
Pedro Sánchez ha decidido rearmar su relato político por un flanco que conoce bien: la política exterior. En un momento en el que su mayoría parlamentaria es frágil, las encuestas no acompañan y una parte sustancial del electorado progresista ha optado por la abstención, el presidente ha vuelto a mirar hacia fuera para intentar recomponer apoyos dentro. No se trata solo de diplomacia o de relaciones internacionales, sino de algo más profundo: de convertir el escenario global en un espacio de confrontación ideológica que permita movilizar a una izquierda desorientada y fatigada.
En ese movimiento, Donald Trump se ha convertido en una pieza central. El regreso del líder republicano a la primera línea internacional ha ofrecido a Sánchez un antagonista reconocible, cargado de simbolismo para el votante progresista europeo. Trump no es solo el presidente de Estados Unidos, sino la encarnación de una política exterior unilateral, del desprecio por las reglas multilaterales y de una alianza implícita con la ultraderecha global. Frente a ese modelo, el jefe del Ejecutivo español está intentando proyectar una imagen de firmeza moral, autonomía estratégica y defensa del derecho internacional.
La secuencia de las últimas semanas es elocuente. Sánchez ha elevado el tono frente a Washington tras la intervención estadounidense en Venezuela, calificándola de precedente peligroso y subrayando la necesidad de respetar la soberanía de los Estados. No ha habido en ese discurso ninguna condescendencia con el régimen de Nicolás Maduro, pero sí una línea roja muy clara contra la lógica de la fuerza. Es una posición que conecta con una tradición diplomática española, pero también con una sensibilidad muy arraigada en la izquierda hacia América Latina y hacia la historia de las injerencias estadounidenses en la región.
El mensaje va más allá del caso venezolano. Cuando Sánchez habla de que el atlantismo no puede ser “vasallaje” está enviando una señal doble. Hacia fuera, reivindica una relación de igual a igual con Estados Unidos dentro de la OTAN. Hacia dentro, apela a un electorado que percibe con desconfianza cualquier alineamiento automático con Washington. Es un equilibrio delicado, pero calculado: no rompe con los aliados, pero se distancia lo suficiente como para marcar perfil propio.
La agenda internacional como relato político
Ese mismo esquema se reproduce en otros frentes. En Ucrania, el Gobierno mantiene una posición firme de apoyo frente a la invasión rusa, una postura que cuenta con amplio consenso, pero que Sánchez ha querido cargar de contenido político al sugerir la disposición de España a participar en eventuales misiones de paz. No existe hoy un marco operativo para ese despliegue, pero el anuncio cumple una función simbólica: mostrar iniciativa, liderazgo y compromiso con la legalidad internacional frente a Vladimir Putin, otro de los grandes antagonistas del relato progresista.

En Gaza, la apuesta ha sido aún más nítida. España ha ocupado un lugar destacado entre los países europeos más críticos con la ofensiva israelí, denunciando el sufrimiento de la población civil y defendiendo una solución basada en dos Estados. Esa posición ha generado tensiones diplomáticas, pero también ha proporcionado al Gobierno un raro momento de reconocimiento entre sectores de la izquierda que llevaban tiempo distanciados. En un contexto en el que buena parte de Europa ha mostrado una actitud ambigua, Sánchez ha encontrado ahí una oportunidad para diferenciarse y recuperar credenciales.
La suma de estos gestos compone una narrativa coherente: España como actor que defiende el multilateralismo, los derechos humanos y las reglas del juego frente a un mundo cada vez más dominado —según ese marco— por líderes autoritarios, por la fuerza bruta y por el repliegue nacionalista. Trump, Putin o incluso las presiones estadounidenses sobre territorios como Groenlandia aparecen así como manifestaciones de una misma amenaza: la erosión del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial.
Europa, miedo y movilización
En ese contexto, la política exterior se convierte también en un instrumento de política interna. En Moncloa se asume que el principal problema electoral del PSOE no es tanto la fuga de votos hacia la derecha como la desmovilización de su propia base. Las encuestas muestran un trasvase limitado, pero una abstención elevada entre antiguos votantes socialistas. El desafío, por tanto, es reactivar ese electorado, y el miedo a la ultraderecha —en España y fuera— se percibe como una de las pocas palancas eficaces.
Trump funciona aquí como catalizador emocional. Cada vez que Sánchez lo confronta, no solo discute una cuestión de política internacional, sino que interpela directamente a un votante que asocia al republicano con Abascal, con Le Pen, con Orbán o con Meloni.
De ahí también el énfasis en Europa. Las reuniones con otros líderes del sur, la insistencia en la autonomía estratégica de la Unión y el respaldo a países pequeños frente a presiones externas buscan situar a España como parte de un bloque que resiste. No es solo diplomacia, es identidad política. En un momento en el que la UE se percibe frágil y dividida, Sánchez intenta ocupar un espacio de liderazgo que refuerce su perfil dentro y fuera.
El riesgo de esta estrategia es evidente. La política exterior rara vez decide elecciones y puede resultar lejana para muchos ciudadanos que viven pendientes de la inflación, la vivienda o los servicios públicos. Pero también es cierto que, en un clima de desafección, los grandes relatos pueden volver a funcionar como elemento de cohesión. Sánchez parece haber optado por ese camino: convertir la escena internacional en un espejo en el que la izquierda española pueda volver a reconocerse, con Trump al otro lado marcando el contorno del enemigo.
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