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“Aprender haciendo” con tecnología: una manera de ampliar oportunidades de aprendizaje para los estudiantes vulnerables

Una computadora sirve para buscar información y resolver actividades, pero puede abrir otras posibilidades cuando ayuda a probar una idea, crear algo propio o encontrar una respuesta a un problema concreto

Estudiante adolescente con guardapolvo blanco sentado en un pupitre. Sostiene un teléfono celular. Un aula con pizarra y una ventana soleada.
Cuando un estudiante “aprende haciendo”, pone en juego muchas habilidades que ayudan a sostener el aprendizaje (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Cuando hablamos de acercar tecnología a escuelas rurales o en contextos de vulnerabilidad, casi siempre empezamos por la conectividad y los dispositivos. Tiene sentido porque hacen falta. Aunque la pregunta importante viene después: ¿qué van a hacer docentes y estudiantes con esos recursos cuando lleguen a la escuela?

Una computadora sirve para buscar información y resolver actividades, pero puede abrir otras posibilidades cuando ayuda a probar una idea, crear algo propio o encontrar una respuesta a un problema concreto. Ahí los contenidos empiezan a relacionarse y aparecen preguntas que nadie había previsto.

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“Aprender haciendo” tiene mucho de eso. Un estudiante prueba, toma decisiones, se equivoca, revisa lo que hizo y vuelve a intentar sin esperar que todo le salga bien de entrada. En ese recorrido empieza a entender que el error no invalida su trabajo y que, muchas veces, puede mostrarle por dónde seguir.

Estas actividades relacionan distintas áreas porque, para resolver un desafío hay que calcular, leer, investigar, explicar una idea y trabajar con otros. Uno puede diseñar, otro construir y quizás alguien disfrute más contando cómo llegó el grupo al resultado. Cada estudiante encuentra una manera de participar y descubre capacidades que en una actividad más estructurada podrían pasar inadvertidas.

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Aula moderna con estudiantes de espaldas usando laptops y tabletas. Pizarras con fórmulas científicas y modelos 3D se ven, junto a un póster STEM llamativo.
Muchos estudiantes conocen la tecnología como usuarios de algo que creó otra persona (Imagen Ilustrativa Infobae)

En escuelas rurales o en contextos de vulnerabilidad, trabajar de esta manera no siempre es una posibilidad cercana. Muchos estudiantes conocen la tecnología como usuarios de algo que creó otra persona, mientras que entender cómo funciona, probar y preguntarse qué podrían hacer ellos les permite ocupar otro lugar.

Cuando logran que una idea propia funcione, aunque sea algo sencillo, comprueban que pueden entender un problema y buscar una respuesta. Para quienes crecen lejos de los lugares donde suelen concentrarse las oportunidades, esa experiencia puede acercarles posibilidades que antes ni siquiera se habían planteado.

La falta de conectividad o de equipamiento condiciona, y mucho, aunque algunas actividades pueden empezar con materiales cotidianos, mecanismos simples o pequeñas construcciones. Esos recursos ayudan a entender cómo funcionan las cosas y permiten dar los primeros pasos aun cuando no haya una pantalla disponible.

El punto de partida puede ser un tema cercano a la escuela y a su comunidad. Los saberes de las familias aportan mucho y los chicos entienden mejor para qué están aprendiendo cuando el trabajo se relaciona con algo que conocen, una situación de su entorno o un problema que les gustaría resolver.

Un aula de tecnología tiene recursos que deben aprender tanto los estudiantes como los docentes. (Visuales IA)
Un aula de tecnología tiene recursos que deben aprender tanto los estudiantes como los docentes. (Visuales IA)

Las mismas actividades no funcionan en todas las escuelas. Influyen las edades, los materiales disponibles, la conectividad, la cantidad de estudiantes y la organización cotidiana. Una propuesta excelente en el papel puede resultar imposible de llevar al aula si fue pensada sin conocer esas condiciones, por eso los contenidos, las herramientas digitales y el acompañamiento tienen que poder adaptarse a cada realidad.

Los docentes necesitan tiempo para familiarizarse con las herramientas y confianza para probarlas. Las dudas suelen aparecer cuando la actividad ya empezó y los chicos están esperando una respuesta, no todas juntas durante una capacitación. Tener a quién consultar en ese momento ayuda a resolver lo que aparece, hacer los cambios necesarios y animarse a volver a intentarlo.

Para que una actividad se incorpore a la práctica, el docente necesita usarla más de una vez, adaptarla y relacionarla con otros contenidos. De a poco, los estudiantes ganan autonomía y empiezan a proponer sus propias ideas, mientras el docente encuentra una forma de trabajo que tiene sentido para su grupo.

Cuando los recursos llegan a la escuela, el trabajo recién empieza. Hay que darles tiempo a los docentes, acompañar lo que ocurre en el aula y dejar que cada institución encuentre su manera de trabajar.

Me quedo con esta escena: un estudiante prueba una idea, no le sale y vuelve a intentarlo sin esperar que alguien le dé la respuesta. Puede parecer poco, aunque para ese chico, a veces, es la primera vez que comprueba que puede resolver algo por su cuenta.

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