
Cuatro furgones de la Policía blindaban el acceso a la casa de Sonia, que sacaba la cabeza entre los barrotes de su piso, un bajo, para intuir el momento exacto en el que iba a ser desahuciada de su hogar. Una mujer de 51 años con una discapacidad del 73% era rodeada por una decena de agentes que, como decía la procuradora que acudía a oficializar el desalojo de la vivienda, solo cumplían órdenes.
En la acera de enfrente a la casa, en la calle Santa Ana, en Fuenlabrada, los compañeros de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) entonaban los cánticos de rigor. No hay televisiones ni políticos que acudan a atender a Sonia, su desahucio queda muy lejos de Lavapiés. Su hija, de 25 años y dependiente de ella, abandonó el hogar ayer para evitar ser espectadora del momento.
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Sonia entró en este piso hace ahora tres años junto a su pareja, que en octubre dejó la vivienda tras varios episodios de violencia machista. Quedaron Sonia y su pensión de 400 euros para hacer cargo un alquiler de 600 y el mantenimiento y cuidado de su hija.
Los vecinos están a unos 50 metros de la casa y desde su posición se puede ver a Sonia asomarse a la ventana. El jaleo ha hecho que muchos vecinos también salgan a curiosear. Serán testigos en primera persona de otro desahucio en Madrid. Aquí no entra en juego ni Blackstone ni el IVIMA, entra en juego la desatención estatal, el desamparo social, la soledad de la clase obrera, el desgobierno bajo los anuncios electorales. Sonia está tan perdida que no sabe ni quién es la propietaria real del piso. Hay indicios de estafa y el lunes acudió a los juzgados para pedir un mes más hasta encontrar una alternativa habitacional, petición que le fue denegada.

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La futura desahuciada habla por teléfono con sus vecinos y compañeros de la PAH, que le dicen que esté tranquila, aunque ella no puede parar de llorar. Se le escucha fácilmente al otro lado del teléfono. Son las 09.18 de la mañana y en Fuenlabrada ha comenzado otro desahucio. El abogado intenta mediar, sin éxito, y los policías piden a todo el mundo que se aleje. “O si no te alejo yo”, dice un agente a un activista.
Los agentes de policía dan permiso a tres vecinos para que entren en la vivienda y poco a poco empiezan a desfilar las cajas embaladas. Una cadena humana se pasa de brazos en brazos las pertenencias de Sonia y su hija, que quedan apiladas en una pequeña montaña. “Ahora, vamos al Ayuntamiento y a Servicios Sociales y les dejamos todo allí. Y si no le dan alternativa, les dejamos allí las cajas”, reta uno de los vecinos y miembro de la PAH, que ayuda a la plataforma desde hace más de diez años.
A la media hora, Sonia sale del portal agarrada por una compañera. Llora a lágrima viva y apenas puede sostenerse en pie. Una ambulancia atiende a la mujer, que repite una y otra vez que es una desgraciada y que no tiene dónde ir. “Mi hija no tiene casa”, dice mientras se apoya en sus propias cajas. Nadie sabe donde va a dormir esta noche. Pero seguro que no será en su casa.
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