
LISBOA.- El Museo del Tesoro Real de Lisboa (MTR) parece un palacio como cualquiera de los muchos que se conservan en Europa. Sin embargo, en su interior aloja una trágica historia y un millonario secreto que lo convierte en una “caja fuerte” valuada en millones de euros.
Al ingresar a las instalaciones, las medidas de seguridad advierten al visitante que no se encuentra en un museo normal. Durante un recorrido, se puede apreciar que el museo, dentro del Palácio Nacional da Ajuda, es en realidad una bóveda de 40 metros de largo y 10 metros de alto, organizada en tres plantas. El acceso se realiza mediante dos puertas de acero de cinco toneladas y 40 centímetros de grosor. En el interior alberga casi 80 expositores en tres niveles con cristales a prueba de balas. Este sistema de seguridad tuvo un costo de 6 millones de euros.


Una vez que se atraviesa esta fortaleza es posible apreciar más de 1.000 piezas que van desde joyas con piedras preciosas incrustadas, como esmeraldas, rubíes, zafiros y diamantes provenientes de minas brasileñas y angoleñas, insignias y condecoraciones, monedas y joyería religiosa, hasta parte de la vajilla de plata que acompañó a la Casa Real de los Braganza, que se mantuvo en el poder durante más de dos siglos, y a su último rey, Don Manuel II.
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“Los bienes, muchos de ellos, son únicos, raros e históricos, además de la enorme cantidad de piedras preciosas (más de 22.000), entre ellas y la segunda pepita de oro más grande del mundo, por lo que es muy difícil estimar el valor real de la colección. Pero son cientos de millones de euros”, comenta a Infobae Paula Oliveira, directora ejecutiva de la Asociación de Turismo de Lisboa.
Las joyas reales de la Casa Braganza

La mayoría de las piezas de la colección se remontan al período entre 1700 y 1910, año en el que se proclamó la República. Gran parte de las joyas de la dinastía anteriores a este lapso fueron vendidas por los monarcas en turno para fortalecer a sus ejércitos en un intento por defenderse de los Habsburgo luego de la llamada Guerra de Restauración.
La colección del Tesoro Real de Portugal, junto con muchas de las posesiones de los monarcas, pasaron a manos del Gobierno cuando se derrocó la monarquía, en 1910, junto a su último rey.
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Entre las joyas de la casa real que resguarda esta fortaleza, se pueden apreciar el collar de la reina consorte de España e infanta portuguesa María Bárbara de Braganza, fabricado con diamantes de 24 kilates y esmeraldas colombianas de las llamadas “gotas de aceite”, nombre dado por los conquistadores por su patrón único y extraño.

Una de las piezas más valiosas es la corona de oro de Brasil encargada por João VI, la tabaquera de casi 30 quilates pedida por José I a la orfebrería de Luis XV de Francia en el siglo XVIII, considerada por los conocedores como la más espectacular de las realizadas en Europa.
A la colección se agregan un toisón de oro -la máxima condecoración de la monarquía española-, mantos reales, el bastón y la caja de rapé del rey José I, adornados con adornos de diamantes, engastados en oro y manufacturados en París entre 1750 y 1770.
También destaca la icónica vajilla de plata realizada en el taller francés François-Thomas Germain para el rey José I, en la que se muestra el interés que tenían los monarcas lusos por la orfebrería.

Otra de los tesoros de la corona es la tiara de la reina María II de Portugal fabricada con 1.400 diamantes, cinco zafiros, oro y plata, pero que sólo estuvo expuesta un año al ser propiedad de un coleccionista privado.
Un robo y una historia trágica

Hasta antes del 1 de junio de 2022, fecha en la que el MTR abrió sus puertas, las joyas estaban resguardadas en una bóveda del banco central y sólo se exhibían en muestras temporales.
Veinte años antes, en 2002, el Museo Municipal de la Haya en Holanda montó la exposición El diamante: del crudo a la joya, en la que reunía piezas de las casas reales de Francia, Holanda, Inglaterra y Portugal.
Portugal prestó decenas de joyas reales para la exposición, pero un grupo de ladrones aprovechó la falta de vigilancia para perpetrar en sólo 40 minutos uno de los robos más espectaculares en Europa y extrajo siete de las piezas que pertenecían a la corona lusa, entre ellas un diamante de 135 quilates, un bastón de oro con diamantes y una gargantilla con 32 brillantes.

Más de dos décadas después, las joyas robadas siguen sin ser recuperadas y tampoco existe rastro de que hayan llegado a la venta en el mercado negro. Los 6 millones de euros que tuvo que pagar Holanda por el seguro de las piezas se utilizaron para costear el sofisticado mecanismo de seguridad del MTR.
El tesoro de la corona portuguesa rebasaba por mucho las 1.000 piezas que ahora están en exhibición, pero otras partes se perdieron en otras desgracias, además del robo: el “gran terremoto de Lisboa” que destruyó la ciudad en 1755; el incendio que destruyó el palacio de madera de los monarcas, en 1794; y en guerras y el traslado de la corte a Brasil.
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