
Hace no tantos años, los adultos tenían un puñado de certezas probadas y garantizadas. Creían y, les hacían creer a los niños, que ya sabían cómo funcionaba el mundo en general y, por lo tanto, cómo se hacía para tener éxito: qué convenía estudiar, qué profesión era mejor remunerada, dónde estudiar. Pero en un mundo en constante cambio y evolución, es imposible tener respuestas únicas a este tipo de preguntas, porque los escenarios van cambiando y la clave del éxito es buscar y encontrar nuevos modos de resolver las cosas para adaptarse a esos cambios.
La capacidad de innovar se ha convertido en un activo fundamental, ya que impulsa el progreso y la transformación de la vida de los individuos y de la sociedad en la que viven. Pero, ¿es esta una cualidad innata de las personas o se puede desarrollar? ¿Podemos fomentar este espíritu innovador desde una edad temprana? Desde el ámbito educativo, qué podemos hacer (y qué deberíamos dejar de hacer) para que nuestros estudiantes aprendan a innovar.
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Aprender fuera de la caja
Una educación innovadora promueve el avance, fomenta nuevos conocimientos, impulsa la investigación y, en general, es el factor que puede transformar a las sociedades. De modo que si nos proponemos enseñar a innovar, debemos abandonar las certezas. Las clases expositivas, que buscan dar respuestas en bandeja, que trabajan un tema único, descontextualizado y desvinculado de otros temas, no contribuyen con el desarrollo de miradas diversas y con la búsqueda de nuevas soluciones.
La innovación comienza con la curiosidad, por lo que necesitamos hacer buenas preguntas que sean formuladas sin sus respuestas. Es fundamental fomentar un ambiente donde los estudiantes se sientan libres de explorar, buscar, experimentar y hacer nuevas preguntas. Colocar al estudiante en un rol activo frente a su aprendizaje. Los docentes podemos colaborar promoviendo la investigación autodirigida, generando oportunidades para la realización de proyectos creativos y alentando el pensamiento crítico. Al permitir que los estudiantes exploren temas que les apasionen, se despierta su creatividad y se fomenta el deseo de encontrar soluciones innovadoras.
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Una clase activa
La innovación prospera en entornos colaborativos donde se valora la diversidad de ideas y perspectivas. Por eso es clave que los estudiantes trabajen juntos, que colaboren, discutan, expongan sus ideas, argumenten ante sus pares, ya sea a través de proyectos grupales, debates o actividades extracurriculares. Además, es importante promover el pensamiento multidisciplinario, alentando a los estudiantes a integrar conocimientos y habilidades de diferentes áreas para abordar problemas complejos desde múltiples perspectivas. Muchas veces, los estudiantes llegarán a distintas conclusiones. La diversidad de respuestas y soluciones es una característica de este tiempo. Esta es una oportunidad de enriquecer el trabajo haciendo una evaluación acerca de las ventajas y desventajas de cada propuesta. Y si la respuesta de los estudiantes no es aplicable o no es correcta, enseñarles a revisar el proceso y buscar los puntos de mejora. Los errores deben ser parte del proceso de aprendizaje y son enormes oportunidades para reflexionar y profundizar en algunos puntos de la solución en los que no se había puesto tanto la atención.
Muchas veces, ajustarnos a las demandas del sistema nos impide a los docentes trabajar de este modo más flexible y activo. Este momento nos interpela. Si estamos seguros de que el pensamiento creativo e innovador es clave para nuestros estudiantes, nosotros debemos encontrar los caminos para innovar dentro del aula y en nuestras propuestas. El modelo de trabajo por proyectos (ABP), los proyectos STEAM o las actividades maker son herramientas esenciales para generar espacios de trabajo activo donde puedan desarrollarse competencias y habilidades a través del hacer.
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Sociedades innovadoras
La escuela tiene como objetivo preparar a los niños y niñas para la vida. Si no perdemos de vista esta meta, es claro que uno de los aspectos que se deben fortalecer hoy es la innovación. La necesidad de ser innovador, como dijimos, radica en la dinámica cambiante del entorno en el que vivimos, que nos demanda constantemente soluciones nuevas y mejoradas para enfrentar desafíos y aprovechar oportunidades. Innovar abre puertas en un mercado laboral globalizado y altamente competitivo, como el que enfrentan nuestros jóvenes hoy.
Pero además, a través de la creatividad y el pensamiento innovador, podemos encontrar soluciones efectivas y sostenibles para los problemas más apremiantes de nuestra sociedad y el aprovechamiento criterioso de los recursos naturales. Sin dudas, la innovación impulsa el crecimiento económico y el desarrollo social al crear nuevas oportunidades de negocio, empleo y mejora de la calidad de vida. En este sentido, se transforma en una meta ineludible de la educación: preparar estudiantes para la vida de hoy es enseñarles a tener creatividad y pensamiento innovador. De este modo, no solo estaremos preparando a los estudiantes para el futuro (¿presente?), sino también cultivando una sociedad más creativa, próspera y resiliente.
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(*) Silvana Cataldo es especialista en innovación educativa. Líder de Proyectos en Ticmas
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