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Alberto Alabí y la escuela jujeña que convierte cada ciclo en un libro

Cada sábado, un grupo de escritores aficionados y experimentados se reúnen para participar en un taller donde la literatura se trabaja con consignas, discusión colectiva y la idea de liberar los prejuicios porque “todos escribimos mal”

Alberto Alabí
Un momento del taller de Miraflores que recrea a la última cena de Da Vinci
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Hay una casa de piedra en Miraflores —Quebrada de los Pájaros— donde todos los sábados, un grupo de personas de edades, recorridos y oficios distintos se encuentra durante cuatro horas para hacer algo que, fuera de ahí, suele quedar postergado, idealizado o apenas insinuado: escribir. No van en busca de un título ni van a cumplir ninguna formalidad. Van a probarse frente a la página, frente a los otros, y, sobre todo, frente a sí mismos. Esta escena —que tiene algo de taller, algo de rito y algo de fuga semanal— es la que propone la Escuela de Escritura de Alberto Alabí.

Alberto es una figura reconocida en Jujuy. Desde hace años su nombre circula en la docencia, la literatura y la cultura de la provincia. Pero lo más interesante de su presente no pasa por la trayectoria, sino por la forma en que reconvirtió su tarea cuando dejó la universidad y comenzó a llevar la escritura a su casa. Ese desplazamiento terminó siendo el comienzo de una experiencia más libre, más extraña y más productiva que la que había tenido dentro del marco académico.

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Él mismo lo cuenta con una mezcla de orgullo y fastidio retrospectivo: “Yo me había preparado para ser un perfecto empleado público docente, como lo somos todos los profesores, pero por cuestiones políticas dejaron afuera. Entonces una hija mía, que me vio deprimido, me propuso hacer mi propio lugar”. La propuesta no le pareció tan cómoda; él siempre había pugnado por la educación pública pero la necesidad tiene cara de hereje. Después de organizar una diplomatura que también se frustró, abrió Miraflores. Y el primer sorprendido fue el propio Alberto.

—La gente llegó con otra disposición —dice—. Nadie venía a aprobar nada.

En esa frase está una de las claves de la Escuela.

Alberto Alabí
Alberto Alabí atento a la lectura de una de las talleristas

Todos escribimos mal

La exigencia pasa ya no por la consideración académica, sino por conseguir un texto. Llegan, dice, con la disposición a escribir: “De pechar el lápiz”. La escritura se vuelve un trabajo concreto; incluso físico.

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No sin una cuota de humor, Alabí dice que no es miembro de la secta del sufrimiento literario. Su taller, entonces, se propone como un espacio donde la forma tiene peso, el juego tiene una función, la cultura popular entra con naturalidad y las consignas se piensan como una maquinaria para exorcizar el miedo a la hoja en blanco. Como además él toca la guitarra, incorporó la música como un material para el taller.

—Recuperamos la literatura de los tangos, la literatura del folklore —dice.

Enseguida explica que uno de los procedimientos que fue probando es el de tomar melodías conocidas y trabajar nuevas letras sobre ellas, para experimentar con el lenguaje. Esta es una de las características centrales de Alabí como tallerista: antes que perseguir una ambición estética está la necesidad de vencer una inhibición. En Miraflores nadie tiene la obligación de llegar con la inspiración en la punta del lápiz, sino que tiene que estar dispuesto a probar, jugar, intentar, fracasar. Por eso, cuando se le pregunta por el miedo a escribir, Alabí responde con un desafío.

—Apenas comienza la clase —explica—, mi discurso inicial es que no espero nada de nadie, porque seguramente todos van a escribir mal. Porque todos escribimos mal.

Es un aguijonazo con el que los intenta mover. Después viene una copla antigua, por ejemplo: “Paloma quisiera ser / y que me cace el halcón, / que me derrame las plumas / y me coma el corazón”. Con el terreno preparado pregunta quién cree que la puede superar y así, casi sin darse cuenta, todos están haciendo frente al reto. Para Alabi hace falta una tensión —podría decirse: un pequeño disgusto— para que el texto aparezca.

Alberto Alabí
Los libros que publicaron los alumnos de Miraflores

La novela de Jujuy

En un punto, esa mezcla entre disciplina y conmoción ayuda a entender por qué la experiencia no se agota en la clase: cada ciclo termina con la publicación de un libro. No hay notas ni diplomas, pero hay un testimonio material del trabajo.

—La sensación de publicar como objetivo es un plus para cada alumno —dice Alberto—. Ellos diseñan la tapa, discuten el orden, hacen todo. Yo actúo como coordinador o un compilador.

Miraflores, entonces, no es solo un lugar donde se aprende a escribir, sino donde se aprende qué significa llevar un texto hasta el final. Terminarlo. Ponerlo a circular. Someterlo a la conversación de otros. Aceptar que escribir no es solo tener una voz, sino también entrar en una forma compartida. El taller, dice Alberto, ha dejado de ser un espacio de clases para pasar a ser una cofradía.

¿Qué se hace cuando una fórmula resulta exitosa? Para Alabí la respuesta es seguir experimentando. En cierto momento, cuando los talleres venían produciendo textos y libros, decidió ir un paso más adelante: conseguir que los estudiantes escribieran una novela polifónica. Es una ambición lúdica y a la vez política.

—Les dije: Vamos a salir un poco del narcisismo individualista y vamos a hacer una novela colectiva —recuerda.

El resultado fue una historia de la República Separatista de Jujuy: había mineros, comunidades, levantamientos, torres voladas, globos aerostáticos, espejeadas de la Puna. Había humor, desmesura y una raíz muy fuerte. Había, sobre todo, una imaginación que no buscaba representar la provincia desde afuera, sino exagerarla desde adentro.

En un punto, todo estos experimentos y juegos y tomas de posición explican la amplitud de intereses de quienes asisten al taller. Hay personas mayores, jóvenes, músicos, gente que escribió toda su vida sin publicar, otros que recién empiezan a darse permiso. La mezcla es uno de los rasgos más fértiles del grupo, porque no cualquiera escribe cualquier cosa pero cualquiera puede ponerse a escribir si acepta la exigencia.

La Escuela de Alabi intenta homenajear el sentido más viejo y concreto del término escuela: es un lugar donde se transmite un modo de hacer y a la vez se pone a prueba. Alberto todavía tiene algunas cuentas pendientes con la Academia, pero la Escuela lo mantiene activo, satisfecho y alegre. Acaso sean estas las razones por las que la escuela, más que representar un mero desprendimiento del pasado universitario, terminó produciendo una forma nueva. Más de una docena de libros así lo demuestran.

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