y orden, no de ver quién es más puro”, añadió, en una crítica implícita a las dinámicas identitarias que, a su juicio, han dificultado acuerdos en el pasado. “La unidad son lentejas… nunca mejor dicho sumar, o no”, ironizó, en alusión al espacio político a la izquierda del PSOE liderado por Yolanda Díaz.
Rufián sostuvo también que un bloque progresista más fuerte puede condicionar al PSOE y empujarlo hacia posiciones más ambiciosas. “Si somos más a su izquierda, podemos hacer un PSOE mejor”, vino a señalar, apuntando así a la doble dimensión de su estrategia: evitar un Ejecutivo de derechas y reequilibrar la correlación de fuerzas dentro del bloque progresista.
Reconstrucción política y cultural
Emilio Delgado compartió la preocupación por el avance de la ultraderecha, pero introdujo un matiz en el enfoque. A su juicio, el debate no puede limitarse a la fórmula electoral. “A la ultraderecha no se le para solo con una coalición de partidos”, advirtió. El dirigente de Más Madrid defendió la necesidad de construir un “bloque histórico” en términos políticos y culturales, capaz de disputar también el sentido común en la sociedad.
Delgado planteó que la izquierda se está quedando “corta” en su respuesta y que el reto pasa por ampliar su base social y recuperar la conexión con sectores que se han distanciado. En un tono autocrítico, reconoció que muchos jóvenes ya no ven a las organizaciones progresistas como su espacio natural y subrayó la necesidad de “adecentar” la izquierda para hacerla más permeable y útil.

El intercambio dejó así dos planos complementarios: la urgencia aritmética que subraya Rufián, centrada en evitar que la fragmentación regale escaños a la derecha, y la reconstrucción política y cultural que reivindica Delgado como condición para cualquier éxito duradero. El debate, seguido con atención por dirigentes de distintas formaciones, reflejó la tensión estratégica que atraviesa al espacio progresista en vísperas de un nuevo ciclo electoral, entre la presión de los números y la necesidad de redefinir proyecto.
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