
“La ley protege más a los okupas. A los dueños de los pisos nos dejan en el limbo”. Con esta afirmación, Estíbaliz Kortazar resume la desesperación que la ha acompañado durante casi un año, tras ver cómo su gesto solidario se transformó en una pesadilla. La vecina de Basauri ha relatado en 20minutos que, pese a las denuncias y a la intervención de la policía, no ha recibido ninguna solución ni apoyo efectivo de la administración. “La justicia y la policía me obliga a vivir con una persona agresiva”, denuncia, mientras el miedo y la impotencia marcan su día a día.
La historia comenzó cuando Estíbaliz, voluntaria en una asociación de ayuda a personas sin hogar, decidió alquilar una habitación de su vivienda a un hombre que conoció en ese entorno. El acuerdo, formalizado en enero de 2024, no era un contrato de arrendamiento convencional, sino un pacto de convivencia de carácter familiar. El inquilino, un extranjero de 48 años, se comprometió a pagar 350 euros mensuales y, durante el primer año, cumplió con los pagos, incluso abonando el mes de enero de 2025 a pesar de que el contrato finalizaba el 31 de diciembre de 2024.
Sin embargo, la convivencia se deterioró mucho antes de que surgieran los problemas económicos. Desde julio de 2024, Estíbaliz comenzó a notar comportamientos extraños en su inquilino. El hombre llevaba las ollas con comida a su habitación, alegando que era parte de sus costumbres, lo que dejaba a la propietaria sin utensilios para cocinar. Además, descuidaba la limpieza tanto de su cuarto como de las zonas comunes, y buscaba activamente incomodarla: subía el volumen de la televisión o cantaba mientras ella impartía clases online, y llegaba a poner la televisión a medianoche para impedirle dormir.
Una conducta que comenzó a ser agresiva
La situación se agravó con actos de vandalismo y robo. El inquilino rompió mobiliario y sustrajo objetos de la vivienda. Los gastos de suministros se dispararon, con facturas de la luz superiores a 200 euros, lo que llevó a Estíbaliz a sospechar que su objetivo era arruinarla. El hombre llegó a cambiar la cerradura de la casa y le propuso devolverle las llaves solo si ella le entregaba las del portal, alegando que las había perdido. Ante la negativa de la propietaria, manipulaba la cerradura para dejar la puerta abierta y así poder entrar y salir a su antojo.

La respuesta policial resultó frustrante para Estíbaliz. Según relata a 20minutos, los agentes le indicaron que la única vía era presentar una denuncia diaria, una sugerencia que consideró inviable. La tensión escaló cuando el inquilino adoptó una actitud abiertamente agresiva, insultándola con expresiones como “perra sucia” y “puta”. La propietaria recurrió a amigos y profesionales para intentar que el hombre abandonara la vivienda. Un trabajador social llegó a ofrecerle 125 euros para ayudarle a encontrar otra habitación, pero el inquilino, que no trabaja y se dedica a encadenar cursos de formación, lleva siete meses asegurando que está buscando una alternativa sin concretar ningún cambio.
“Su único objetivo es fastidiarme la vida”
Debido a que el hombre se negaba a marcharse, Estíbaliz decidió esperar a que terminara el contrato. Es en este momento, en noviembre de 2024, cuando le envió un burofax notificándole que no renovaría el contrato. Pero como era de esperar, el inquilino pasó por alto dicha información y se mantuvo en su posición, okupando la casa de la vecina de Basauri. En marzo, recibió una orden de desahucio, pero la ejecución quedó suspendida por el decreto 11/2020 de 31 de marzo, cuyo artículo 1 establece la paralización de los procedimientos de desahucio hasta el 31 de diciembre de 2025.

La convivencia se volvió insostenible. Estíbaliz optó por abandonar su propia casa en junio, mudándose a la vivienda de su hermano por miedo. Actualmente, se encuentra de baja y recibe atención psicológica debido al impacto de la situación. “Es un psicópata y su único objetivo es fastidiarme la vida”, afirma, y teme que el inquilino pueda llegar a hacerle daño. “Es una persona que psicológicamente no está bien”, insiste.
A pesar de las múltiples denuncias y del dinero adeudado —más de 2.100 euros en concepto de alquiler—, lo que más le preocupa a Estíbaliz no es la deuda, sino recuperar la tranquilidad y la posesión de su vivienda. “No me sobra el dinero, pero lo único que pido es que se vaya de mi casa”, concluye, mientras la incertidumbre y la falta de soluciones continúan marcando su día a día.
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