
En el último siglo, la esperanza de vida global ha aumentado de manera exponencial. En la actualidad, España es el país más longevo de la Unión Europea alcanzando los 84 años de media. El estilo de vida mediterráneo podría ser una de las claves que explicara estos datos, pues a España le siguen Italia (83,8 años) y Malta (83,6 años).
Sin embargo, ya no nos sirve únicamente con llegar a soplar el número 100 en las velas de una tarta de cumpleaños. Poco parece importar ser centenario si no logramos estar lo más sanos posible. Para ello, los hábitos de vida son fundamentales: una alimentación variada y equilibrada, ejercicio físico regular y un buen descanso. Son los tres pilares esenciales sobre los que se sustenta la longevidad, más allá de la genética.
Pese a que la dieta, la actividad física y el sueño son la llave para disfrutar de una vida con salud, existe otro factor clave muy relacionado con la gestión del estrés y, por tanto, con la salud mental: el tiempo. La manera en la que gestionamos nuestro tiempo tiene un efecto real sobre el envejecimiento, asegura el doctor José Viña en su libro La ciencia de la longevidad. Cómo vivir para envejecer mejor.
“Es cierto que no podemos ni debemos aspirar a vivir eternamente, pero sí podemos enfocarnos en vivir de manera plena y satisfactoria”, escribe en su obra. En cambio, aprovechar el tiempo no significa colmarlo de actividades, pues podemos caer en una sensación constante de estrés y perjudicar nuestra calidad de vida.
“No rellenes el tiempo libre con más y más actividades. Es el camino equivocado. Programarte el día significa elegir cuidadosamente qué tienes que hacer para hacerlo despacio y bien. No pienses que debes organizarte para hacer más cosas. Eso te lleva al camino absurdo, al círculo vicioso de hacer más y más y más hasta que uno se vuelve loco”, explica el doctor Viña.
El tiempo, el estrés y la longevidad
El tiempo libre tiene mucho que ver con nuestra esperanza de vida. Por ello, el doctor Viña aconseja que, para aumentar nuestra longevidad, lo ideal es programarse el tiempo para “hacer las cosas bien, no para hacer más cosas”.
Al ser conscientes de lo que hacemos con nuestro tiempo, es probable que la productividad aumente y que, al mismo tiempo, el estrés se reduzca. Si el estrés se cronifica, puede alterar el funcionamiento normal del organismo, incrementa los niveles de hormonas como el cortisol y puede afectar el sistema inmunológico.
Esta situación aumenta la vulnerabilidad frente a enfermedades infecciosas, trastornos cardiovasculares y problemas digestivos. Además, el estrés sostenido propicia alteraciones en el sueño, el estado de ánimo y la capacidad de concentración, lo que deteriora la calidad de vida y favorece la aparición de patologías físicas y mentales.
Controlar el estrés resulta importante porque previene el desarrollo de enfermedades físicas y mentales asociadas a la tensión prolongada, como trastornos cardiovasculares, digestivos y ansiedad. Además, una gestión adecuada del estrés permite afrontar los desafíos cotidianos con mayor claridad y reducir el impacto negativo sobre la vida personal y profesional.
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