Agustín Tocalini no solo dirige, vive la música, la experimenta. En diálogo con Ticmas, el reconocido Director de Orquesta detalló sus expectativas frente al primer seminario gratuito que se dictará junto a la Banda Sinfónica Nacional de Ciegos “Pascual Grisolía”.
A partir de una capacitación semipresencial entre los meses de octubre y noviembre se busca generar una experiencia formativa práctica e inmersiva; con el desafío de liderar una Banda que pone en juego el ejercicio de la memoria en un nuevo nivel como parte de la ejecución. De esta manera se busca capacitar en comunicación sonoro-verbal adaptada y conducción artística en el seno de un organismo profesional de trayectoria internacional.
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Tocalini posee una basta trayectoria no solo dirigiendo piezas sino también proyectos complejos de formación y dirección que lo posicionan a nivel internacional. Ticmas habló con él para entender qué es estudiar Dirección de Orquesta y cuál es la particularidad de trabajar con músicos ciegos.

— Puede parecer una pregunta “googleable” pero ¿qué significa ser Director de orquesta? ¿En ese liderazgo también se da un rol de educador?
— De entrada, siempre me resulta difícil responder a esta pregunta. Siento que, con los años, las definiciones, en lugar de ayudarnos a comprender, muchas veces terminan limitando el rol. A mí me gusta pensar la dirección de orquesta como una práctica más bien horizontal, en contraste, quizás, con el arquetipo tradicionalmente piramidal.
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Con el tiempo fui comprendiendo que el rol de quien dirige nace, en cierta medida, de una necesidad de expresión a través de la música, que implica el compromiso de convocar y conducir las conciencias de todos los músicos reunidos en torno a una obra. Se trata, de algún modo, de lograr que un organismo conformado por tantas experiencias, sensibilidades y vivencias diferentes pueda, por un momento, confluir en una misma dirección. Y que, a partir de esa confluencia, surja ese gran instrumento vivo, complejo y profundamente humano que es la orquesta.
— Fuiste Director Artístico y Musical de la Banda Sinfónica Nacional de Ciegos entre 2022 y 2025, y ahora volvés a la misma sede como formador de un seminario. ¿Qué experiencia en la gestión se puede pensar para aplicar desde lo pedagógico en esta institución?
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— Muchísimo. A decir verdad, esa experiencia al frente de la Banda me ha marcado en varios aspectos de mi carrera. Luego de mi paso por la Banda Sinfónica Nacional de Ciegos, pude preguntarme, quizás por primera vez, qué tipo de director quería ser. Por supuesto, al tratarse de un organismo con 75 años de trayectoria y uno de los más importantes del país, estuve en contacto con una programación sumamente exigente y demandante, no solo desde lo musical, sino también desde lo administrativo y técnico. Todas esas experiencias forjaron, sin lugar a dudas, una atención particular hacia la gestión que todo director debe tener a la hora de enfrentarse a un organismo profesional.
La gestión es, de hecho, uno de los tantos aspectos que siempre menciono en mi conferencia El lado B de la Dirección: una dimensión de nuestra profesión que pocas veces puede enseñarse dentro del ámbito académico. Por eso pienso que esta experiencia puede resultar enriquecedora para directores y directoras desde diferentes aspectos de la profesión, porque dirigir no implica solamente construir una interpretación musical, sino también comprender y habitar la complejidad de todo aquello que hace posible que un organismo artístico exista y funcione.
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— En una entrevista previa mencionaste que los músicos de la Banda aprenden las obras en braille y las memorizan, lo que genera una conexión muy íntima con el instrumento. ¿Cómo se traslada esa lección a la manera de preparar partituras y ensayos?
— Ya de por sí, ensayar con la Banda Sinfónica Nacional de Ciegos representa un desafío enorme, por la particularidad de que sus músicos conocen e interpretan la música de memoria. Esto predispone naturalmente a una dinámica de trabajo sumamente profesional y exige que quienes nos ponemos al frente estemos realmente a la altura de las circunstancias.
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Al principio, para mí fue un desafío muy grande, porque uno llega sin contar necesariamente con las herramientas o la experiencia para comprender del todo esa dinámica particular. Sin embargo, con el tiempo, terminé agradeciéndole enormemente a la Banda este saber, porque me hizo entender que la memorización puede ser, en parte, una herramienta para estar todavía más en contacto con la música y menos condicionado por las notas escritas. Cuando la partitura deja de ser una mediación permanente, aparece otra forma de escuchar, de comunicarse y de habitar la música. Y creo que esa fue una de las enseñanzas más profundas que me dejó mi paso por la Banda.
— La ficha del seminario menciona “recursos no convencionales” y el trabajo con el clic sonoro. ¿Qué es concretamente? ¿Es algo que suele tener aprendido un director formado en orquesta sinfónica?
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— El “clic sonoro” es el nombre que utilizamos en la Banda Sinfónica para referirnos a la marcación de la batuta sobre el atril o, en otras ocasiones, al chasquido de los dedos, recursos que nos permiten transmitir y configurar una sensación de pulso.
Es decir, una señal sonora que permite poner a todos en sintonía con el pulso y el ritmo de la música antes de comenzar. Sin embargo, el clic sonoro es apenas uno de los tantos aspectos que forman parte de la conducción de la Banda Sinfónica Nacional de Ciegos.
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Es importante comprender, en este punto, que un curso como este nunca había tenido lugar anteriormente. Se trata del primer Curso de Dirección Orquestal que propone trabajar directamente con la Banda Sinfónica Nacional de Ciegos, y eso supone, inevitablemente, un desafío adicional. Espero que podamos ir descubriendo y comprendiendo en conjunto —entre los alumnos, las alumnas y los músicos de la Banda— qué significa dirigir a la Banda Sinfónica Nacional de Ciegos; qué significa, en definitiva, la Dirección Orquestal y de Banda cuando debe encontrar nuevas formas de comunicación en un plano no visual.
— Benzecry, D’Astolli, el curso de Scarabino en el Colón, y las becas con Rüdiger Bohn en Alemania y Rodolfo Fischer en Suiza; entre tus formaciones. ¿Qué idea de la dirección tomaste de cada uno, y cuál de esas influencias es la que más aparece cuando das clase hoy?
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— Siempre fui muy curioso respecto de la técnica y, sobre todo, de las dinámicas de enseñanza en una carrera que demanda, en muchos aspectos, una originalidad y un proceso personal muy fuerte para poder realmente liderar. Cada uno de los maestros que traés a esta entrevista fue formando diferentes aspectos de mi “director de orquesta”. Con el tiempo, esas experiencias se fueron amalgamando y hoy forman una conjunción que, de alguna manera, constituye mi propia forma de abordar la música. Creo que de cada una de esas experiencias me llevé cosas muy diferentes, y con el tiempo fui entendiendo que la formación de un director no consiste tanto en acumular herramientas, sino en ir descubriendo cuáles de ellas realmente tienen sentido para uno.
Si tuviera que decir cuál de todas esas influencias aparece más cuando doy clase hoy, creo que sería difícil señalar una sola. Probablemente aparezcan todas, incluso algunas de manera inconsciente. Lo que intento hacer es justamente no reproducir una escuela determinada, sino transmitirles las herramientas que a mí me ayudaron y, al mismo tiempo, crear una consciencia personal para que cada uno pueda identificar los problemas y aplicar una solución que pueda incluso salir de ellos mismos. Quizás esa sea una de las enseñanzas más importantes que recibí: entender que estudiar dirección no significa aprender a dirigir como alguien, sino encontrar una manera propia de comunicarse con una orquesta. Y, paradójicamente, creo que esa búsqueda de una voz propia es algo que nunca termina. Todavía hoy sigo aprendiendo.
— Fuiste adjunto de la cátedra de Armonía en la UNA y desde 2024 dirigís la Orquesta Juvenil de San Martín. ¿Qué tiene de distinto o de parecido formar el oído y la teoría de un músico joven frente a formar el gesto y la conducción de ensayo de un director ya avanzado?
— Siempre pensé que el gesto del director debería concordar con el gesto musical. Es decir, si uno pudiera ponerle “mute” a un video de un concierto y, aun sin escuchar, pudiera reconocer específicamente qué obra se está interpretando, entonces la quironimia del director habría alcanzado, de alguna manera, su cometido.
Por supuesto, es una forma bastante simplista de poner en palabras la importancia que tiene el estudio de la partitura y el desarrollo técnico del director. Porque la partitura propone una enorme cantidad de elementos que después deben traducirse corporalmente, y sería imposible dirigirlos si antes no comprendemos musicalmente qué es lo que el compositor está proponiendo.
Por eso, el curso de dirección tiene, además del trabajo práctico con la Banda, una parte muy importante dedicada al análisis musical. La intención es que los alumnos puedan comprender la obra en profundidad para luego transformar ese entendimiento en una propuesta corporal concreta y, a partir de allí, desarrollar una idea clara de cómo llevar adelante el trabajo de ensayo con la Banda Sinfónica. En definitiva, creo que la técnica del director no debería existir por sí misma. El gesto tiene que ser una consecuencia de la comprensión musical.
— En la Banda compartiste atril con León Gieco, Ligia Piro, Fernanda Morello e Iván García. ¿Cambia la manera de preparar y de dirigir cuando el repertorio mezcla lo sinfónico-bandístico con lo popular? ¿Es algo que también se busca transmitir en la formación de directores?
— Exactamente. Creo que, además de abordar cuestiones técnicas y musicales, el seminario también pretende dar a conocer un organismo que, desde mi punto de vista, posee una enorme destreza musical y una capacidad extraordinaria para adaptarse a diferentes géneros y lenguajes. Realmente creo que el formato de Banda Sinfónica ofrece una paleta de colores y posibilidades expresivas que todavía no está lo suficientemente explorada. Su versatilidad permite abordar distintos géneros con una naturalidad y una riqueza tímbrica que muchas veces no dimensionamos.
Las distintas experiencias que hemos tenido junto a artistas de semejante talla dentro de la escena musical argentina nos han dado una riqueza y una profundidad de trabajo que pocas veces experimenté. Por eso, personalmente, no haría una distinción tajante entre lo sinfónico y lo popular. Creo que hoy cada género tiene una dificultad particular y exige de nosotros, como músicos, una escucha, una lectura y un entendimiento profundo del lenguaje que estamos abordando. En definitiva, es la música la que va ordenando qué hay que decir y cómo hay que decirlo. Y es la Banda la que, a partir de esa comprensión, va tomando forma, construyendo sus texturas y encontrando los colores necesarios para ser fiel a la partitura y, finalmente, a esa expresión artística que convoca y conmueve a quienes escuchan.
— El seminario cierra con un concierto real en la UTN, con público, donde los participantes dirigen a la Banda. ¿Qué es lo que un director recién puede aprender parado frente a una agrupación y un público, y que ninguna clase teórica ni video de práctica le puede dar antes?
— Creo que hay algo que solamente puede aprenderse cuando uno se para frente a una agrupación y tiene que hacer que la música suceda en ese preciso instante. Una clase teórica puede aportar herramientas, un video puede permitirnos observar y analizar a otros directores, pero ninguno de esos espacios puede reproducir completamente la experiencia de tener delante a un organismo vivo y detrás el público, que además suma una dimensión muy particular: la responsabilidad.
Creo que ese concierto es, en definitiva, una experiencia de síntesis. Allí se encuentran el estudio de la partitura, la técnica, el gesto, la escucha, la capacidad de ensayo y también algo mucho más difícil de enseñar: la presencia.
Y quizás eso sea lo más valioso que puede darle un concierto a un director que recién comienza: la posibilidad de descubrir qué sucede con uno mismo cuando todas las herramientas dejan de ser teoría y tienen que transformarse, en tiempo real, en música.
— Con apenas 5 cupos activos entre probablemente muchos más postulantes, ¿Qué es lo primero que busca ver en esos dos minutos de video que se les solicita a los postulantes, más allá de la técnica? ¿Qué te enseñó para tu desarrollo personal y profesional ser Director de Orquesta?
— Al ser este el primer Curso de Dirección de la Banda Sinfónica Nacional de Ciegos, estoy realmente abierto a todas las postulaciones. Pretendo que la elección esté atravesada, en principio, por la profesionalidad, la experiencia y, sobre todo, por la musicalidad que pueda percibir en la propuesta de cada uno de los directores y directoras que quieran participar. Me interesa especialmente encontrar personas que tengan algo para decir musicalmente y que, al mismo tiempo, estén dispuestas a enfrentarse a un desafío que implica salir de ciertos lugares conocidos de la dirección. Porque justamente parte del espíritu de este curso es descubrir qué nuevas herramientas aparecen cuando la comunicación debe construirse también desde la escucha y desde un plano no visual.
La dirección de orquesta fue y sigue siendo, de alguna manera, mi maestro en la vida. El Lado B de la Dirección (una conferencia que me ha acompañado en los años de titularidad en la Banda Sinfónica) nace, en gran medida, de todas aquellas experiencias y actividades que fueron formando mi manera de ser y que, como consecuencia, me ayudaron a ser un mejor director de orquesta. Porque dirigir no se trata solamente de aprender una técnica, estudiar una partitura o conducir un ensayo. Por eso siento que la dirección de orquesta fue encontrando en mi vida un espacio mucho más profundo que el estrictamente musical. Se convirtió en una herramienta para comprenderme y, al mismo tiempo, en un lugar en el que puedo habitar la música. En definitiva, quizás ese sea el verdadero Lado B de la Dirección: descubrir que, mientras uno intenta conducir la música, la música también lo va conduciendo a uno.
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