Después de más de dos décadas de negociaciones interrumpidas, avances fallidos y vetos cruzados, la Unión Europea ha dado luz verde al acuerdo de libre comercio con los países de Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay). El visto bueno llegó el pasado viernes en Bruselas con el respaldo de una mayoría cualificada de los Estados miembros, pese a la oposición expresa de países como Francia y Hungría. El pacto conecta dos grandes bloques regionales, y supone el mayor acuerdo de la UE en cuanto a la eliminación de aranceles, con miles de millones de euros en gravámenes suprimidos para las exportaciones europeas.
Pero el acuerdo UE-Mercosur es algo más que un tratado comercial. También es un símbolo sobre qué modelo económico y climático quiere impulsar Europa. Su aprobación coincide con un momento de fuerte polarización en torno a la agenda ambiental y, además, no cuenta con el respaldo de la mayoría del sector agrícola del continente, que considera que los beneficios no llegarán a los pequeños productores y se quedarán en manos de los grandes inversores.
La ciencia acumula evidencias sobre la aceleración del calentamiento global. La Organización Meteorológica Mundial ya ha advertido que el 2025 se perfila como uno de los años más cálidos jamás registrados, y no parece que esta situación vaya a cambiar en un futuro cercano. Aun así, una gran parte de la derecha y la ultraderecha europeas intensifica cada vez más su ofensiva contra las políticas climáticas. Los bloques conservador y ultra europeos, además de apoyar a los agricultores en sus protestas contra el pacto, son los que más cuestionan esta urgencia climática, desacreditan los consensos científicos y promueven discursos que buscan frenar las regulaciones ambientales más importantes, como el Pacto Verde Europeo.
Sin embargo, el acuerdo UE-Mercosur tampoco gusta al movimiento ecologista. Greenpeace ha denunciado que “se trata de un acuerdo perjudicial que comprometerá los esfuerzos de los países para afrontar la emergencia climática”. Mientras que la ONG señala que el pacto impulsará el comercio de plásticos y facilitará “la entrada de un cóctel tóxico de pesticidas prohibidos en la UE”, algo que también perjudica al sector agrícola europeo, un estudio económico indica que el tratado provocará un ligero aumento de las emisiones de CO₂ en las regiones firmantes.
Emisiones ligadas a la producción y al consumo en Europa
Según el estudio El impacto económico del acuerdo Unión Europea-Mercosur en España, que evalúa los efectos del tratado en el largo plazo, ese incremento de emisiones rondará el 0,14%. Pero, por otro lado, el crecimiento económico generado será mayor, en torno al 0,17%, lo que se traduce en una mejora clara de la relación entre emisiones y Producto Interior Bruto (PIB). Es decir, el acuerdo impulsa una actividad económica que, de media, resulta menos intensiva en carbono que la existente antes de su entrada en vigor. Y esta mejora de la eficiencia climática no se observa solo en la UE y Mercosur, sino también a nivel mundial.

En cuanto a los datos, la mayor parte de ese aumento de CO₂ asociado al acuerdo se concentra en Europa, y no en América Latina. España y el conjunto de la Unión Europea serán responsables de cerca del 59,52% del incremento de emisiones dentro del bloque UE-Mercosur. Brasil es el principal contribuyente latinoamericano (29,41%), pero se queda por detrás del peso europeo en el balance final.
La explicación está en los sectores que impulsan ese aumento de emisiones. Así, el grueso del CO₂ adicional procede de los servicios, en especial de la electricidad, de cómo se produce la energía, y del transporte, por cómo nos movemos. También está el consumo privado, ya que un mayor nivel de renta y actividad económica se traducen en más desplazamientos, mayor demanda energética en los hogares y un uso intensivo de combustibles fósiles en la vida cotidiana.
Al final, el acuerdo UE–Mercosur no es climáticamente neutro. Pero su impacto no está tanto en lo que se comercia, sino en cómo producimos y consumimos a ambos lados del Atlántico.
Lo que el estudio no mide: gases agrícolas y pérdida de bosques
Por otro lado, la agricultura tiene un peso reducido en el CO₂ medido por el estudio. Esto no significa que el sector agrícola sea irrelevante desde el punto de vista climático, sino que sus principales impactos están vinculados a otros gases de efecto invernadero, como el metano o el óxido nitroso, que no se incluyen en este análisis.
Tampoco se consideran en los cálculos los efectos de la deforestación, una de las grandes preocupaciones asociadas a Brasil. El propio informe subraya estas limitaciones, que son esenciales para interpretar correctamente los resultados.
El balance por países también es desigual. Mientras la mayoría de los Estados de Mercosur mejora su eficiencia climática, ya que producen más riqueza por cada tonelada de CO₂ emitida, Brasil aparece como la excepción, con un empeoramiento en su relación emisiones/PIB. Aun así, el conjunto del bloque latinoamericano presenta una mejora agregada, compensando ese efecto.
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