
Durante setenta años, Constantinopla desplazó a Roma como corazón político, económico y social del Imperio romano, estableciéndose a más de tres mil kilómetros de la península italiana. Esta metrópoli, hoy conocida como Estambul, ha sido identificada como la capital imperial durante el periodo comprendido entre el año 330 y el 395 d.C.
Durante cuarenta días consecutivos se celebraron fastos en el 330 d.C. para festejar la inauguración de Constantinopla como nueva capital imperial. La ceremonia culminó con la asistencia del emperador Constantino a una misa en la iglesia de Santa Irene, momento elegido para dedicar la ciudad al cristianismo y distanciarse del politeísmo romano.
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El entorno de la futura capital fue escogido por su ubicación estratégica: una península que permite controlar las rutas entre el Mar Negro y el Egeo y que dispone de abastecimiento de agua dulce gracias al río Lico.
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La elección de Constantinopla como centro del Imperio fue una respuesta a las crecientes dificultades para administrar un territorio tan vasto desde Roma, dificultades que habían quedado patentes ya en tiempos de Diocleciano, cuando en el año 284 d.C. se instauró la tetrarquía como fórmula de gobierno compartido.
Según explica la doctora Eva Tobalina a ABC, la antigua Bizancio constituye desde el siglo III d.C. un nodo privilegiado de comunicaciones y un enclave económico pujante, beneficiado además por su situación a medio camino entre Europa y Asia.
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Inspiración en Roma
Constantino, tras imponerse como emperador único en el 324 d.C., consideró distintos emplazamientos para fundar una nueva urbe cuya función era impulsar la región de los Balcanes y servir como motor del Mediterráneo oriental. Troya y Tesalónica fueron otras candidatas, pero finalmente se decantó por Bizancio debido a sus ventajas militares y comerciales.
Como detalla Tobalina en su ensayo ‘Los caminos de la seda’, la ciudad fue diseñada para ocupar siete colinas y dividirse en catorce regiones, emulando así la estructura de la antigua Roma. Se erigieron murallas, foros, arcos triunfales y una columna coronada por la imagen de Constantino, evocando los monumentos de Trajano y Marco Aurelio en la capital italiana.
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El pan se distribuyó gratuitamente entre los habitantes, medida que también se había adoptado en Roma, y se levantó un ‘Milion’ —arco desde el que partían todas las calzadas imperiales—, análogo al ‘Miliarium Aureum’ de Italia. El hipódromo, de dimensiones comparables al Circo Máximo, fue decorado con esculturas atribuidas a Lisipo, y Constantino fijó en este lugar su residencia oficial y eligió la ciudad como lugar de sepultura.
Durante este periodo, que se extendió hasta la muerte del emperador Teodosio I en el 395 d.C., Constantinopla fue reconocida legalmente como “Segunda o Nueva Urbe” mediante un edicto oficial. A la desaparición de Teodosio I, el imperio se dividió: Arcadio quedó al frente de Oriente, con Constantinopla como capital, y Honorio, de Occidente, con Roma recuperando su título histórico, aunque sin la gloria de antaño. Fue entonces cuando Roma, debilitada, tras la derrota de Rómulo Augusto y el golpe definitivo de Odoacro en 476 d.C., quedó relegada tras la fundación del Reino de Italia sobre sus ruinas.
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La transformación de Bizancio y su legado olvidado
Antes de esta transformación monumental, Bizancio tenía ya una historia milenaria: colonos helenos la fundaron en el siglo VIII a.C. y establecieron una base por su valor geoestratégico. Durante el siglo II a.C., la ciudad quedó ligada administrativamente a Roma, pero solo muchos siglos después comenzó a percibirse todo su potencial como enlace continental entre occidente y oriente.
La construcción de la “Nueva Roma” se inició, según la mayoría de los especialistas, alrededor del año 324 d.C., aunque la cronología exacta permanece desconocida. Las obras fueron de notable envergadura, resultando en una ciudad perfectamente fortificada y adaptada a la defensa frente a amenazas externas, en contraste con la vulnerabilidad creciente de la vieja capital.
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El historiador Edward Gibbon, remarca en sus libros que Constantino concedió a la ciudad naciente el título de “Colonia, la hija primera y más favorecida de la Antigua Roma”, puntualizando que a Roma se le reservaba su primacía por motivos de antigüedad y grandeza, pero la realidad del poder se desplazó hacia el este.
La supremacía de Constantinopla durante estos setenta años permitió asegurar la estabilidad administrativa, económica y defensiva del Imperio en su etapa final previa a la escisión definitiva. Aquel periodo, marcado por la prosperidad y la fortaleza de la nueva capital, ha sido eclipsado en la memoria colectiva, a pesar de su decisiva influencia en la historia europea y mediterránea.
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