
Durante la última edición del Super Bowl, millones de espectadores centraron su atención no solo en la música de Bad Bunny, sino también en una escenografía inesperada: un campo de caña de azúcar que cubría gran parte del estadio.
Lo que parecía un simple efecto visual fue una coreografía planificada al detalle, en la que personas disfrazadas, ocultas dentro de cada “planta”, recrearon un paisaje emblemático de Puerto Rico.
Más allá de la anécdota, esta experiencia implicó un esfuerzo físico y emocional considerable para los involucrados, cuyos detalles salieron a la luz una vez expirados los acuerdos de confidencialidad.
El acceso a este peculiar rol exigió parámetros físicos estrictos, según reportó la prensa estadounidense. Se pedía una altura entre 1,70 y 1,85 metros y una complexión atlética capaz de soportar trajes de hasta 18 kilogramos.
La experiencia previa en desfiles o formaciones se valoró, aunque la convocatoria no exigía un historial profesional.
De acuerdo a lo que relató Sam Giacometti en entrevista con Vogue, muchos postulantes desconocían inicialmente la naturaleza de su papel.
El objetivo real se develó en el segundo ensayo, cuando los seleccionados comprendieron que serían las cañas de azúcar que enmarcarían el espectáculo.
La producción, consciente del peso simbólico de la caña en la historia puertorriqueña, reunió al elenco para explicar la intención detrás de sus roles.
Giacometti explicó que “Bad Bunny eligió personalmente el diseño del pasto para sus disfraces por lo que representa para él y para Puerto Rico”, y detalló que el propósito era rendir tributo a la herencia y la cultura de la isla.
A quienes participaron en el espectáculo se les pagó $18.70 la hora, sin posibilidad de faltar a los ensayos ni al día del show.
Asimismo, encarnar una caña de azúcar no se limitó a la presencia escénica. Los disfraces incluían balaclava, sudadera, pantalones verdes, guantes, gafas protectoras y una estructura pesada con hojas sintéticas.
Un equipo de hasta 30 especialistas en vestuario asistió a los participantes durante largas jornadas de ensayo.
La baja visibilidad y el peso generaron dificultades desde el primer día.
Según recordó José Villanueva en NBC News, el primer día sintió como si cargara entre 23 y 27 kilogramos durante cuatro horas: “Había gente llorando, sufriendo ataques de pánico y cerca del 20% abandonó antes del show”.
Frente a las quejas, la producción ajustó los trajes, reduciendo el peso para los últimos ensayos.
Las prácticas se extendieron por dos semanas, con jornadas de hasta 14 horas y una exigencia de coordinación precisa para no obstaculizar a los bailarines ni perder la alineación para las cámaras.
Villanueva añadió que la visibilidad era tan limitada que frecuentemente chocaban unos con otros durante los ensayos.
El contrato de los intérpretes incluía un acuerdo de confidencialidad estricto que prohibía revelar detalles antes del evento.
Solo tras el espectáculo, los llamados “arbustos” pudieron compartir en redes sociales imágenes que documentaban su participación en el Super Bowl.
El fenómeno se viralizó rápidamente, con memes y mensajes sobre el esfuerzo de permanecer inmóviles en medio del bullicio.
En redes sociales, algunos destacaron que “el trabajo más difícil del Super Bowl es quedarse quieto durante todo el medio tiempo”.
Otros compartieron anécdotas como “cuando crees que tu novio te engaña, pero en realidad es un arbusto en el show de Bad Bunny”.
Para Andrew Athias, quien viajó desde Filadelfia costeando sus gastos para vivir la experiencia, la oportunidad fue irrenunciable.
“Solo me dijeron dónde pararme y me indicaron: ‘No te muevas. Sé uno con el pasto’”, relató a Business Insider.
El desafío no estaba en la coreografía, sino en la paciencia y la disciplina para sostener la inmovilidad y aportar al ambiente visual que Bad Bunny imaginó.
La inclusión de las cañas de azúcar respondió a una decisión simbólica deliberada.
Bad Bunny buscó evocar tanto la riqueza cultural de Puerto Rico como las cicatrices de su pasado colonial, donde la caña fue símbolo de explotación y resistencia.
Durante su actuación, el cantante recorrió el “campo” para mostrar, a través de la puesta en escena, una historia puertorriqueña con referencias a los cortes de energía, celebraciones populares y hasta una boda en vivo.
El mensaje de fondo, según la producción, era transmitir un sentido de orgullo y pertenencia.
El equipo recordó a los intérpretes la importancia de evitar movimientos innecesarios para no restar fuerza al significado central del espectáculo.
Giacometti reconoció que era tentador querer convertirse en meme, pero que entendieron que su papel era apoyar el mensaje.
Otro de los participantes resumió la vivencia al afirmar: “Valió totalmente la pena. Lo haríamos de nuevo sin dudarlo”.
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