
En el nivel inicial, el juego ocupa un lugar central y forma parte de muchas experiencias de aprendizaje. Sin embargo, a medida que los chicos crecen y avanzan en la escolaridad, ambas actividades parecen comenzar a separarse. Aprender queda cada vez más asociado con leer, resolver ejercicios o completar consignas, mientras que jugar pasa a ocupar el espacio del recreo, el descanso o el tiempo libre.
Esta separación también está presente en la mirada de los adultos. Con frecuencia suponemos que un chico aprende cuando participa en una actividad diseñada expresamente para enseñarle algo y que, en cambio, solo se entretiene cuando juega. Pero esta distinción responde a una idea demasiado estrecha de lo que significa aprender.
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Aprender no consiste solamente en incorporar un contenido, responder correctamente una pregunta o completar una consigna. También supone explorar, formular hipótesis, probar alternativas, equivocarse, revisar una decisión y encontrar nuevas maneras de resolver una situación. Muchas de estas acciones forman parte del juego, aunque no hayan sido planificadas con una finalidad educativa.

Jugar e imaginar son parte del aprendizaje
Cuando un chico inventa una historia, construye algo, cambia una regla o busca ponerse de acuerdo con otros, pone en funcionamiento diferentes recursos cognitivos y lingüísticos. Necesita mantener cierta información presente, prestar atención a lo que ocurre, anticipar posibles consecuencias y modificar su conducta cuando algo no resulta como esperaba.
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Esto no significa que jugar desarrolle automáticamente una capacidad determinada, sino que ofrece situaciones en las que esas capacidades pueden ponerse en juego. Pensemos, por ejemplo, en un juego con reglas. Para participar hay que comprender y recordar cómo se juega, esperar el turno, observar lo que hacen los demás y decidir qué hacer en función de una situación que va cambiando.
En un juego imaginario las exigencias son diferentes: hay que sostener una situación que no existe, asumir personajes, construir una secuencia de acontecimientos y acordar con otros qué está sucediendo. En ambos casos, el juego plantea problemas que los chicos deben interpretar y resolver.
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El lenguaje ocupa un lugar central en muchas de estas experiencias. Jugar también puede implicar explicar una regla, defender una idea, negociar el sentido de una situación o construir un relato junto con otros. Incluso cuando no hay palabras, es necesario interpretar acciones, gestos e intenciones. Estas experiencias no reemplazan la enseñanza ni producen por sí solas aprendizajes escolares específicos, pero forman parte del universo de intercambios a partir del cual los chicos desarrollan maneras de pensar, comunicarse y comprender a los demás.

Comprender para aprender
La comprensión lectora permite observar con claridad la complejidad de estos procesos. Comprender un texto requiere mucho más que reconocer las palabras que aparecen escritas. El lector debe relacionar información, establecer conexiones, realizar inferencias, anticipar acontecimientos y construir una representación coherente de aquello que lee. Antes de aprender a leer, los chicos ya comienzan a desarrollar algunas de las habilidades lingüísticas y cognitivas que más adelante intervendrán en la comprensión: escuchan y producen relatos, reconocen intenciones, ordenan acontecimientos y completan información que no se expresa de manera directa.
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Algunas formas de juego, especialmente aquellas que involucran situaciones imaginarias, personajes y relatos, ponen en funcionamiento operaciones semejantes. Pero conviene ser cuidadosos: esto no permite afirmar que jugar enseñe automáticamente a comprender textos ni que exista un tipo de juego capaz de garantizar mejores aprendizajes. La relación entre las experiencias infantiles y el desarrollo posterior es compleja y depende de numerosos factores.
En los últimos años parece haberse extendido entre los adultos cierta preocupación por aprovechar cada momento de la infancia. Las actividades deben estimular una capacidad, desarrollar una habilidad o preparar para algún aprendizaje futuro. Así, incluso el juego corre el riesgo de quedar sometido a una lógica de rendimiento: debe servir para algo, perseguir un objetivo y, si es posible, producir un resultado que pueda observarse. Sin embargo, no es necesario asignarle a cada juego un propósito educativo explícito. Una actividad puede tener valor aunque no haya sido diseñada para enseñar un contenido ni permita medir inmediatamente lo aprendido. Los chicos también necesitan tiempos en los que puedan decidir qué hacer, explorar sin conocer de antemano el resultado, aburrirse, inventar y abandonar una idea para comenzar otra.
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Esto no implica oponer el juego a la educación ni suponer que todas las experiencias de juego son equivalentes. Tampoco significa desconocer la importancia de la enseñanza sistemática: existen conocimientos y habilidades que requieren intervenciones explícitas, organizadas y sostenidas. Se trata, más bien, de reconocer que no todo lo que se aprende proviene de una explicación directa y que no todos los momentos de la infancia necesitan transformarse en situaciones pedagógicas.
Recuperar el valor del juego puede ser también una invitación a revisar las expectativas que los adultos depositamos sobre la infancia. Jugar no es suspender el aprendizaje para retomarlo más tarde. Es explorar posibilidades, construir vínculos, ensayar decisiones y buscar formas de comprender lo que sucede. Pero, sobre todo, es una experiencia valiosa en sí misma, sin necesidad de demostrar permanentemente para qué sirve.
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Valeria Abusamra es Doctora en Lingüística por la Universidad de Buenos Aires y actual Directora de la Licenciatura en Ciencias del Comportamiento en el ITBA. En esta columna de opinión para Ticmas destaca el poder del juego en el aprendizaje
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