Pilar Prades, la última mujer ejecutada con el garrote vil en España: envenenó a la señora para la que trabajaba y lo intentó con otras dos mujeres

Con 31 años, recibió la condena a muerte, tras haber defendido hasta el último momento su inocencia

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Pilar Prades
Pilar Prades

Pilar Prades tuvo que abandonar su pueblo, Bejís (Castellón), con tan solo 12 años para ganarse la vida. En tiempos de Franco las mujeres no tenían muchas oportunidades por lo que decidió dedicarse a trabajar como sirvienta. Analfabeta, introvertida y con un gesto adusto, no era muy querida y en ninguna de las casas solía durar mucho.

Llegó 1954 y Pilar ya había llegado a los 26 años. Tras un infructuosa búsqueda entró a trabajar en la casa de Enrique y Adela, que tenían una tocinería en la calle de Sagunto. Sin hijos, las labores de su nueva sirvienta consistían en cuidar y limpiar la casa y trabajar en la tienda del matrimonio cuando fuera necesario.

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Por primera vez tenía un puesto fijo y que disfrutaba, al no tener mucha carga y poder relacionarse con las clientas de la tocinería. Sin embargo, todo se empezó a complicar cunado Doña Adela se puso enferma, teniendo que quedarse a descansar en su cama.

Pilar se dedicó día y noche a cuidarla, dándole sopas y tisanas, mientras la sustituía en el comercio, pero Adela no mejoraba. Su salud fue empeorando hasta que acabó falleciendo. Ese día la tocinería abrió por petición de Pilar, que convenció a Enrique de que la actividad no debía cesar.

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Cuando Enrique acudió a su tienda se encontró a Pilar en el sitio de su mujer y con su delantal lo que consideró que ya sobrepasaba los límites y la despidió. Sin trabajo, decidió abandonar Valencia.

Arsénico en las bebidas

Sin trabajo, pasaba sus noches en una sala de fiestas llamada ‘El Farol’ donde coincidía con una amiga de profesión, Aurelia Sanz Hernández. Esta le consiguió un nuevo trabajo como doncella en la casa en la que ella trabajaba como cocinera. La vivienda pertenecía a un médico militar, Manuel Berenguer y su mujer María del Carmen Cid.

Pilar y Aurelia se hicieron muy amigas y compartían las tardes juntas hasta que ambas se interesaron por el mismo chico. Él acabó decantándose por Aurelia, pero justo en esa época la cocinera comenzó a sentirse mal.

En un principio parecía una simple enfermedad del estómago, por los vómitos y diarreas, pero empezaron a aparecer nuevos síntomas más preocupantes como la hinchazón de las extremidades. El doctor de la casa se empezó a preocupar, por lo que decidió ingresarla en el hospital, donde tuvo una leve mejora, alejada de los cuidados de Pilar.

Pasaron unas semanas y fue su mujer la que cayó enferma. Otra vez pareció en un principio una vulgar gripe, pero los síntomas se fueron asemejando a los de Aurelia. El médico militar empezó a sospechar que algo estaba pasando.

El señor de la casa consultó entonces con otros especialistas y tomaron la decisión de realizar la prueba del propatiol, un inyectable que permite descubrir la presencia de un tóxico sin necesidad de realizar un análisis. El resultado fue definitivo, la causa de las dolencias de la mujer tenía nombre: arsénico.

Defendió su inocencia hasta el final

Las sospechas del hombre estaban puestos en una persona: Pilar. Decidió indagar en su pasado y tras hablar con su anterior empleador descubrió que su mujer había fallecido de una forma extraña y con síntomas muy parecidos a los de María y Aurelia. Se confirmó la presencia de arsénico en el cadáver y Pilar fue detenida.

La Policía comenzó entonces un duro interrogatorio en el que tuvieron a la mujer durante 36 horas solo comiendo aspirinas, pero ella en ningún momento se declaró culpable. En un momento de debilidad, confiesa haber suministrado una infusión de boldo, hierba medicinal estomacal cuyo desagradable sabor había intentado paliar con un poco de aquel líquido dulce, sin saber de qué se trataba, apoyándose en su analfabetismo.

Su abogado le recomendó que se declarará culpable para recibir una pena de 12 a 16 años de cárcel, pero ella se negó y siguió defendiendo su inocencia. El tribunal la condenó entonces a la pena de muerte por el asesinato de Adela y a dos penas de 20 años por los otros dos homicidios frustrados.

La Policía detiene a un tercer sospechoso por el asesinato del hermano de Begoña Villacís.

La única esperanza que tenía era el indulto por parte del mismísimo Franco, pero este nunca llegó. La fecha señalada fue el 19 de mayo de 1959, y la víspera se iniciaron en la prisión de Valencia los preparativos del brutal acontecimiento.

Un verdugo que no quería ejecutar

La ejecución fue adjudicada al verdugo Antonio López Guerra que dos meses después ejecutaría a Jarabo en Madrid, sería también el ejecutor de Salvador Puig Antich en marzo de 1974, el último ejecutado en el garrote vil).

Antonio López Sierra junto a otro verdugo adscrito al Ministerio de Justicia (EFE)
Antonio López Sierra junto a otro verdugo adscrito al Ministerio de Justicia (EFE)

Se presentó a las diez de la noche, hora a la que le habían citado, pero los problemas empezaron cuando se enteró que la condenada era una mujer. Antonio se negó a llevar a cabo la ejecución y necesitó una botella de coñac para decidirse a llevarla a cabo.

Fueron horas de tensión, en las que todos los presentes buscaban que sonara el teléfono avisando que la indultaban. Pero esa llamada tampoco llegó. Ya eran las siete de la mañana, el sol había salido y la fuerza pública tuvo que llevar a rastras a la condenada y al verdugo al patíbulo.

Solo hizo falta una vuelta y media de manivela para partirle el cuello. De esta manera fue ejecutada Pilar Prades, la última mujer que sufrió esta suerte en España. Nadie fue a recoger sus restos tras su muerte.

Entre los testigos se encontraba un letrado amigo de Luis García Berlanga, que le contó la rocambolesca escena que había presenciado y así nació una de las películas más míticas de nuestro cine: ‘El Verdugo’.

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