
El debate sobre si una persona nace madrugadora o noctámbula lleva años muy presente en el ámbito científico y en la vida cotidiana. Durante mucho tiempo, la idea dominante sostenía que los ciclos circadianos y el cronotipo estaban grabados a fuego y que, una vez definido el patrón de sueño, no existía forma de cambiarlo. Arthur Brooks, catedrático de Harvard y experto en felicidad, ofrece una visión diferente: los hábitos pueden modificar de forma significativa la tendencia natural a madrugar o trasnochar.
La predisposición genética importa, pero no lo es todo
El cronotipo, concepto ampliamente respaldado por estudios genéticos y observaciones fisiológicas, describe la preferencia espontánea de cada persona para estar activa y atenta en diferentes momentos del día. Las denominadas “alondras” tienden a despertarse temprano y rinden mejor por la mañana. Los “búhos”, en cambio, centran su energía y productividad en la tarde o noche. Existe también un grupo intermedio, conocido como “colibrís”, que presentan flexibilidad para adaptarse a ambos tipos de horario.
Si bien la genética tiene bastante que ver con la preferencia de cada cual, también el entorno, los hábitos adquiridos y los factores sociales desempeñan un papel igual de relevante. Así lo demuestra la experiencia de Arthur Brooks, quien durante su juventud se consideraba una persona totalmente noctámbula por su vida como músico profesional. El propio Brooks recuerda esos años: “Solía pensar que era un búho”, relata el experto. Gran parte de aquella rutina la ocupaba tocando hasta altas horas y saliendo hasta tarde, una dinámica a la que atribuía su dificultad para madrugar.
Ese estilo de vida tenía consecuencias directas en su ciclo del sueño. Según sus palabras: “Durante muchísimo tiempo no vi el amanecer. Me levantaba cuando el sol calentaba. Me acostaba tarde, y siempre me he considerado noctámbulo”. Todo cambió con nuevos hábitos y la decisión de dejar el alcohol. Hoy, ya sin hábitos asociados a la música nocturna, Brooks descubre que puede levantarse al alba con mayor facilidad. “Simplemente, era un músico que bebía demasiado. Ahora no bebo nada, y resulta que me resulta más fácil levantarme”, explica.
El mensaje principal que Arthur Brooks busca trasladar es que los hábitos influyen profundamente en la manera de gestionar la energía y el descanso. Para él, la clave reside en “pequeñas victorias” cotidianas, acciones sencillas que refuerzan la autodisciplina y la autoconfianza. Una de esas pequeñas victorias para Brooks es madrugar: “Uso despertador todos los días. Esta mañana sonó a las 4:30 y no me gustó. Dije: ‘cómo me gustaría poder dormir más’. Pero empezar bien el día es fundamental, ya que es la primera batalla para combatir el malestar y mejorar mi bienestar. Fue tan efectivo que salté de la cama como siempre”.
La razón detrás de esa estrategia radica en el funcionamiento del cerebro, que tiende por naturaleza a buscar satisfacción inmediata y evitar el esfuerzo. Correr a primera hora o adoptar cualquier hábito saludable exige un esfuerzo inicial, pero la repetición convierte ese pequeño acceso de incomodidad en rutina.
Otra de las claves señaladas por Brooks es la importancia de la noche anterior: la batalla para madrugar realmente comienza antes de acostarse. Según explica: “Una de las razones por las que la gente no consigue irse a la cama, sobre todo a los veinte años, se llama procrastinación nocturna. Se trata de un fenómeno en el que uno se rebela contra sí mismo, especialmente en la juventud”. Igual que durante la infancia surgía la resistencia a acostarse temprano, en la juventud y la adultez joven el mal uso de la libertad adquirida puede conducir a postergar el sueño.
“Piensa en lo que realmente te motiva y podrás gestionarte mejor”, propone Brooks sobre cómo enfrentar ese impulso nocturno. En definitiva, los hábitos no solo moldean el sueño, sino que se convierten en pequeñas victorias que refuerzan la confianza y la capacidad de ir modificando aspectos de la vida, incluidos los ritmos que parecían inalterables.
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