
Brandon Cronenberg tenía 32 años cuando dirigió su primera película. Antes había dirigido videoclips, cortometrajes, desarrollado conceptos creativos, pero su presentación al mundo fue a través de Antiviral (2012). Todo el mundo lo consideró digno hijo de su padre, ya que muchos de los planteamientos que estaban presentes en su ópera prima podían ser perfectamente un reflejo de los que durante décadas habían marcado a David Cronenberg a través del concepto de ‘la nueva carne’. Sin embargo, el recién llegado tenía un estilo propio que lo alejaba de cualquier tipo de conexión que pudiera tomarse a la ligera. Y es que Antiviral de alguna forma podría considerarse como una ampliación del universo familiar, pero a través de una perspectiva contemporánea teñida de un estilo propio.
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En ella, el empleado de una clínica (encarnado por el siempre inquietante Caleb Landry Jones) se dedica a replicar enfermedades de famosos para el consumo propio. Hasta que un día él mismo se inyectará un virus del que no sabe cómo encontrar una cura. Quedaba por tanto claro que a Brandon le interesaba el ‘body horror’, que tenía ideas, quizás un tanto deslavazadas, pero ahí estaba el germen de una interesante carrera. Por supuesto, Antiviral no se estrenó en nuestro país, a pesar de haber ganado premios en Toronto y en Sitges, ni tampoco se puede ver en ninguna plataforma digital.
Metáforas truculentas llevadas al límite del horror

Su siguiente paso fue la todavía más radical Possessor (2020), protagonizada por Andrea Riserborough, una agente de una organización clandestina que utiliza implantes cerebrales para controlar los movimientos de otras personas obligándolas a cometer asesinatos, hasta que ella se queda atrapada en uno de los sujetos más peligrosos, generándose una crisis de identidad en su mente. De nuevo estaba la idea del thriller corporativo, el uso de la tecnología al margen de lo moral, de la deformación del cuerpo humano, como en el caso de Antiviral, pero en esta ocasión la experiencia era mucho más bizarra y extrema, angustiante y salvajemente gore, llegando a un final realmente desolador. El uso de las máscaras deformantes se convertiría a partir de ese momento en una de sus marcas de estilo.
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Possessor era una pesadilla absorbente, repleta de reflexiones inquietantes en torno al mundo moderno y el uso de la tecnología, sobre la pérdida de autonomía y la paranoia colectiva e individual y estaba formada por una serie de imágenes que se quedaban incrustadas en el cerebro para siempre. En Sitges se coronó la propuesta llevándose el Premio a la mejor película y a la mejor dirección. Se pudo ver durante un tiempo en Movistar Plus+, pero ahora ha desaparecido del catálogo.
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‘Piscina infinita’, una fábula en la que el paraíso se torna pesadilla

Ahora le ha tocado el turno a Piscina infinita, que por ahora se puede ver en diferentes plataformas digitales (aunque de pago) en Apple TV, en Rakuten TV, en Filmin y en Amazon. Está protagonizada por los muy cool Alexander Skarsgård y Mia Goth y gira en torno a una pareja que pasa las vacaciones en un resort de un país exótico cuando por culpa de un accidente, se tendrá que exponer a una subcultura perversa local en la que se utilizan clones para las más diversas prácticas, en general, para terminar asesinándolos de las maneras más brutales posible.
La película pasó por Sundance, por la Berlinale y está llena de ideas, aunque no siempre, como le suele ocurrir al director, se encuentran bien articuladas y termina siendo un popurrí un tanto confuso, pero el surrealismo y la psicodelia que se proponen resultan deliciosas. Es una celebración de la turbiedad, una crítica a las clases privilegiadas y de cómo sus ideas distorsionadas en torno a vivir nuestras experiencias conducen a la aberración y la ausencia de escrúpulos. Algo así como si se tratara del reverso oscuro de White Lotus en la que los monstruos se encuentran agazapados en el seno de nuestra sociedad neocapitalista.
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