Una tuneladora sepultada en hormigón que provocó pérdidas de 2.000 millones de euros: el fiasco de este túnel expone los riesgos de las obras subterráneas

En 2017, el túnel ferroviario en el valle del Rin, considerado uno de los ejes clave del tráfico de mercancías y pasajeros de Europa, sufrió un colapso que interrumpió toda la línea y afectó a toda Europa

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Perforación del túnel de Montcada i Reixac, Barcelona (Flickr)
Perforación del túnel de Montcada i Reixac, Barcelona (Flickr)

Las obras subterráneas siempre despiertan una - comprensible - inquietud en quienes viven cerca, sobre todo por las repercusiones que pueden tener en la seguridad y la estabilidad de las viviendas y demás estructuras sobre la superficie. Y tiene sentido, en realidad, porque desde que comenzaron, por ejemplo, las obras en la línea C del metro de Toulouse (Francia), se han producido una serie de derrumbes y complicaciones: el pasado mes de junio, el suelo de una casa comenzó a desplomarse; al igual que el jardín de otra vivienda, en el que se encontró un enorme agujero, de acuerdo con France 3.

A miles de kilómetros de Toulouse, en Alemania, otra tuneladora generó, en su día, grandes dificultades en un ambicioso proyecto de expansión de una de las vías más importantes del tráfico de mercancías y pasajeros de Europa: el túnel ferroviario de Rastatt.

La tuneladora sepultada de Rastatt

El ejemplo alemán de Rastatt se cita a menudo por su magnitud y consecuencias. El incidente se desencadenó en 2017, cuando el desarrollo del túnel ferroviario en el valle del Rin, considerado uno de los ejes clave del tráfico de mercancías y pasajeros de Europa, sufrió un colapso que interrumpió toda la línea. El proyecto formaba parte de la expansión de la capacidad ferroviaria entre Karlsruhe y Basilea, una mejora largamente prevista desde la década de los setenta y que pretendía pasar de dos a cuatro vías.

La infraestructura resultaba fundamental en el trazado que conecta Alemania con otros países europeos y canaliza parte del tráfico de París, Karlsruhe y Stuttgart. Los trabajos arrancaron oficialmente tras años de dificultades presupuestarias, y a los retos financieros se sumaron, pronto, complicaciones técnicas inesperadas.

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En las proximidades de la estación de Rastatt, se planificaron cuatro túneles para salvar las vías existentes. Dos grandes tuneladoras, de más de cuatro kilómetros de longitud, comenzaron su actividad bajo el subsuelo del ferrocarril. El proceso, sin embargo, no salió como estaba previsto: durante el verano de 2017, la irrupción de aguas subterráneas en uno de los túneles provocó un hundimiento significativo de la superficie justo encima. El sábado 12 de agosto, la vía férrea situada sobre el tunelador “Wilhelmine” empezó a ceder hasta deformarse 150 metros.

En ese momento no circulaba ningún tren por el área afectada, lo que evitó una catástrofe mayor. Aun así, la magnitud del daño obligó a emprender trabajos de refuerzo urgentes: se vertió una losa de hormigón de 120 metros de longitud y 15 metros de ancho para estabilizar el terreno y evitar nuevos daños. El tunelador quedó atrapado bajo tierra y fue “sacrificado”, recubriéndolo también con hormigón e integrándolo en la estructura de la propia línea.

Sus efectos se dejaron sentir mucho más allá de Alemania. Un estudio publicado en 2018 estimó que la interrupción de la circulación en Rastatt supuso “una perturbación sin precedentes de las cadenas logísticas del transporte ferroviario de mercancías en toda Europa”. Los daños económicos resultantes fueron enormes: en palabras de los investigadores, “cada día de paro durante el accidente de Rastatt ocasionó daños de unos 40 millones de euros en toda Europa”. Las previsiones cifraron las pérdidas totales en unos 2.000 millones de euros, afectando tanto a operadores ferroviarios como a empresas clientes.

A día de hoy, la línea de Rastatt aún necesita varios años de trabajo antes de empezar a operar a pleno rendimiento. El accidente de 2017 continúa considerándose uno de los episodios más significativos ligados al empleo de tuneladoras en Europa y condiciona la manera en que otras ciudades afrontan sus grandes obras bajo tierra.