El ingreso a la universidad suele presentarse como una llegada. En realidad, para miles de estudiantes, es una zona de pasaje. Todavía queda cerca la escuela secundaria, con sus reglas más visibles, sus horarios, sus grupos conocidos, sus adultos de referencia. Del otro lado aparece la universidad, con otra escala, otra autonomía, otra forma de organizar el tiempo, otra exigencia frente al conocimiento. Entre una y otra experiencia, el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires ocupa un lugar particular: no es sólo el primer tramo de una carrera, sino una instancia donde muchos estudiantes empiezan a entender qué significa ser universitarios.
El CBC, entonces, es un puente, un rito de paso, un tránsito entre la adolescencia y la adultez o entre una educación más normada y otra que cada estudiante empieza a construirse por sí mismo. La pregunta es cómo hacer para que ese puente no se convierta en una frontera o en una barrera.
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Felipe Vega Terra, director del CBC, habló con Ticmas de ese lugar donde se cruzan la política universitaria, la gestión cotidiana y la experiencia de los ingresantes. Las transformaciones de la escuela media, los aprendizajes con los que los estudiantes egresan, las dificultades de quienes no terminan y las exigencias de una universidad como la UBA. “La pregunta se volvió más específica: qué transformación necesitamos que tenga un estudiante que terminó la escuela secundaria hace muy poquito tiempo para entrar no a cualquier universidad, sino a la Universidad de Buenos Aires”, dijo.
Esa transformación, explicó, no es sólo curricular. Por supuesto, hay desafíos disciplinares: saber leer textos complejos, resolver problemas, escribir, estudiar con autonomía, incorporar lenguajes propios de cada campo. Pero también hay cuestiones institucionales y culturales. Vega Terra usó una palabra precisa: habitus. Ser estudiante universitario supone aprender un modo de habitar la universidad, de entender sus tiempos, sus trámites, sus cátedras, sus aulas, sus exigencias y sus libertades. En la UBA, además, todo ocurre en una escala difícil de comparar.
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La tecnología apareció también como parte de esa transición. UBA XXI, el programa de educación a distancia de la universidad, nació a comienzos de los años noventa, cuando el escenario tecnológico era muy distinto al actual. En sus primeros tiempos había libros, materiales impresos, clases semanales, incluso otros soportes que hoy parecen de otra época. Para Vega Terra, “el libro también es un artefacto tecnológico. Fue una tecnología y posiblemente sea el principal parteaguas de la civilización occidental hasta ahora”. La tecnología no empezó con las plataformas; cambió de forma.
Hoy, explicó, muchos estudiantes tienen trayectorias combinadas. Cursan materias del CBC de manera presencial, usan UBA XXI, se vinculan con entornos digitales y, en algunos casos, empiezan antes de terminar la secundaria. Esa es una de las particularidades de UBA XXI: permite cursar materias del CBC durante los últimos años de la escuela media y desde cualquier lugar del país. Para Vega Terra, allí hay una función que no debe subestimarse: la orientación.
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“El ingreso a la Universidad de Buenos Aires, la dupla CBC-UBA XXI, tiene claramente un rol orientador”, afirmó. La universidad lo ve en un indicador concreto: los cambios de carrera o las simultaneidades. Este primer cuatrimestre, contó, el CBC tiene unos 98.000 estudiantes activos. En un año se registran entre 33.000 y 36.000 trámites de cambio de carrera o simultaneidad: uno de cada tres.
Ese dato, lejos de ser leído como un problema, muestra algo propio del ingreso universitario. Muchos estudiantes necesitan tiempo para contrastar lo que creían querer estudiar con la experiencia real de estudiar una carrera. “Requieren de un tiempo para falsar si lo que creen que quieren estudiar, una vez que comienzan a estudiarlo en la universidad, es efectivamente lo que pensaban y lo que esperaban”, dijo. La palabra “falsar”, tomada del lenguaje de la ciencia, ilumina bien la escena. Elegir una carrera también implica probar una hipótesis sobre uno mismo.
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El propio Vega Terra contó su experiencia. Empezó el CBC pensando en estudiar Derecho y terminó graduado en Ciencia Política. “No estaba tan lejos”, concedió. Pero enseguida marcó la diferencia: el horizonte profesional de un abogado y el de un politólogo no son el mismo. Esa historia personal le permitió mostrar que el ingreso universitario no es siempre una confirmación. Muchas veces es el momento en que una decisión previa se mueve, se ajusta o cambia de dirección.

Un CBC federal
La conversación pasó luego a la escala material del CBC. Mover casi 100.000 estudiantes implica aulas, sedes, horarios, docentes, traslados, articulaciones con gobiernos locales, acuerdos institucionales y una logística que forma parte de la experiencia educativa aunque no siempre se la nombre.
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El CBC tiene sedes propias de la Universidad de Buenos Aires en la ciudad y en la provincia. También cuenta con centros regionales, como Avellaneda y San Isidro-Martínez, y con sedes conveniadas con municipios. Vega Terra mencionó una veintena de gobiernos locales con los que la UBA trabaja: Marcos Paz, Las Heras, Chacabuco, Vicente López, Zárate, Partido de la Costa, Escobar, Tigre, San Miguel, Moreno, entre otros. En esos casos, los municipios financian y articulan una política de educación superior que la universidad lleva adelante en sus territorios.
La dimensión federal está presente. No se trata solamente de que la UBA reciba estudiantes de todo el país, sino de cómo se organiza para estar más cerca de ellos. En muchas sedes conveniadas, explicó Vega Terra, el trabajo con los gobiernos locales permite articular con supervisiones, secretarías o subsecretarías de educación, directivos de escuelas públicas y privadas, y equipos territoriales. En algunos casos, la universidad comienza con actividades de orientación vocacional o extensión durante el último año de la secundaria. “Tenemos un trabajo de articulación muy bueno”, dijo.
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Vega Terra hizo una defensa clara de la gestión municipal en educación. Muchas veces, explicó, los municipios observan su entramado social y productivo, y entienden que la educación, la ciencia y la técnica ocupan un lugar central en ese ecosistema. “Es muy interesante trabajar con los gobiernos locales, porque hay muy buenos gestores públicos que le dan mucha centralidad a la educación”, afirmó. Esa mirada permite pensar la educación superior no como una institución aislada, sino como parte de una política local más amplia.
La pregunta por la calidad apareció de manera inevitable. ¿Cómo asegurarla en tantas sedes y en tantos territorios? Vega Terra respondió con una condición institucional: la selección del personal docente y el trabajo de las cátedras son gestionados por la Universidad de Buenos Aires. Los municipios pueden financiar, sostener infraestructura o acompañar el funcionamiento, pero la UBA conserva la responsabilidad académica. “El reclutamiento del personal docente, la selección y el trabajo de esos docentes es totalmente gestionado por la Universidad de Buenos Aires”, explicó.
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En algunos municipios más alejados, la universidad intenta incorporar docentes locales. Pero si las cátedras no los encuentran, el municipio debe afrontar el traslado de profesores seleccionados por la UBA. Para Vega Terra, el aseguramiento de la calidad está ligado a esa forma de organización: las cátedras funcionan como unidades de trabajo docente, formación académica y producción de conocimiento. La escala territorial no se resuelve con una delegación de la calidad, sino con una expansión cuidada del sistema universitario.
Uno de los momentos más significativos de la entrevista fue el dedicado a la sede del CBC en el barrio Mugica, en articulación con Scholas Occurrentes. Se inauguró en el segundo cuatrimestre de 2021 y tuvo una particularidad: fue la primera actividad áulica con presencialidad plena de toda la Universidad de Buenos Aires en el contexto de la pandemia. Está cerca de cumplir cinco años. En la historia de una institución de más de dos siglos, es una experiencia joven. Pero precisamente por eso permite ver a la universidad en movimiento.
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Vega Terra reconstruyó el origen. La UBA ya tenía un convenio de colaboración con Scholas desde la gestión del rector Alberto Barbieri. Años después, la fundación concretó una sede física en el barrio 31, en el marco de un proceso más amplio de transformación urbana impulsado por la Ciudad. Scholas trabajaba muy bien con niños y jóvenes hasta los 15, 16 o 17 años, pero necesitaba fortalecer la terminalidad de la escuela media y ofrecer una continuidad para quienes ingresaban en la adultez o en el mundo del trabajo. Allí apareció la posibilidad de que la Universidad de Buenos Aires tuviera una sede física en el barrio.
La universidad, con su historia, su prestigio y una cultura organizacional fuerte, suele esperar que los demás se acomoden a su modo de funcionamiento. En el barrio Mugica ocurrió otra cosa. “La experiencia de Scholas, por lo menos desde el CBC, fue una experiencia en la que cambiamos todo”, dijo. Cambió el proceso de inscripción, el modelo de asignación, la forma de acompañamiento, la organización de la trayectoria durante el cuatrimestre. La universidad tuvo que situarse.

Educación y trabajo
Hacia el final, la entrevista se concentró en un acuerdo entre el CBC y Ticmas para ofrecer trayectorias vinculadas con habilidades digitales. Vega Terra evitó convertir el momento en una promoción y lo explicó desde una necesidad de la universidad. El CBC, dijo, no tenía un área orientada al desarrollo de habilidades para la formación laboral y la empleabilidad. Las facultades sí cuentan con distintas propuestas, pero en el ingreso esa oferta no existía.
El diagnóstico fue claro. “Los estudiantes de la Universidad de Buenos Aires son estudiantes part time”, afirmó. Desde el inicio de su trayectoria, casi el 70% trabaja, quiere trabajar, sabe que va a trabajar o está buscando empleo. La universidad, entonces, no puede imaginar a su sujeto educativo como alguien dedicado exclusivamente al estudio. “Nuestro sujeto educativo es un sujeto que mayormente va a estudiar al mismo tiempo que trabaje”, sostuvo. Y agregó que esa necesidad probablemente aumente a medida que avance la carrera.
La formación universitaria, por supuesto, ofrece habilidades y herramientas que mejoran la inserción laboral. Pero Vega Terra planteó la necesidad de una oferta más específica, de alta calidad, certificada por la universidad y orientada a competencias concretas: inteligencia artificial, e-commerce, herramientas digitales, desarrollo web, programación. Esa oferta no forma parte de la currícula obligatoria del CBC, sino que acompaña a los estudiantes en una zona donde estudio, trabajo y futuro profesional empiezan a cruzarse.
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