
Incluso a los menos versados en esto del vino, una copa servida directamente desde una bolsa hace arrugar narices y fruncir ceños. Hablamos del conocido como ‘bag-in-box’, vinos envasados en bolsas de polietileno, que a su vez están rodeadas de cajas de cartón revestidas de un aluminio que resguarda al vino de la luz y del calor. La bolsa cuenta además con una válvula de grifo o tapa que facilita la dosificación del mismo, pudiendo servir copas únicas de cada uno de estos caldos. En resumen, aquí no hay corchos ni etiquetas de diseño, un sacrilegio en opinión de algunos.
En la actualidad, poco más del 3,5 % del comercio mundial de vino se realiza mediante bag-in-box, un método sobre el que aún existe mucho escepticismo, pero que ha ganado popularidad en mercados como el escandinavo y británico. El “bag-in-box”, inventado en 1955 por el químico estadounidense William R. Scholle y aplicado por primera vez a la vinificación diez años después por Thomas Angove en Australia, es hoy un elemento esencial del comercio internacional. Pero parece imposible que en países como Italia o España, grandes productores y defensores de la costumbre vitivinícola.
Sin embargo, en un momento en que los consumidores priorizan cada vez más el precio, la comodidad y la sostenibilidad, parece que hay quien se lo plantea. Las opiniones en el sector son dispares y, mientras algunas figuras que lo consideran una oportunidad, otros lo desestiman como la degradación de un producto sagrado. Desde Infobae, hablamos con Carlos González Sáez, director de cata de la Guía Peñín, para conocer la opinión de los expertos sobre opciones como esta, desde vinos presentados en cajas hasta latas que permiten el consumo individual y esporádico de estos caldos.
“Por nuestra parte, los formatos son válidos en tanto en cuanto el producto de dentro sea de nivel”, repite como un mantra el director de la guía verde. Un formato más, dice, con sus pros y sus contras como todos ellos. El primero que le viene a la mente es la sostenibilidad y efectividad de un packaging más ligero, fácil de almacenar y de transportar. “Por eso el mayor consumo de vinos en este tipo de formato es en el norte de Europa, porque ellos son muy sensibles con el tema de la huella de carbono y la sostenibilidad”, hila González durante la entrevista.
El vidrio es reutilizable, sí, pero es cierto también que el volumen de vino por peso es menor, lo que hace el traslado y la exportación un proceso más complejo y costoso, natural y económicamente. “Todo influye y hay que adaptarse a la sensibilidad de los diferentes consumidores. Eso sí, lo más importante, y es algo que nosotros ponemos mucho foco, es que la calidad sea buena”, repite convencido el experto de Peñín.
La oxidación, el gran enemigo del vino
El mayor enemigo del vino es el oxígeno, y aquí es donde encontramos otra de las grandes ventajas de este denostado formato. Una vez que abrimos una botella, inevitablemente dejamos una pequeña puerta abierta a la entrada de oxígeno y, por lo tanto, a la oxidación del caldo. Es una entrada pequeña, aunque suficiente para ir mermando progresivamente las calidades del producto. Por eso, una botella de vino no aguanta en las mismas condiciones varios días abierta y empieza a picarse, a no ser que utilicemos una bomba de vacío.
No sucede con la bolsa y la caja, capas que crean un hermetismo absoluto. “Este formato te permite el servicio sin tener que acabar la botella; cuando descorchas una botella, o te la bebes en ese momento o te puede durar uno o dos días. Pero en el bag-in-box eso no ocurre, porque está envasado al vacío. Si te lo quieres beber en un mes, dos meses o tres meses, los vinos aguantan perfectamente”, explica Carlos González. Sin embargo, este hermetismo no trae solo cosas positivas.
“El uso de una botella con un corcho natural permite que el vino evolucione de una forma paulatina. El corcho permite una microoxigenación que, aun siendo peligrosa la oxigenación masiva, esta es positiva, pues hace que los vinos evolucionen positivamente”. En resumen, a largo plazo, un vino en bolsa no tendrá una evolución tan positiva como la tendría en una botella de vidrio.
La belleza está en el interior
Hablamos, pues, de un envase que no solo es más barato y resistente, sino también protege al producto, es ecológico y con mayor capacidad de reciclaje. Entonces, ¿por qué no se utiliza? La respuesta a esta pregunta no es sencilla, y tiene que ver con factores como el marketing, el mercado y los prejuicios del propio consumidor. “Ahora mismo el problema no es el formato, sino que se asocia ese formato a vinos peores”, asegura el director de la guía. “No hay que obviar que la botella de tres cuartos, la de 75 centilitros, es la que más abunda en los vinos de más alta gama, una tradición que hemos heredado de Francia. Asociamos el vidrio a vinos de mesa, más gastronómicos, que bebemos con toda la orquestación y ritual”.

Es esta ceremonia la que nos nubla, dice Carlos González, y no permite ver lo que es una realidad: lo que importa es lo de dentro. “Siempre hay margen para relajar el formato siempre que el producto que esté dentro esté bueno”, aclara una vez más el experto, afirmando que el consumidor aceptará estas nuevas envolturas si traen en su interior un producto realmente cuidado. Lo mismo sucede, dice, con el vino en latas, otro polémico envoltorio para una bebida de nivel: “La lata suele estar relacionada con vinos más divertidos. Tal vez van a un target de gente que consume de forma puntual, gente más joven, más atrevida. La mayoría de los vinos en lata nos han llegado son vinos jóvenes o incluso vinos 0.0 %”.
En esta línea, el líder de Peñín en España pone sobre la mesa uno de los grandes dramas del sector vitivinícola en la actualidad: la pérdida de consumidores por un alejamiento de las nuevas generaciones. “Yo en eso tengo una clara opinión: todo lo que vía formato o vía packaging ayude a atraer a clientes, bienvenido sea. Hay que quitarse tópicos de la cabeza y dejar de pensar que el vino solo se consume de una manera determinada y en una copa determinada. Hay que cambiar el chip y comprender que las nuevas generaciones y los nuevos consumidores de vino de otros países beben de una forma mucho más puntual y relajada”. En conclusión, asegura Carlos González, no hay que rasgarse las vestiduras. El buen vino siempre será un buen vino.
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