
Cinco minutos del primer capítulo de The Idol y ya le he visto los pechos tres veces a Lily-Rose Depp. Cuando el cronómetro pasa a diez, pierdo la cuenta de las ocasiones en las que sus areolas aparecen en la pantalla del portátil mientras preparo un bocadillo de jamón de york. Por suerte, el pan no se me quema en la sartén porque la vergüenza ajena consigue que no preste demasiada atención a la nueva serie de Sam Levinson.
El creador de Euphoria ha debutado en HBO Max con menos de un millón de espectadores (913.000, para ser más exactos), un 17 por ciento menos de los que lo hicieron en 2019 con el primer episodio de la ficción con la que Zendaya consiguió dos Premios Emmy. Sin apenas conversación en redes sociales, nido de memes y la plaza de pueblo virtual por antonomasia, y sumado a las viscerales críticas que recibió tras la proyección de los dos primeros capítulos en la última edición del Festival de Cannes, The Idol se postula como el desastre del año.
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La excusa de poner a Jocelyn, el personaje al que interpreta la hija de Johnny Depp y Vanessa Paradis, prácticamente desnuda en cada escena del primer episodio no responde a los intereses de Levinson y de Abel Tesfaye (nombre del artista The Weeknd, que también aparece en la serie) de hablar de la problemática de la mujer corrompida por una industria que sexualiza a sus artistas.
The Idol es un ejercicio rancio de lavado de imagen de la cultura de la violación. Una mirada masculina que, de nuevo, descuartiza el cuerpo de la mujer en la pantalla. Que enfoca sus senos, su culo, sus curvas, que busca la transparencia y deja poco o nada a la imaginación. Una provocación que Levinson envuelve de pretensión. “Vamos a tener la mejor serie del verano”, declaró en la ciudad francesa del caviar, el cine y los yates. Lo que tiene es un producto caduco que apunta hacia el disfrute del que escribe y graba.

Jocelyn cree tener control sobre su cuerpo, está convencida de que restregarse con todo lo que se menea le otorga libre albedrío. Ella es moderna, ella es diferente, ella está cómoda siendo la diana de los voyeurs, ella no tolera que un coordinador de intimidad le diga cómo manejar su cuerpo ante el fotógrafo. Qué coñazo, ¿no? Es como el amigo que se mete con los que piden una Coca-Cola en una tarde de cañas. Qué haces bebiendo un producto gaseoso yanqui cuando puedes emborracharte a tarjetazo limpio. ¿Acaso no eres joven y has de vivir al límite?
Ella cree que dirige la narrativa de su carrera y de su apariencia, pero se filtra una imagen suya cubierta de semen y nadie es capaz de decírselo. Nadie tiene en consideración que, mientras muestra sus pezones a la cámara, las redes sociales vuelven a hacer gala de la sexualidad, no consentida, de una mujer joven.
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The Idol no tiene la fuerza suficiente para sobreponerse de todo lo anterior. Porque podríamos comprar la Blonde-ificación (la polémica película de Andre Dominik en la que Ana de Armas interpreta a una cosificada Marilyn Monroe) de la serie si ésta fuese buena. Podríamos pasar por alto que, en muchas escenas, mostrar el cuerpo de Lily-Rose Depp es innecesario y no aporta nada a la trama. Podríamos pasar por alto que, en un intento de provocar y de hablar de la supuesta obsesión de las generaciones futuras con la pornografía, de mostrar la realidad de las estrellas del pop que han sido juguetes rotos de la industria, Levinson patina y conforma otro producto audiovisual que es parte del problema.
La estética sigue siendo impecablemente levinsoniana: una decadencia centennial con el rimmel corrido y los labios perfilados, una luminosidad lúgubre, pero lujuriosa. El guion y los diálogos, sin embargo, parecen sacados de una película porno de segunda categoría. El primer episodio no termina de coger ritmo, las escenas se suceden entre sí sin sentido aparente y el colofón llega con The Weeknd. O con Abel. O con ambos, porque ni juntando ambas personalidades encontramos un ápice de talento en su interpretación.

Tedros, el personaje al que el consagrado artista interpreta, se convierte, al menos en el primer episodio, en una especie de salvador de las nenas. En un don juan tiktoker que cree que teniendo una luz roja en su habitación consigue ser una versión moderna de Christian Grey. Sadomasoquismo de pancarta de manifestación. Ella, intentando recomponerse de la muerte de su madre y en plena crisis psicológica, acude a sus brazos para encontrar la inspiración para cantar sobre cómo follar.
Un cubito de hielo que acerca a su pelvis y un bocadillo que no termino de digerir por la escena que observo. The Weeknd convierte el cuento de la mujer perdida en el relato del hombre que consiguió que ésta encontrase su camino gracias a sus pautas. La vergüenza sintomática de los gestos, de los diálogos y de las interacciones entre los personajes convierten a The Idol en un escaparate de una tienda que resulta estar vacía por dentro.
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