
La clase empezó hace rato, pero los estudiantes siguen entrando y los bancos se ocupan a cuentagotas. El profesor avanza con el tema mientras, cada dos minutos, alguien abre la puerta, busca un lugar y pregunta qué hay que hacer. Varias veces es necesario repetir una consigna o esperar a que el recién llegado se ponga al tanto de lo que ya saben sus compañeros. Algunos docentes anotan en una libreta quién entró tarde: llevan su propio registro, porque no todas las escuelas –ni los ministerios– hacen un seguimiento preciso de las llegadas tarde.
La escena cobra relieve a la luz de los últimos resultados de PISA. En 2025, el 30,5% de los estudiantes argentinos de 15 años declaró haber llegado tarde a la escuela tres o más veces durante las dos semanas anteriores a la evaluación. El promedio de la OCDE fue de 19,6%. En el ranking de impuntualidad “frecuente” (tres o más tardanzas en dos semanas), Argentina quedó en el 5° puesto entre 91 países y economías, detrás de Chile, Uruguay, Grecia e Israel.
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Los datos subnacionales muestran un panorama parecido. Entre las jurisdicciones que participaron con muestras propias en PISA 2025, CABA registró 32,9% de llegadas tarde frecuentes; Mendoza, 30,6%; y Córdoba, 29%. En este indicador, las tres ocupan los primeros lugares del ranking de entidades subnacionales relevadas por la evaluación. Los porcentajes surgen de las respuestas de los propios estudiantes a los cuestionarios de PISA; en el país no existen cifras oficiales sobre impuntualidad escolar.

El problema viene creciendo de manera sostenida, según las cifras de PISA. En 2025, el 66% de los estudiantes argentinos dijo haber llegado tarde al menos una vez durante las dos semanas previas a la evaluación, frente al 60% en 2022 y el 53% en 2018: un crecimiento de 13 puntos en 7 años. El promedio de la OCDE fue de 50% en la última edición. El informe de PISA subraya que la asistencia regular y en horario es una condición esencial para aprovechar las oportunidades de aprendizaje.
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Una clase que empieza varias veces
Para los docentes, la estadística se traduce en minutos y horas de clase. Manuel Becerra, profesor de Historia en escuelas secundarias públicas de CABA en el turno mañana, cuenta que el problema se hace especialmente visible durante las primeras horas. En algunos cursos puede comenzar con “la mitad de los alumnos, con suerte”; los demás se van incorporando durante la hora siguiente.
Daniela Leiva, docente de secundaria en La Plata, describe algo similar. Como Becerra, lleva un registro propio de las llegadas tarde, al margen del parte que elabora el preceptor. En dos escuelas donde trabaja, los registros de Leiva muestran que entre 40% y 45% de los estudiantes llegan después del horario de entrada: van entrando durante los primeros 20 o 25 minutos. “La clase se interrumpe la mayoría de las veces, el aprendizaje se para, se pierde el tiempo y el orden. Los alumnos que llegaron a horario se empiezan a desmotivar porque ya vieron hasta cuatro veces el mismo concepto en la misma clase”, cuenta.
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Anabella Díaz, profesora de Lengua y Literatura y formadora de docentes en Córdoba, sintetiza: “El primer impacto es sobre la calidad de los aprendizajes. Un chico que viene con intermitencia, que tiene problemas de ausentismo o de impuntualidad, es alguien que se lleva retazos de la escuela”.
Los docentes y especialistas consultados por Infobae señalan que no es un problema exclusivo de la escuela secundaria, sino que se ve también en la primaria. Y no impacta solo en el turno mañana, sino también a la tarde, lo que relativiza la explicación según la cual los adolescentes llegarían tarde porque la secundaria comienza demasiado temprano para sus ritmos de sueño.
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Reglas cambiantes
¿Qué factores hay detrás del aumento de las llegadas tarde? En los testimonios se repite la idea de que para que una regla funcione no alcanza con que esté escrita: tiene que ser sostenida y clara para todos.
Becerra lleva su propia lista de tardanzas porque, según relata, los cambios en el régimen académico de la secundaria en CABA –se reformó en 2022, luego otra vez en 2026– hicieron menos evidente qué se considera una llegada tarde y cuáles son sus consecuencias. “Nadie tiene muy claro cuáles son las reglas, porque eso cambió dos veces en los últimos cinco años. Entonces, lo que hago es seguir tomando lista en mi clase”, dice.
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En la Ciudad de Buenos Aires, el nuevo régimen académico vigente desde 2026 endureció el criterio para computar las llegadas tarde respecto del esquema que se había establecido en 2022, tanto en primaria como en secundaria. Antes, se consideraba “ingreso tardío” (y correspondía media falta) cuando el estudiante llegaba después de los 15 minutos de tolerancia pero antes de que se cumplieran las primeras tres horas de clase. O sea que si el horario de entrada era a las 7.30 y el alumno llegaba 10.25, le correspondía media falta.
Con la reforma de este año, ese margen se redujo: ahora el ingreso tardío se computa solo hasta cumplida la primera hora; si el alumno llega después, le corresponde una falta completa, según informó el Ministerio de Educación de CABA. Desde el gobierno porteño también habían anunciado un endurecimiento de las pautas de ausentismo –el máximo se bajó de 25 a 20 faltas–, pero docentes consultados por Infobae explicaron que los estudiantes que habían superado el máximo permitido recuperaron la regularidad participando de una instancia virtual en el receso de invierno.
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En la provincia de Buenos Aires, el régimen académico vigente desde 2024 establece que una demora de hasta 20 minutos se computa como “un cuarto de inasistencia”, explicaron desde la Dirección General de Cultura y Educación. La asistencia se calcula inicialmente por turno completo, con un máximo de 28 faltas anuales. Desde la DGCyE indicaron que si el estudiante supera ese límite, “debe seguir concurriendo con las mismas obligaciones escolares, porque la secundaria es obligatoria”. Pero pasa a aplicarse el cómputo por materia: tiene que alcanzar al menos el 75% de las clases dictadas en cada materia.
Si no alcanza ese porcentaje, debe participar de “instancias de intensificación”. Antes de llegar a ese punto, la normativa prevé intervenciones progresivas: contacto con la familia ante tres inasistencias consecutivas, citaciones al llegar a 10 y 20 faltas, y un “plan de continuidad pedagógica personalizado” al alcanzar las 28.
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Cultura de la puntualidad
Más allá de las regulaciones, Díaz plantea que se necesita una “cultura de la puntualidad” que los estudiantes puedan observar a su alrededor. Si ven que compañeros y adultos llegan a cualquier hora y da lo mismo, tenderán a adecuar su conducta a esa norma implícita. Pero cuando directivos, preceptores y profesores cumplen los horarios y la institución registra las tardanzas, el mensaje cambia. “Tiene que haber un contexto donde la puntualidad sea valorada y sea entendida como algo importante y que hay que cumplir. No puede ser algo meramente declarativo”, sostiene Díaz.
Guillermina Tiramonti, investigadora de Flacso, interpreta el fenómeno en un proceso más amplio: “A mi entender, forma parte de un proceso de desinstitucionalización de la escuela. Todas las reglas que pautan la vida de la institución se flexibilizan o no se cumplen. Las trayectorias se amoldan de acuerdo con las posibilidades individuales, y los horarios y asistencias, igual”. Y continúa: “Pareciera que la escuela es incapaz de establecer las normas para su funcionamiento, o un clima escolar adecuado para el aprendizaje”.
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Bruno Videla, profesor de secundaria en CABA, pone el foco sobre las consecuencias: “La impuntualidad tenía cierta relevancia cuando la asistencia tenía peso, de modo que si llegabas tarde te ponían media falta y con cierta cantidad de faltas quedabas libre, lo que implicaba que debías rendir todas las materias en marzo. La nueva reforma en CABA elimina la figura del ‘alumno libre por faltas’, pero esto ya se venía desdibujando desde hace tiempo”.
Si bien no hay efectos administrativos, Videla subraya que el impacto se ve en los aprendizajes: “La responsabilidad, el asumir compromisos y el respeto por los tiempos de los demás tienen consecuencias académicas, pero en el plano normativo las consecuencias son tan laxas que la puntualidad se vuelve de facto algo opcional”.

El rol de las familias
Los adultos responsables –madres y padres– forman parte necesaria de la discusión. Sin embargo, varios entrevistados advierten que sería un error hablar de “las familias” en general, desconociendo la diversidad –y desigualdad– de realidades sociales.
Leiva identifica diferencias según la edad de los estudiantes. En los primeros años, dice, muchas veces la llegada tarde depende de los horarios de los adultos, de la hora de la cena o de cómo se organiza la mañana familiar. Entre los adolescentes mayores, en cambio, aumenta la autonomía y aparecen otras situaciones: “Se duermen tarde porque se quedan con el celular, o no salen a tiempo de sus casas”.
Alejandro Castro Santander, director del Observatorio de la Convivencia Escolar, introduce un matiz: “Las familias tienen un lugar importante en el descanso, las rutinas y el acompañamiento. Pero no sería correcto responsabilizarlas sin conocer las circunstancias”. Castro Santander menciona los resultados de una encuesta que encontró tardanzas asociadas con “problemas de transporte, tareas de cuidado y ayuda en el trabajo familiar”. Y subraya: “La escuela necesita hablar con la familia para comprender y resolver, no solamente para reclamar”.

El impacto de la situación social
“No es posible abordar lo que pasa en las escuelas sin prestar atención al contexto. No digo que la impuntualidad o el ausentismo no existan, pero en esas estadísticas se pierden los procesos propios de cada escuela; hay particularidades dependiendo de la zona, el turno y la distancia a la que viven los chicos”, señala Laura Bonomí, profesora de Literatura en escuelas públicas de varias localidades del conurbano bonaerense.
En una escuela estatal del centro de Banfield, cuenta, algunos estudiantes viajan hasta 45 minutos en hora pico y dependen de un sistema de transporte que, según describe, cada vez es más caro pero tiene menos servicios y frecuencia. Leiva menciona un problema parecido en La Plata, donde este año observó que las dificultades con el transporte agravaron las llegadas tarde.
“Cada vez más adolescentes trabajan y tienen que elegir si asisten a clases o hacen una changa”, describe Bonomí. En una escuela de Guernica, en el turno tarde, ella también observa el problema de la impuntualidad: “Pero cuando les preguntás qué pasó, es que se hacen cargo de sus hermanitos y antes de ir a clases tienen que darles de comer y llevarlos a la escuela”. Y sintetiza: “La situación económica en las casas está muy difícil y es imposible que no impacte en las posibilidades de estar en la escuela”.
Bonomí señala que el deterioro económico está incidiendo sobre los pequeños rituales que hacen a la vida escolar: estar presente, llegar a horario, sostener una rutina. Y advierte que, al pensar las “consecuencias” de la impuntualidad, la primera y más importante es la que sufren los propios estudiantes por aquello que se pierden mientras no están en la escuela. En algunos casos, esa ausencia obedece a responsabilidades –cuidar, trabajar– que no deberían recaer sobre los adolescentes.
Becerra también plantea la necesidad de distinguir entre realidades sociales diversas: “Hay padres que no están mirando a sus hijos porque están laburando todo el día en changas o porque no consiguen el mango, o porque están deprimidos o directamente no están. No es lo mismo que hablar de padres permisivos que no pueden poner ningún límite a sus hijos. Son dos escenarios radicalmente diferentes”.

Un “abandono en cuotas”
La impuntualidad frecuente puede parecer un problema menor frente al ausentismo crónico o el abandono. Sin embargo, varios entrevistados señalan que a veces se trata de fenómenos relacionados.
Becerra recupera la metáfora del “abandono en cuotas”. A diferencia del estudiante que deja de ir a la escuela, quien llega cada vez más tarde puede sentir que sigue asistiendo con normalidad, aunque vaya perdiendo horas de clase y el ritmo del curso.
“La llegada tarde puede transformarse en una especie de disolución progresiva, donde los chicos no son tan conscientes de que están perdiendo regularidad y, más allá de lo legal, pierden el ritmo de lo que está pasando en la escuela. Como siguen yendo, sienten que siguen estando en la escuela, pero en realidad se están perdiendo una parte importante”, explica.
Castro Santander también plantea que la tardanza reiterada puede funcionar como una señal temprana de dificultades que, en algunos casos, preceden a ausencias más frecuentes. Por eso propone intervenir antes de que el problema se consolide y sugiere “distinguir la tardanza ocasional de la reiterada, sostener normas claras, escuchar al estudiante y trabajar con su familia sobre la causa concreta”.

La valoración de la escuela
Algunos testimonios señalan que la impuntualidad expresa, de manera indirecta, una valoración social de la escuela. Díaz propone mirar qué ocurre en otros espacios. “Hay un montón de lugares a los que los chicos no llegan tarde nunca. Por ejemplo, la clase de fútbol. Como adultos tenemos claro que ser puntuales, ser constantes y no perderse clases de algo impacta sobre el aprendizaje: esfuerzo, sacrificio, constancia, perseverancia. A veces vemos que para el fútbol esto se entiende, pero para la escuela no”.
Videla llega a una conclusión parecida: “Hoy vemos una enorme pérdida de la valoración social respecto de la escuela. Si lo que ocurre allí dejó de ser central, entonces no tiene tanta importancia cumplir las normas”.
Bonomí observa que los estudiantes valoran la educación: “Cuando en las escuelas suceden cosas que son importantes para los chicos, ellos están”. Pero reconoce un discurso social que erosiona el valor de la presencia: señala que, tras la pandemia, “se instaló el modo híbrido y el hábito de subir todo a aulas virtuales. Si toda clase es ‘subible’ a una plataforma, y el discurso que se impone es que todo se aprende en internet, o que es lo mismo el homeschooling, se va perdiendo el sentido de estar ahí físicamente”.
Becerra insiste en que sería un error buscar una explicación solo dentro de las normas de la escuela. Las reglas poco claras, dice, “no contribuyen en nada” a exigir los horarios, pero el fenómeno se inscribe en condiciones materiales, sociales y culturales más amplias: “Hay un entorno cultural donde todo pareciera que da igual, medio anómico, medio sálvese quien pueda, y en la escuela eso se ve de diferentes maneras. Las inasistencias y las llegadas tarde son una de esas formas”.
La libreta en la que un profesor anota quién entró después de hora subsiste como el registro visible de un fenómeno naturalizado que, con frecuencia, expresa un problema mayor. Detrás de cada marca puede haber una regla que perdió fuerza o unos adultos que no saben poner límites a sus hijos, pero también un colectivo que tiene cada vez menos frecuencia, un adolescente que trabajó hasta la noche, una familia desbordada o un estudiante que siente que llegar a horario no cambia demasiado las cosas. Como en tantas otras dimensiones, el aula es el lugar donde los quiebres en los rituales muestran, antes que en otros espacios, fisuras más amplias que la escuela no puede reparar sola.
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