Elena Arias Ortiz y los secretos del BID para distinguir una buena idea educativa de una que nunca va a funcionar

La Especialista Líder de Educación del BID lleva quince años evaluando proyectos de innovación tecnológica en Latinoamérica y, con esta experiencia, comparte las “red flags” de aquellos que no van a ser exitosos

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Elena Arias Ortiz, Especialista Líder
Elena Arias Ortiz, Especialista Líder de Educación del BID (foto: cortesía del Tec de Monterrey)

Desde hace quince años, Elena Arias Ortiz trabaja en el Banco Interamericano de Desarrollo en el diseño, implementación y evaluación de proyectos de innovación tecnológica en América Latina. Con un doctorado en Economía de la Université libre de Bruxelles y experiencia en el Banco Mundial y la Comisión Europea, hoy es Especialista Líder de Educación del BID y desde ese rol acompaña a gobiernos y sistemas educativos para que las inversiones en tecnología se traduzcan en mejoras de aprendizaje.

En diálogo con Ticmas, Arias Ortiz explica cómo son los programas que han implementado con éxito en Chile, Ecuador y República Dominicana, cuenta por qué tantos proyectos de innovación educativa fracasan y reconoce que, si bien hay indicadores claros de que la tecnología puede potenciar el aprendizaje, todavía no hay respuesta sobre cómo encontrar un uso equilibrado.

¿Cuáles son los errores más comunes al pensar la implementación de un proyecto de innovación?

—El más común es subestimar la capacidad de los equipos: “Esto es fácil, esto es intuitivo”. Nada es fácil, nada es intuitivo. Tienes que planificar e involucrar muy bien a todos los actores desde la planificación hasta el momento de la implementación. La otra cuestión —que pasa mucho— es que la tecnología que crees que tienes no da la talla.

¿En qué sentido?

—Crees que tienes conectividad en la escuela y, cuando vas, la conectividad está en la sala del director. O, si se conectan dos aulas a la vez, se cae. O los dispositivos no se pueden cargar todos a la vez. Se subestima la infraestructura tecnológica. No es una cuestión del equipo: los docentes y los directivos están ocupados, y cada proyecto de innovación tecnológica muchas veces llega para sentarse encima de lo que ya está pasando en la escuela. Piensas en innovación y dices: “Vamos a llevar este proyecto”, y a la escuela le encanta la idea, pero te preguntan: “¿Cómo hago para pedirle una cosa más a mis equipos?”. Uno piensa en innovación en un cuarto, hace un brainstorming divino, el diseño queda muy bonito, pero para llevarlo a terreno tiene que mezclarse muy bien, ser útil y adaptable al cotidiano. Muchos de los proyectos en escuelas fallan por eso.

"Cada vez hay más evidencia
"Cada vez hay más evidencia y más artículos de investigación serios que muestran que la tecnología puede tener un efecto muy positivo en el aprendizaje", dice Arias Ortiz (foto: cortesía del Tec de Monterrey)

¿Cómo se interpretan los resultados de proyectos piloto implementados a nivel regional, considerando que Latinoamérica es un continente tan grande y diverso?

—Es parte de llevarlo al terreno. Es realmente un desafío que tiene que ver con pensar desde el inicio, desde el diseño, cómo vas a contextualizar en cada entorno. Estoy implementando un piloto de restricción de celulares en Lima. Repartimos estuches a los chicos para restringir el celular y ver los efectos en salud mental. En algunas escuelas de los barrios más peligrosos destruyen los estuches, mientras que, en otras, con otro contexto socioeconómico, funciona mejor.

¿Cómo se encuentra el equilibrio en el uso la tecnología para el aprendizaje? Algunos países la han dejado de usar, pero para muchos contextos de América Latina muchas veces es la única oportunidad de entrar en contacto con ella.

—Cada vez hay más evidencia y más artículos de investigación serios que muestran que la tecnología puede tener un efecto muy positivo en el aprendizaje. En matemáticas hay más evidencia porque requiere horas de práctica y retroalimentación en los errores típicos que se cometen. Se puede apoyar al docente en esta práctica y eso lleva a mejoras en los resultados. Pero, al mismo tiempo, están los temas de salud mental. Dinamarca anunció un cierre total de las laptops: van a volver a imprimir textos después de haber pasado todo a digital. Realmente te hace reflexionar. El tema es que sí puede ayudar, pero también trae efectos negativos. No hemos encontrado la manera de limitar los efectos negativos y ese es el problema. ¿Dónde está ese balance? Creo que la escuela y los hogares deben trabajar en conjunto para limitar esos problemas. La prohibición total no creo que vaya por ahí, pero honestamente no tenemos una respuesta hasta ahora sobre cuál es ese punto medio en el cual explotamos las cosas positivas sin caer en los efectos negativos.

Las compañías de tecnología educativa han convertido al contenido en una suerte de commodity. Hoy se diferencian por las métricas: ¿llegará la madurez en la que la tecnología sea eficaz para medir aprendizajes?

—El año pasado hicimos una nota sobre inteligencia artificial y transformación digital educativa. Uno de los temas que abordamos fue el de medición. Si estás en una etapa temprana, lo primero que tienes que medir son brechas de acceso. Ahora, no te puedes quedar ahí. Ya no es “Tengo cien niños y distribuí cien laptops”. Son métricas básicas de uso. Y tú le pides incluso a Ceibal —que es el que tiene más experiencia con esto— y recién ahora están empezando a desarrollar buenas métricas de uso. Después del uso, ¿qué impacto tiene? Mientras que no tengamos datos concretos de acceso, uso y efectos en aprendizaje, no vamos a poder llegar a ese punto medio. Ves cuánto lo usas, qué ejercicios hiciste, qué desafíos tenías, y puedes ligarlo con métricas de aprendizaje. Pero yo no conozco muchos casos de países que hagan estas tres cosas: estos tres pilares de medición. Ahí es donde empiezas a triangular la información: OK, este uso es demasiado; este uso es positivo; este uso no es tan positivo.

¿Todavía estamos en una etapa artesanal de los datos?

Ahora medimos mejor acceso y tenemos medición. Nosotros tenemos brechas de conectividad; por ejemplo, hemos trabajado desde el Banco con datos georreferenciados junto con la división de conectividad del banco para poder entender brechas de acceso a conectividad, brechas de tecnología. Hasta cierto punto tienen que tener conectividad: es un servicio básico. Estamos mejorando en cómo medir este acceso, pero deberíamos pasar rápido al uso y ver cuáles de estas inversiones realmente tienen un retorno en términos de aprendizaje.

"Cuando yo veo que una
"Cuando yo veo que una propuesta está muy desconectada del contexto cultural de América Latina, o del Caribe, eso ya es una red flag", dice Elena Arias Ortiz (foto: cortesía del Tec de Monterrey)

¿Hay bibliografía sobre el tema?

—Esto es aún incipiente. Existen evaluaciones de impacto en condiciones muy controladas, que es lo que hacen, en general, las investigaciones y los papers que hacen evaluaciones aleatorizadas. Te lo miden en un contexto de 100 escuelas, 50 escuelas: muy acotado. El planteamiento que hacíamos en esa nota era que hay que mirar esto a nivel del sistema, porque no es lo mismo hacerlo en 100 escuelas que cuando ya lo estás haciendo a nivel de una provincia. ¿Qué impacto tiene esto a nivel de escala? Ahora la nueva estrategia pone mucho énfasis en eso: no solo cuánto estamos invirtiendo, sino a qué escala estás logrando tener un impacto significativo. Y es ahí donde, en tecnología, yo veo que tenemos el próximo desafío.

Las compañías privadas tienen que desarrollar métricas que sostengan el trabajo y aporten también a la investigación. ¿Es así?

—Yo tengo hijos y yo veo en mi casa la motivación. Me toca pelear para que hagan las tareas, excepto cuando es en una plataforma: ahí están felices. Pero yo quiero saber si la plataforma es efectiva en volver en aprendizaje el tiempo que pasan con el dispositivo. Que el chico esté concentrado, que tenga una ayuda y que esté motivado para practicar es una gran ayuda. En este caso efectivamente es la línea de base. Estamos pegados en las estadísticas y en los indicadores de uso. No solo cuánto sabía cuando empezó a usar, sino qué sabe hacer después. La conversación se está moviendo hacia ahí, porque además hay mucha más demanda ahora, con las inversiones tan altas. ¿Qué tanto retorno estamos teniendo de esas inversiones?

¿Qué programas están desarrollando en el BID?

—Tenemos tres grandes pilares de acción o tipos de proyectos que responden a los grandes desafíos que hemos identificado: mejorar el acceso y las trayectorias continuas, mejorar la eficiencia y el uso de los recursos, y mejoras en aprendizaje. Con proyectos concretos, los más activos ahora son los de eficiencia en los recursos. Estamos experimentando con proyectos en Chile y Ecuador, en los cuales se utiliza la inteligencia artificial y la tecnología para atraer a los mejores docentes a la profesión, por ejemplo, o mejorar la asignación docente: le metes un tutor que le señala cuáles son las escuelas con más desafíos, te hace algunas intervenciones de comportamiento donde te recuerdan por qué quisiste ser docente. Con resultados probados significativos, eso mejora.

Es interesantísimo. ¿Hay algún ejemplo concreto de esos proyectos?

—En Ecuador hicimos uno, en el que sacaron un paper y ganamos un premio. Básicamente, al momento de hacer tu aplicación querían mejorar la asignación. Todos los maestros escogen las mismas escuelas, que son las que están en las mejores zonas. Aquí, te hacía escribir un pequeño ensayo de por qué quisiste ser docente. Esto les recordaba toda la inspiración y la misión que tenían detrás y después te decía: “Estas escuelas tienen estas características…”, y lograban mejorar en un porcentaje significativo la aplicación a esas escuelas un poquito más difíciles. Heart to Schools, como le llaman. Y en Chile se llama Quiero ser docente. Hay una problemática, que es que los docentes abandonan la carrera en los primeros dos años, porque se desaniman. Les pusieron un tutor virtual y ahora están experimentando con un tutor de IA, que les permitió llegar a muchos más docentes y tuvieron un efecto significativo en el número de docentes que abandonan en esos primeros años.

Con todo el costo que implica formar a una persona, ¿no?

—Exactamente. Eso, que lo llamamos eficiencia de recursos, tiene que ver con mejores docentes y mejor calidad, pero la intervención trabaja directamente con los docentes, no en el aula. Esos usos de la tecnología son altamente promisorios. Otro proyecto tiene que ver con aprendizajes y lo que pasa en el aula. Plataforma de aprendizaje con inteligencia artificial. Tenemos dos evaluaciones de impacto ahora en República Dominicana que están en curso. Yo hice una en Chile y Perú con resultados significativos en tareas específicas de ejercicios de repetición. Le da información al docente y pueden ayudar a mejorar los aprendizajes. Y hay muchas otras de tutorías, pero con los chicos. La línea de trayectorias, como prevención del abandono y alertas tempranas, está arrancando. Es un poquito más incipiente, también porque los datos en nuestros sistemas educativos no siempre son buenos. Pero sí vemos un uso promisorio.

Cada vez que lanzan un pliego, reciben muchos proyectos: ¿cuáles son tus alarmas para ver que uno no va a funcionar?

—Que no sea algo que traigo de Singapur y voy a hacer plug acá: eso no funciona. Entonces, ¿qué conversaciones han tenido? ¿Con qué países han hablado? ¿Para dónde lo han pensado? Cuando yo veo que una propuesta está muy desconectada del contexto cultural de América Latina, o del Caribe, eso ya es una red flag. Te voy a poner el caso de una plataforma de Finlandia que está trabajando con varios países de América Latina, pero están totalmente contextualizados con los países en los que trabajan. Porque la plataforma puede ser fantástica, pero de nada te sirve si no la logras implementar en la región.

Si lo tuviese que poner en una clasificación brutal sería: ¿es más un tema de conocimiento que de fondos?

—Si el proyecto más lindo y más estético y técnicamente más sólido, no se conecta con el día a día de la escuela y los docentes y los chicos no le ven la utilidad, muere. Otras red flags: si requiere internet de alta velocidad no va a funcionar. Si no puede trabajar offline. O sea, tiene que tener versatilidad y ser muy intuitivo, tiene que ser fácil de usar. Esas son las cosas que yo miro.

Si pensamos de acá a cinco años, ¿cuáles son, en tu experiencia, los problemas a los que habrá que prestarle atención?

—Una de las áreas donde estamos trabajando más es la eficiencia del gasto. Tenemos que encontrar maneras de hacer mejor las cosas con los mismos recursos. Los países tienen restricciones fiscales. ¿Cómo hacemos para mejorar estos problemas? ¿Cómo asignamos mejores docentes, cómo mejoramos la formación inicial de los docentes sin gastar más? ¿Cómo hacemos para gastar mejor y mejorar la calidad? En los próximos cinco años no va a haber más recursos. Tenemos que ser creativos y mejorar la eficiencia, usar la tecnología para monitorear las inversiones en infraestructuras, hacerlas más costo-efectivas. Hay mucho gasto y mucho desperdicio, y no se tienen los datos o la evidencia necesaria para tomar las decisiones adecuadas. Gran parte tiene que ver con los docentes: apoyarlos más en su formación y en su cotidiano con menos carga burocrática, para liberarles tiempo y que puedan dedicarse más al aprendizaje.

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