
Para un adolescente que está por terminar la escuela, el horizonte puede vislumbrarse como una tormenta perfecta. Lo espera un mercado laboral atravesado por cambios tecnológicos vertiginosos, con altas tasas de desempleo e informalidad y bajos salarios para los jóvenes. Y saldrá a defenderse con un título secundario que certifica que aprobó todas las materias, pero no garantiza los saberes básicos de Lengua y Matemática.
Parece lógico que en este escenario predomine la incertidumbre e incluso el desánimo. Pero en varias provincias se multiplican las experiencias educativas que buscan hacerse cargo del desafío, construir puentes con el mundo laboral y devolver a los chicos la confianza en su futuro.
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El secundario es la última experiencia educativa formal para la mayoría de los jóvenes argentinos: apenas el 38% de quienes tienen entre 19 y 25 años cursa estudios superiores, según datos de un informe de Argentinos por la Educación. Aunque terminar la escuela sigue ofreciendo mejores perspectivas que abandonarla, su valor como credencial laboral está debilitado.
Las razones de esa “devaluación” del título secundario son diversas, pero una clave radica en los resultados de aprendizaje. En el último año de la educación obligatoria, el 86% de los estudiantes no alcanza niveles satisfactorios en Matemática y el 41% tampoco lo hace en Lengua, según los datos de Aprender 2024.
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“Uno de los principales aportes que puede hacer la secundaria para que los jóvenes tengan herramientas para la vida adulta es garantizar aprendizajes fundamentales”, explica Esteban Torre, director del programa de Educación de CIPPEC, a Infobae. “Estos aprendizajes fundamentales, junto con habilidades blandas y conocimientos digitales, permiten ganar en adaptabilidad en un mundo cambiante”, señala Torres.
“La mayoría de las personas en Argentina enfrentan el mundo laboral con la formación que recibieron en el nivel secundario. De allí la necesidad de pensar formas de acercamiento entre los dos mundos”, advierte Candela Tuñón, también de CIPPEC. Ambos especialistas acaban de publicar el libro Puentes entre la escuela y el mundo del trabajo, editado por Fundación Santillana, donde relevan diez experiencias de distintas provincias que comparten el objetivo de acercar la educación secundaria al sector productivo y la definición del proyecto de vida.
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Frente a la crisis de motivación en la secundaria, la articulación con el mundo laboral es una manera de reconectar a los estudiantes con la escuela, sostienen Torre y Tuñón: “Vincular la escuela con el mundo del trabajo puede devolverles sentido a los aprendizajes y ampliar horizontes y redes para todos los estudiantes”. Esa apuesta tiene un potencial igualador, sobre todo para los jóvenes de sectores vulnerables, cuyos proyectos de futuro suelen estar más restringidos por el origen familiar, la falta de capital social y la ausencia de contactos.
Un desafío crucial para la secundaria
El estudio de CIPPEC muestra que cada vez más provincias están probando modelos escolares más flexibles, en los que la secundaria incorpora prácticas profesionalizantes, mentorías, visitas a empresas y orientación vocacional, entre otras posibilidades.
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Con formatos diversos, las iniciativas comparten algunos rasgos: desarrollo de "habilidades blandas“, articulación entre escuelas y sectores productivos, formación docente para garantizar la sostenibilidad de cada propuesta. “Cada una de las experiencias se monta en un ecosistema donde confluyen el Estado, las escuelas y el sector productivo colaborando de forma virtuosa”, indica Torre.
Parecen haber quedado atrás los tiempos en que las propuestas de acercar la escuela al mundo laboral eran denunciadas como intentos de “mercantilizar” la educación. Tampoco resulta lógico reservar ese propósito solo para la educación técnica, que representa apenas el 20% de la matrícula de secundaria a nivel nacional.
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Si bien suele destacarse por sus resultados, esa modalidad también atraviesa tensiones propias: la ley de Presupuesto 2026 derogó el Fondo Nacional para la Educación Técnico Profesional (ETP), que establecía un piso del 0,2% de los ingresos nacionales para la educación técnica. Según un informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), los fondos nacionales para la educación técnico profesional cayeron 93% entre 2023 y 2026.

La reciente decisión administrativa N° 20 del Poder Ejecutivo implicó un recorte adicional del 2,6% sobre el presupuesto del área para este año. Algunas provincias como Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires han asignado fondos propios para cubrir estos recortes, pero otras no. En abril cambió la conducción del Instituto Nacional de Educación Tecnológica (INET), el área de la Secretaría de Educación responsable de esta modalidad: el nuevo director ejecutivo es Fernando Tascón, tras la renuncia de Ludovico Grillo.
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“No alcanza con impulsar políticas educativas para fortalecer la escuela técnica, la capacitación ocupacional o la promoción de habilidades instrumentales y operativas”, plantean Torre y Tuñón en el libro. Y señalan que la articulación entre la escuela y el mundo del trabajo “requiere abordajes sistémicos”. Para los especialistas, ese vínculo debe ser una “perspectiva transversal del sistema educativo”.
Puentes con el sector productivo
Una de las experiencias que destaca el relevamiento de CIPPEC es el programa Enlazar+, desarrollado en Córdoba por la Fundación Córdoba Mejora junto con el Ministerio de Educación provincial. Allí, empresas, escuelas y Estado trabajan en conjunto para ofrecer a estudiantes talleres de innovación social, prácticas educativas, simulacros de entrevistas y experiencias de intermediación laboral, con el objetivo de facilitar la transición hacia el mundo del trabajo.
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El programa ya alcanzó a más de 100 escuelas y miles de estudiantes. “Las problemáticas complejas no pueden ser resueltas por un solo sector o institución, sino que tienen que ser abordadas colectivamente”, dice Juan Pablo Cmet, director de la fundación, a Infobae. Según plantea, el mayor impacto de los 15 años de desarrollo del programa es la construcción de una “mirada sistémica”, en la que todos los actores “empiezan a verse como parte de lo mismo”.
Cmet sostiene que el trabajo conjunto entre el sector público y el sector privado favorece un cambio de mirada desde ambos lados y contribuye a “regenerar” lazos sociales. Por un lado, “los docentes perciben que las empresas no son un ente ajeno a la educación, o un sistema que promueve la injusticia social, sino que las ven como aliadas en la tarea educativa”, explica. Por el otro, las “empresas reconocen que el compromiso con la educación no es solo una acción de responsabilidad social, sino una necesidad para poder prosperar generando en la sociedad los talentos que necesitan para crecer”.
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En Jujuy, la Experiencia TecnoProductiva muestra otra variante: la articulación entre secundaria y trabajo aparece ligada a sectores estratégicos de la economía local. A través de charlas, visitas a empresas, exposiciones tecnológicas, turismo científico y hackatones, la propuesta busca despertar vocaciones científicas y tecnológicas y fortalecer el arraigo territorial.
“Hoy la provincia está creciendo en sectores como el litio, las energías renovables, la industria tecnificada y la economía del conocimiento, y todos esos sectores necesitan talento. Nadie aspira a lo que no conoce: muchas veces los jóvenes no imaginan que pueden formar parte de estas industrias, simplemente porque nunca tuvieron contacto directo con esas empresas o con las personas que trabajan ahí”, afirma Belén Castro, directora de Servicios Basados en el Conocimiento del Ministerio de Desarrollo Económico y Producción de Jujuy.
La propuesta implica una articulación entre ministerios y con el sector privado, y ya ha acercado experiencias a estudiantes de San Salvador, Palpalá, Perico, El Carmen, Libertador General San Martín, San Pedro, Volcán, Susques, Purmamarca, Tilcara y distintas localidades de la Quebrada y los Valles.
La premisa básica: así como se planifica la infraestructura o la inversión, también debe planificarse el talento que necesitará la provincia para sostener su crecimiento. En ese esquema, la educación es vista como una herramienta estratégica para el desarrollo productivo: “Necesitamos preparar a las personas para las oportunidades que vienen”, explica Castro a Infobae.
“Muchos chicos nos cuentan que es la primera vez que entran a una empresa tecnológica, a una planta industrial o que hablan cara a cara con profesionales de sectores como software, energías renovables, minería, automatización o economía del conocimiento. Ahí pasa algo muy fuerte: dejan de ver esas industrias como algo ajeno. Empiezan a preguntarse: ‘¿Y si yo también puedo estar acá?’”, agrega Castro.
Reconstruir el sentido de la escuela
En la Ciudad de Buenos Aires el Ministerio de Educación impulsa que los estudiantes del último año de secundaria tengan experiencias formativas en contextos reales: organizaciones del ámbito productivo, cultural, comunitario, educativo, científico o de la gestión pública. El programa se creó en 2022 y se llama “Actividades Educativas de Vinculación con el Futuro” (antes se lo conocía como “ACAP”). Desde 2025, abarca también a los estudiantes de tercer y cuarto año de las escuelas que participan de la reforma Secundaria Aprende.

Para Natalia Alegre, directora de la Escuela de Educación Media N° 3 de Parque Avellaneda y referente territorial de la iniciativa, el principal impacto se ve en la relación de los estudiantes con la escuela. “Al salir del aula e ingresar a entornos laborales, culturales o de formación superior, los jóvenes resignifican el sentido de las materias teóricas. Esta experiencia práctica mitiga la apatía escolar, fortalece la permanencia en las aulas y devuelve el entusiasmo por el aprendizaje”, describe Alegre.
Según plantea la directora, estas experiencias no solo contribuyen a la orientación vocacional, sino que fortalecen la autonomía, permiten que los chicos descubran habilidades que no creían tener y ayudan a que los estudiantes puedan visualizar un proyecto de vida posible.
“En un contexto socioeconómico complejo, en el que muchos jóvenes sienten que las oportunidades les son ajenas, las experiencias de vinculación con el futuro operan como un puente de confianza que le demuestra a cada estudiante su capacidad para desempeñarse con éxito en escenarios reales. Al interactuar con profesionales y resolver desafíos concretos, los jóvenes derriban la peligrosa creencia de que el progreso es inalcanzable”, explica Alegre a Infobae.
Resulta clave la dimensión pedagógica de la propuesta: empresas, instituciones públicas y equipos escolares trabajan en conjunto para diseñar experiencias que no sean actividades aisladas, sino instancias integradas al recorrido escolar, destaca Alegre. En este punto, la planificación y el seguimiento docente son fundamentales.

El programa Start es una iniciativa del municipio de La Matanza junto con Accenture, Forge y Mindhub. La propuesta ofrece una capacitación intensiva en tecnología a jóvenes de contextos diversos, particularmente de sectores vulnerables. La formación se realiza en verano, cuando los chicos ya no tienen clase, y apunta a los recién egresados de la secundaria.
Rocío Enciso Machao es egresada de la Escuela de Educación Secundaria Nº 20 “José Ramón Fernández” de San Justo y participó del programa luego de terminar la escuela. “Para mí fue como un puente entre estudiar y trabajar”, sintetiza Rocío.
“Start me dio cosas que en la escuela no había aprendido y que después, cuando empecé a trabajar, fueron muy importantes. Sobre todo, aprender a comunicarme mejor, a trabajar con otros, a organizarme y a tener más confianza en mí. Como cursábamos en las oficinas de Accenture, simulando un horario laboral de 9 a 18, pude entender cómo es el mundo laboral antes de estar ahí. Eso hizo que, al buscar mi primer trabajo, no me sintiera tan insegura o perdida”, explica Rocío a Infobae.
Su testimonio expone una brecha a veces invisible: muchos jóvenes terminan la secundaria sin conocer reglas básicas del ámbito laboral, desde cómo presentarse en una entrevista hasta cómo expresarse en una reunión de equipo. También pone el foco en otra dimensión central: la construcción de la confianza necesaria para “salir al mundo”, después de toda una vida en la escuela.
“Creo que muchos chicos terminan la secundaria sin saber bien cómo es el mundo del trabajo. Muchos saben cumplir con trabajos prácticos, pero no siempre saben cómo presentarse, cómo hablar en un equipo o cómo manejar responsabilidades reales. Esto genera mucha inseguridad y a veces hace que ni siquiera se animen a buscar trabajo. Por eso este tipo de experiencias ayudan tanto: te dan herramientas”, analiza Rocío.
Diversos modelos, un objetivo
El relevamiento de CIPPEC menciona experiencias de otras provincias, como Emprender Junior, un programa que promueve el emprendedurismo juvenil como estrategia pedagógica y productiva en Misiones; las prácticas educativas para la inserción laboral y articulación con educación superior en Santa Fe; el trabajo conjunto entre los ministerios de Educación, Producción y Trabajo para articular educación y orientación laboral en La Pampa; la alianza entre el Grupo de Fundaciones y Empresas y el Ministerio de Educación de Río Negro para diseñar propuestas de formación vinculadas al entramado productivo provincial; o el programa Tu Futuro en Marcha de Mendoza, que también busca conectar la educación con el entorno productivo.

Además, el estudio describe dos modelos que no solo agregan actividades o programas a la secundaria tradicional, sino que modifican su organización de fondo. Por un lado, la Educación Profesional Secundaria (EPS), un formato creado en 2021 por el entonces Ministerio de Educación nacional. La propuesta está orientada a jóvenes de entre 15 y 18 años con trayectorias escolares interrumpidas. Entre otras particularidades, prevé un acompañamiento personalizado y un régimen académico y curricular más flexible, con el objetivo de combinar terminalidad educativa con formación profesional certificada.
Por otro lado, se menciona el sistema dual, desarrollado en Alemania y con experiencias en Argentina desde la década de 1970. En este esquema, la formación académica y la experiencia laboral se desarrollan en paralelo: el estudiante no solo realiza visitas o prácticas ocasionales, sino que alterna espacios de formación y trabajo como parte estable de su educación.

No existe un modelo único, pero sí una convicción cada vez más extendida: la secundaria tradicional –diseñada históricamente para una minoría orientada a estudios superiores– necesita transformarse para responder a las nuevas demandas sociales, tecnológicas y económicas.
“El primer paso debe ser institucionalizar ámbitos de diálogo entre el sistema educativo y el sector productivo que partan de un convencimiento: el desarrollo de las capacidades de las personas es un esfuerzo compartido”, señala Torre. “Sabemos la complejidad de lograr un alcance amplio de las propuestas; para eso se requiere una estructura y recursos adecuados. Además, es necesario un buen acompañamiento adulto tanto a nivel de las escuelas como de las organizaciones”, agrega Tuñón.
Financiamiento adecuado, coordinación intersectorial, formación docente, acuerdos institucionales y sostenibilidad política son algunos de los desafíos que se plantean al proyectar cómo escalar las experiencias que ya funcionan en varias jurisdicciones. No se trata de “subordinar” la educación a una visión utilitarista, sino de acompañar de manera más cercana y más concreta a los jóvenes en la definición de su proyecto de vida. Frente a la incertidumbre creciente que expresan los chicos, la escuela puede ser el lugar donde aprendan a imaginar el futuro con entusiasmo y confianza en sí mismos.
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