
Hoy un prodigio, Faustino Oro, se ha hecho maestro. Como un día hubo un primer concierto de Mozart, o una primera olimpíada de Nadia Comăneci o un primer gol en el primer partido de Messi. La misteriosa e infrecuente aparición de estos genios precoces invoca siempre la misma pregunta ¿los prodigios nacen o “se hacen”? Este debate atraviesa el deporte, la música, el arte. ¿Cómo puede ser que Rimbaud haya escrito casi toda su obra poética a los 20 años, o que Galois haya inventado en sus meros veinte años de vida una rama nueva de la matemática? ¿Hay niños y niñas con un don misterioso o su virtud es la consecuencia de muchísimo trabajo?
En estos días pusimos en marcha un nuevo “experimento natural” para repensar esta pregunta, organizando en Madrid un torneo de ajedrez que titulamos Leyendas contra Prodigios. Ningún otro deporte permitiría que una niña se siente a jugar de igual a igual con una leyenda que lleva medio siglo en la élite, o, por el contrario, que Viktor Korchnoi haya jugado al máximo nivel más allá de los setenta años o que Mijaíl Tal, en sus últimos días de vida, enfermo y debilitado, le ganó una partida a Garry Kasparov.

Pasados seis días ya de un torneo que ha sido aún más vibrante -¡y vaya!- de lo que esperábamos. Y hoy Faustino Oro, el niño argentino de once años, acaba de empatar con el gran maestro cubano Omar Almeida y logra su primera norma de Gran Maestro. Le bastaron siete partidas de las nueve para lograr los seis puntos necesarios. Solo una persona en toda la historia del juego logró una norma siendo “más joven”, el actual campeón del mundo del ajedrez. La sensación de los que estuvimos mirando es la de estar viendo en el presente un momento que será historia.
Más allá del “umbral OK”
¿Cómo se explica que un niño de apenas once años pueda acercarse a un nivel que solo una élite del juego alcanza? Anders Ericsson estudió durante décadas este misterio e intentó convertir la intuición que todos tenemos en ciencia a través de una observación minuciosa de todo tipo de prodigios. Su conclusión fue que lo excepcional no surge de un don inexplicable, sino del modo en que ese don se ejercita, yendo mucho más allá del “umbral OK”, donde lo que hacemos es aceptable, pero no nos exige. Permanecer en el “umbral OK” es reconfortante, pero ahí no ocurre aprendizaje. La clave es salir de ese umbral, forzarse un poco más allá de lo que uno domina, estirarse más allá del límite. Y eso es lo que caracteriza a los prodigios: no solo tienen facilidad, sino que encuentran placer en habitar durante horas esa zona incómoda, donde el esfuerzo y la exigencia son máximos.

Así se explica lo que parece imposible. Tienen una virtud inicial —una facilidad especial para el dibujo, la música o el ajedrez según cada quien—, pero lo decisivo es que esa virtud se convierte en pasión. Y esa pasión los arrastra a pasar horas y horas en la zona de la práctica deliberada, donde los demás apenas aguantamos unos minutos. De ese modo aparece un círculo virtuoso: la virtud alimenta la pasión, la pasión multiplica la virtud, y la rueda empieza a girar cada vez más rápido. Magnus Carlsen, campeón del mundo y quizá el mejor jugador de la historia, lo resume de manera sencilla: es tan bueno porque ama el juego incondicionalmente. No juega por presión ni por el deseo de ganar, sino porque el ajedrez es para él la forma natural de estar en el mundo...
En tiempos algo oscuros y de cierta incertidumbre, nos aferramos con avidez y con cierta esperanza a los prodigios. Porque son ejemplos de talento, de trabajo, de disciplina y esfuerzo. Aunque entre esas buenas intenciones también surge la mezquindad. Frente a lo inexplicable y lo sorprendente, y frente a algo tan increíblemente inusual como el brillo de Faustino, aparece una tribu de conspiracionistas. Les ha pasado a todos los genios: son admirados, a veces incomprendidos y a veces también se les pide lo imposible. Lo que nadie le pediría a otra persona, y mucho menos a una de once años. Conviene recordar todo el tiempo que es un niño que juega extraordinariamente bien al ajedrez. Nada más ni nada menos. Su misión no es la de salvar al mundo, ni a una patria. Basta con que disfruten, que jueguen, que inventen, con eso nos iluminan. Nuestra tarea es dejarlos vivir su don en tranquilidad, disfrutarlos y mirarlos con respeto y gratitud.
**Mariano Sigman es un físico y neurocientífico al que le fascinan las preguntas que indagan sobre la condición humana. Es un referente en el mundo de la neurociencia de las decisiones. Es autor del libro ‘El poder de las palabras’
** David Martínez es un ajedrecista español y entrenador de varios jugadores españoles. También fue director de la plataforma chess24 y es un conocido streamer y comentarista de ajedrez español.
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