
“Durante ese tiempo en la escuela sufrí burlas de mis compañeras. Se reían de mí y eso me hacía sentir incómoda o triste.” Así comienza el relato de una estudiante que prefiere mantener el anonimato. Cada palabra apunta a una herida invisible: el acoso escolar no deja marcas en la piel, pero sí en la memoria.
El aula, lejos de ser refugio, se convirtió en un espacio de inseguridad. Las agresiones verbales y las risas compartidas por otras niñas repetían la rutina de la vergüenza. El silencio se volvía costumbre y asistir a clases, una prueba cada día más difícil.
Pero su historia no es la excepción. UNICEF advierte que el bullying afecta a más de uno de cada tres estudiantes de 13 a 15 años a nivel mundial. Detrás de cada estadística se esconden formas de discriminación: orientación sexual, identidad de género, nacionalidad, situación migratoria, etnia, sexo, condición socioeconómica, salud, discapacidad, creencias religiosas, opiniones, estigmas sociales, embarazo y más.
El bullying se manifiesta en conductas repetidas y abusivas, con la intención de infringir daño. Puede ser verbal, físico, psicológico, sexual, material o cibernético; casi siempre hay testigos. Y el daño no queda solo en la víctima: afecta a toda la comunidad educativa, deteriora la convivencia y tiene consecuencias negativas en el bienestar, el desarrollo y el ejercicio de los derechos de niños, niñas y adolescentes.

“Me afectó emocionalmente porque bajó mi autoestima y mi rendimiento académico.” La ansiedad y la tristeza fueron tomando espacio en su vida. Las calificaciones cayeron. Hubo días en que pensó en dejar la escuela.
El daño, reconoce, no desaparece al cambiar de aula ni al pasar los años. La herida en la confianza y la imagen propia puede seguir abierta mucho tiempo.
Pero un día, decidió romper el silencio. “Se lo conté a un docente y él tomó cartas en el asunto.” Así comenzó un nuevo capítulo, marcado por la búsqueda de ayuda y la posibilidad de acompañamiento.
Fue más allá: “Busqué ayuda profesionalmente, con una psicóloga.” El proceso de recuperación exige apoyo especializado. “Aún sigo trabajando en eso, ya sea con especialista, que es una psicóloga.” La recuperación, subraya, no es un punto de llegada, sino un trayecto en construcción.

La experiencia también transformó a su madre. “Fue una etapa muy difícil como madre, llena de miedo, tristeza al ver a mi hija sufrir.” El dolor se mezcló con la necesidad de ser más fuerte y aprender a escuchar. “Me hizo más fuerte, más consciente de la importancia de apoyar y escuchar.”
El acompañamiento familiar y la fe fueron fundamentales. “Con fe, apoyo familiar, buscando ayuda. Fue un proceso que tomó tiempo, no fue de un día para otro.” Su consejo para otras familias es claro: “No se queden en silencio, busquen ayuda. No están solos, siempre hay esperanza.”
¿Qué pueden hacer los padres y cómo identificar el acoso escolar?
La psicóloga Yanira Ostorga, directora de FUNPSISAN, señala que la clave está en la observación: “Deben observar cambios repentinos. No quieren ir a la escuela, hay aislamiento, irritabilidad, bajo rendimiento académico, problemas del sueño o quejas físicas frecuentes.”
Si el hijo no habla, Ostorga recomienda no presionar. “Crear un espacio seguro, validar sus emociones y hacerle saber que no está solo ni es culpable.” Si persiste el silencio, el apoyo profesional en salud mental es imprescindible.

El psicólogo Carlos Regalado, también de FUNPSISAN, explica cómo el bullying deja huellas en distintas etapas: “A corto plazo, genera miedo y ansiedad. A mediano plazo, afecta el autoestima y el rendimiento escolar. A largo plazo, puede causar depresión, inseguridad y dificultades en las relaciones.”
¿Por qué un niño puede convertirse en agresor? Regalado responde: “Puede repetir modelos de violencia, tener falta de límites, baja autoestima o también problemas emocionales no atendidos. La agresión suele ser una forma inadecuada de expresar algo interno, algo por lo que el niño está pasando. Normalmente, son un reflejo de lo que el niño está viviendo en casa.”

Sobre la recuperación, el especialista sostiene: “Con apoyo familiar, intervención psicológica, fortalecimiento de la autoestima y un entorno seguro. La recuperación es posible con acompañamiento adecuado.”
El mensaje a quienes sufren acoso escolar
Su voz no tiembla, ni pide permiso: “Que no se queden callados, ya que eso les puede afectar más y es mejor buscar ayuda para que ya no se sigan burlando de ellos y ser tratados mejor.”
No es solo un consejo. Es una súplica. Es el eco de alguien que conoce el peso de callar y la liberación de pedir ayuda.
El silencio alimenta el dolor. Hablar es romper el ciclo. Pedir apoyo no es rendirse: es el primer acto de dignidad.
Para muchos, el fin del bullying empieza con el coraje de una sola voz que alza la mano y dice: basta.
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