
Hace unos años todas las actrices de Hollywood querían trabajar con Woody Allen, se rifaban por salir en sus películas. Scarlett Johansson, Penélope Cruz, Naomi Watts, Marion Cotillard, Cate Blanchett, Emma Stone, Kristen Stewart, Kate Winslet, Greta Gerwig. ¿Alguien da más? Poco directores han trabajado con una lista de intérpretes femeninas pertenecientes al star-system actual tan espectacular.
Sin embargo, a partir de 2018 todo se desmoronó. Fue un momento extraño, ya que desde hacía décadas se sabían las acusaciones que se habían vertido contra el director neoyorkino y que tenían que ver con unos supuestos abusos hacia su hija Dylan Farrow. En realidad, era un caso muy parecido al de Roman Polanski, sobre el que pesaban cargos, más graves, con denuncia explícita de por medio, por los que tuvo que abandonar Estados Unidos, y a los que nadie pareció darles importancia, ya que siguió haciendo películas y ganando Oscars sin que nadie dijera nada. Pero el Me Too lo cambió todo.
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Del amor al odio, de Allen sí a Allen no
En 2014, la hija adoptiva de Woody Allen escribió una carta a The New York Times en la que volvía a recordar los hechos que habían tenido en su infancia. El cineasta siempre lo negó y apuntó a su ex mujer, Mia Farrow, como instigadora de la trama. En esa época el director estrenaba una de las películas que más repercusión tuvieron en la última etapa de su carrera antes del desmoronamiento, Blue Jasmine, gracias a la que Cate Blanchett consiguió el Oscar a la mejor actriz, a la que seguiría Magia a la luz de la Luna, con Emma Stone.
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El caso se olvidó, hasta que surgieron las acusaciones contra Harvey Weinstein y, Dylan Farrow volvió a la carga. En ese momento, Allen había firmado un acuerdo multimillonario con Amazon Prime para hacer sus siguientes películas. Y fue cuando estalló todo. Fue entonces cuando algunas celebrities se pusieron del lado de Dylan Farrow, como Oprah Winfrey y también Ronan Farrow, su hermano, y uno de los artífices del Me Too, que recibió un Premio Pulitzer por su artículo de investigación para The New York Times. A partir de entonces, dada la presión mediática creciente, Woody Allen quedó oficialmente censurado en Estados Unidos.
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Todo eso coincidiría con el estreno de la película Día de lluvia en Nueva York, que había protagonizado Timothée Chalamet, que cargó públicamente contra el director y decidió donar el sueldo que había recibido a una asociación benéfica. Kate Winslet hizo lo propio, y renegó de Allen y Polanski, con el que también había trabajado.

Muchas voces apuntaron en su momento que se trataba de una estrategia para blanquear sus respectivas figuras públicas en la carrera a los Oscar. Porque lo cierto es que, aunque Hollywood se ponga reivindicativo, también contiene una gran carga de hipocresía. Sin ir más lejos, Gary Oldman consiguió un Oscar en 2018 por El instante más oscuro, cuando había sido acusado por su ex mujer de maltrato y violencia doméstica. Nadie se encargó de recordar su pasado y su figura continuó impoluta y continuó protagonizando películas. Uno se pregunta, ¿por qué a unos sí y a otros no?
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Exilio de Hollywood
En los últimos tiempos la polémica ha seguido abierta. En 2021 se estrenó el documental Allen v. Farrow, en el que Mia y Dylan Farrow aportaban su versión de los hechos. Se tildó de sensacionalista y de que solo aportaba una visión partidista de la historia ya que no aclaraba absolutamente nada.
Allen contraatacó con sus memorias, A propósito de nada, aunque su editorial original, Hachette se negó a publicarlas (aquí están editadas por Alianza Editorial) y en ellas hablaba desde su infancia a su caso de cancelación, defendiéndose de las acusaciones.
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El cineasta no ha vuelto a trabajar en Hollywood. Sus últimos trabajos los ha rodado en España y en Francia. El primero de ellos, Rifkin’s Festival fue producido por Mediapro Studios, o lo que es lo mismo, por Jaume Roures, y estuvo protagonizada por la española Elena Anaya y también aparecía Sergi Lopez, Enrique Arce y Nathalie Poza. El segundo, a punto de estrenarse en España, es Golpe de suerte y se inscribe en el entorno parisino, con Lou de Lâage, Válerie Lemercier, Melvin Poupaud y Niels Schneider en los principales papeles. A su paso por el Festival de Venecia, la polémica volvió a sacudir a Allen, con sus declaraciones sobre el caso Rubiales, y su negativa a hablar de todo esta vorágine en la que se ha visto inmersa en la última parte de su carrera.
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