
A sus 29 años, a Rodrigo le cuesta verse en los álbumes familiares. Su infancia y su adolescencia estuvieron marcadas por el acoso escolar de sus compañeros que le quitaron la sonrisa durante los primeros años de su vida y que distorsionaros su propia autopercepción, una herida que arrastra hasta ahora. “Si buscas en los álbumes familiares, hay un momento en el que deja de haber fotos mías sonriendo y me duele verlo”, cuenta, pero el problema con las cámaras llega hasta día de hoy.
En conversación con Infobae España, detalla que, precisamente esa es una de las secuelas. “Me cuesta un montón no ponerme nervioso cuando me hago fotos ahora. Eso es lo que más lo noto y lo que más me cuesta porque perdí la costumbre de de posar y de sonreír ante la cámara, aunque lo estoy trabajando con una psicóloga”, dice. Se trata de una realidad compartida por las personas que sufren o sufrieron bullying en la escuela. En una entrevista en este diario, Toni García Arias, maestro y autor de Aulas sin bullying, aulas sin miedo, explicaba que, ante estas experiencias traumáticas, la autoestima “se rompe”.
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“Se quiebra muy rápidamente y se recupera muy difícilmente. Entonces, lo primero que hay que hacer es protegerle cuando dice lo que está pasando. Se hace un plan de vigilancia para que ese menor no quede nunca solo ante ante la posibilidad de que otros los agredan. Después, se investiga y se habla con el resto de compañeros para ver si efectivamente hay un caso de acoso escolar. Si se da el caso, la sanción tiene que ser ejemplar para que el menor vea que aquellos que le han agredido han sido sancionados, porque si no el menor agredido se siente humillado en dos ocasiones, primero por sus compañeros y, segundo, por el centro educativo”, explicaba García. Pero Rodrigo, como muchos otros, no tuvo esa suerte.
Los profesores que apartan la mirada
Rodrigo cuenta que su familia era la única a la que podía acudir, “siempre estuvieron ahí para ayudarme y para apoyarme”, dice, pero, en lo que respecta al apoyo institucional de los centros educativos, la realidad fue muy distinta. “En muchas situaciones, había profesores que apoyaban estas dinámicas o hacían cosas que empeoraban la situación. Por ejemplo, yo había empezado a tejer relaciones de amistad al final de educación infantil y me cambiaron de clase en primaria con gente que eran parte del problema, y luego se negaron a cambiarme de clase durante toda primaria”, recuerda.
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“No sé cómo está la cosa ahora, pero yo vi cero apoyo institucional en cuanto a protocolos que se pudieran seguir. Claramente mis padres estaban perdidos, tampoco sabían muy bien cómo actuar y no había unas canales claros. Y luego, a nivel individual, había profesores que apoyaban este tipo de dinámicas y que, más que ayudarte, te ponían todavía más piedras en el camino”, añade. Ha pasado casi una década desde salió del instituto y la situación es diferente. El acoso escolar tiene nombre y hay una mayor concienciación, pero no es suficiente. Uno de cada diez alumnos en España atraviesa esta misma situación y uno de cada tres cree que sus profesores no intervienen cuando es necesario.
Según el estudio La opinión de los estudiantes publicado el pasado mes septiembre con datos del curso 2023/2024 por la Fundación Mutua Madrileña y la Fundación ANAR, el 9,4% de los escolares españoles afirma que él o uno de sus compañeros está sufriendo acoso escolar, ya sea de forma presencial o a través de las redes sociales. Frente a esto, la mitad los estudiantes (un 47%) reconoce que no hace nada para remediarlo y uno de cada tres (28,6%) piensa que el profesorado no actúa en consecuencia.
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Las secuelas del acoso escolar
Las consecuencias de que los profesores, los que equipos directivos, e incluso las familias, aparten la mirada son las heridas que acompañan hasta la edad adulta a los niños a los que el sistema dejó desprotegidos. Para Rodrigo, que sufrió esta situación desde que entró a infantil hasta la ESO, donde tuvo que soportar agresiones físicas, verbales y sociales, la autopercepción dañada no fue la única secuela. Después de aquellos años en los que aprendió a protegerse de los demás y aislarse para no ser herido, tuvo que cambiar la concepción de toda una vida.
“Es un proceso que pasa en los momentos en los que estás aprendiendo a interaccionar, a tratar con otras personas, a tratarte a ti mismo, a conocerte a ti mismo como persona y esta situación te afecta mucho”, explica y cuenta que siempre que iniciaba una nueva relación desde un sentimiento de indefensión y vulnerabilidad. Aunque cambió poco a poco cuando cambio de entorno. Salió de Burgos, su ciudad natal, para estudiar en Madrid, y encontró el espacio que necesitaba: “Me abrió un mundo de oportunidades y vi que que el problema no era mío. Tuve muchas oportunidades de socializar de manera diferente y de ser yo mismo”.
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“Ese cambio, a mí me ha hecho ser una persona mucho más independiente, mucho más capaz de hablar, de interaccionar socialmente, que era una cosa que que a mí me costaba en su momento. Y ahora, pues sí, noto presión cuando son grupos grandes y me cuesta interaccionar cuando es un grupo nuevo, pero poco a poco he ido aprendiendo, sobre todo, gracias a ver que hay otros entornos, que hay otras formas de ver el mundo, otras formas de relacionarse. Hay mucha buena gente por ahí”, reflexiona.
A quién acudir en caso de sufrir acoso
El acoso escolar o bullying se produce cuando uno o varios compañeros desarrollan conductas negativas hacia otra persona de forma repetida y prolongada. Estos comportamientos incluyen insultos, amenazas, propagación de rumores, ignorar, robar pertenencias o las agresiones físicas. Puede ocurrir dentro del centro escolar (recreos, aulas, pasillos) o fuera de él (entrada, camino a casa) e incluso a través de medios digitales, como mensajes agresivos o insultos en redes sociales.
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Es fundamental actuar para frenar el bullying. Los centros escolares están obligados a intervenir y cuentan con recursos para ello. Ante esta situación, se debe hablar con el tutor, orientador o director del centro para que tomen medidas. También es importante hablar con los padres. No obstante, si una víctima no encuentra un apoyo en su entorno más cercano, puede contar con servicios especializados como los que proporciona la Funcación ANAR. Aquellos que lo necesiten pueden acceder a su chat o correo electrónico o llamar al 900 20 20 10, un número gratuito, confidencial y disponible las 24 horas, atendido por psicólogos, trabajadores sociales y abogados.
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