
La carne, el pescado, el marisco, los huevos, la leche... Una amplia gama de alimentos son ricos en vitamina B, un complejo de nutrientes esencial que el cuerpo necesita para crecer y desarrollarse normalmente. En torno a este grupo de vitaminas, la ciencia ha volcado buena parte de sus esfuerzos.
Estudios recientes revelan que los cambios cerebrales asociados a la demencia pueden comenzar a desarrollarse más de 20 años antes de que aparezcan los primeros síntomas. Así lo advierte Paul Jacques, científico sénior del Centro de Investigación de Nutrición Humana sobre el Envejecimiento (HNRCA) del USDA. Esta advertencia, respaldada por el seguimiento de unos 2.500 adultos del Estudio del Corazón de Framingham, resalta la importancia de identificar factores de riesgo modificables desde etapas tempranas para prevenir un daño neurológico irreversible.
Uno de los factores más prometedores bajo estudio es el papel de las vitaminas B, especialmente la vitamina B12, en la prevención del deterioro cognitivo. Joel Mason, gastroenterólogo y también investigador del HNRCA, explica que al menos cuatro de las vitaminas del complejo B son esenciales para el metabolismo celular, ya que actúan como cofactores en procesos conocidos como “metabolismo de un carbono”. Este conjunto de rutas metabólicas permite la transferencia de unidades básicas necesarias para la síntesis de ADN y el metabolismo de aminoácidos, lo que complica medir el impacto individual de cada vitamina B en la salud humana.
La relación entre la vitamina B12, el folato (vitamina B9) y la función cognitiva es una de las más estudiadas en los últimos años. Un problema relevante es que cerca del 40 % de las personas mayores de 75 años presentan una disminución en la capacidad de absorber vitamina B12 a partir de los alimentos. Esta deficiencia puede deteriorar la salud del sistema nervioso, afectando tanto al cerebro como a la médula espinal, y aumentar el riesgo de demencia.

Irwin Rosenberg, exdecano de la Escuela Friedman, sostiene que el deterioro cognitivo no se reduce solo al Alzheimer. “Muchos tipos de disfunción cerebral se agrupan bajo el mismo nombre”, afirma, destacando que problemas vasculares, como la microvasculopatía, pueden estar más relacionados con deficiencias de vitamina B que con la acumulación de proteínas tóxicas como la amiloide o la tau, que han sido el foco de la investigación farmacológica.
Los niveles elevados de homocisteína han demostrado ser predictores de atrofia cerebral y demencia, según estudios como Framingham. Ensayos recientes, como VITACOG y FACT, han mostrado que la suplementación con vitaminas B puede ralentizar la contracción cerebral y mejorar la función cognitiva en personas con alto riesgo.
Un punto importante es la interacción entre folato y B12. En los años 50, se observó que tratar la anemia con ácido fólico podía ocultar una deficiencia de B12, agravando problemas cognitivos. Investigaciones actuales sugieren que el ácido fólico podría afectar una forma activa de B12, llamada holoTC, crucial para que las células utilicen la vitamina. Esta interacción sigue siendo investigada.
Vitamina B para proteger el corazón y el cerebro
Las vitaminas B también están bajo estudio por su impacto en la salud cardiovascular. La riboflavina (B2), por ejemplo, puede reducir la presión arterial en personas con una variante genética común. Las vitaminas B6, B12 y folato ayudan a eliminar la homocisteína, reduciendo el riesgo de enfermedades cardíacas y accidentes cerebrovasculares. Sin embargo, estudios en los años 80 concluyeron que la suplementación no reducía los infartos, aunque sí podía disminuir levemente el riesgo de ictus.
Otros nutrientes como la niacina (B3) reducen el colesterol LDL (conocido como “colesterol malo”), pero deben tomarse en dosis altas, que provocan efectos secundarios molestos, como sofocos, limitando su uso clínico.
Al mismo tiempo, la vitamina B6 ha emergido como posible modulador de la inflamación crónica, común en enfermedades como la diabetes, la artritis y la demencia. Algunos estudios sugieren beneficios, pero Mason advierte que dosis altas pueden ser tóxicas, por lo que debe administrarse bajo supervisión médica.
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