
“Lee, lee que algo quedará”. Ese “algo” es mucho más que la grata sensación de sumergirse en historias, ideas y palabras. La lectura, en especial desde temprana edad, es el verdadero reorganizador de nuestra arquitectura cerebral.
Si bien no es nuevo decir que la lectura enriquece nuestras experiencias como humanos y nuestros conocimientos; dos investigaciones recientes, una realizada con más de 10.000 adolescentes y otra que sintetiza 89 estudios de neuroimagen, ponen el foco en la importancia del disfrute del hábito lector. Un placer que va más allá de la habilidad técnica de decodificar, comprender y evaluar.
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Cuando el disfrute potencia la habilidad
Aprender a leer es uno de los grandes hitos que realiza un niño en su camino del aprendizaje y los programas escolares destacan la importancia de adquirir esta habilidad técnica. Sin embargo, nuevas investigaciones demuestran que leer por placer activa en el cerebro transformaciones estructurales que la instrucción formal no puede producir de igual manera. Esta diferencia no es marginal o sutil, sino que trata de un impacto en las vías de materia blanca, de volumen cortical y de conectividad entre regiones que gobiernan el lenguaje, la atención y las percepciones sensoriales.
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El primer estudio fue publicado en Psychological Medicine por investigadores de las universidades de Cambridge, Warwick y la Universidad de Fudan de Shanghái. Los autores analizaron datos del cohorte Adolescent Brain and Cognitive Development (ABCD) en Estados Unidos. Una investigación que reclutó a más de 10.000 jóvenes adolescentes y que a partir de datos, entrevistas clínicas, pruebas cognitivas, evaluaciones de salud mental y conductual, y escáneres cerebrales, lograron establecer diferencias concretas en el desarrollo cerebral de aquellos que comenzaron a leer por placer a una edad relativamente temprana, entre los dos y nueve años.
De esta forma se comprobó que el cerebro de un niño que leyó por gusto durante varios años no solo almacena más vocabulario: tiene una arquitectura diferente a la de aquel que solo adquirió la habilidad técnica sin el disfrute.
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La práctica lectora también importa; los investigadores encontraron que doce horas semanales es la cantidad óptima de lectura asociada con una estructura cerebral mejorada. Aunque, después de cierto umbral los beneficios cognitivos se atenúan, posiblemente porque el exceso de tiempo sedentario desplaza otras actividades igualmente enriquecedoras para el desarrollo, como el deporte y la socialización.
En términos educativos resulta relevante subrayar que el estudio pudo demostrar que los beneficios se concentran en los jóvenes adolescentes que pasaron entre tres y diez años leyendo por placer, comenzando lo suficientemente temprano como para coincidir con la plasticidad máxima del desarrollo cerebral en regiones relacionadas con el lenguaje.
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La materia blanca no miente
El segundo estudio que muestra continuidad con los resultados antes mencionados es el publicado en la revista Children a partir de una revisión sistemática de 89 estudios de neuroimagen.
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Los investigadores de la Universidad Akdeniz de Turquía pusieron la mirada en el desarrollo de la materia blanca; el tejido cerebral que conecta regiones y permite que la información viaje de manera eficiente entre zonas especializadas.
A partir del cruce de la adquisición lectora y el desarrollo de materia blanca desde la infancia hasta la adolescencia, se pudo determinar- a partir de las neuroimágenes consideradas- que efectivamente quienes habían leído de manera consistente poseían mayor materia blanca la cual sostiene el procesamiento fonológico y la fluidez lectora.
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Enseñar a disfrutar la lectura
Ambos estudios permiten reflexionar sobre la instrucción formal de la lectura y la posibilidad de ir más allá y de crear placer en el hábito. La investigación de Cambridge destaca que la ventaja cerebral no se explica por quién tiene más libros en casa ni por la calidad del colegio, sino que aparece en niños que simplemente leyeron porque quisieron, no porque los obligaron.
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El Prof. Jianfeng Feng, de la Universidad de Fudan y la Universidad de Warwick, subrayó en diálogo con la Universidad de Cambridge: “Alentamos a los padres a hacer todo lo posible para despertar la alegría de la lectura en sus hijos a una edad temprana. Si se hace correctamente, esto no solo les dará placer y disfrute, sino que también ayudará a su desarrollo y alentará los hábitos de lectura a largo plazo, que también pueden resultar beneficiosos en la vida adulta.”
La neurociencia describe un beneficio cuya ventana son los primeros nueve años de vida, aunque muchos sistemas educativos tienden a intensificar la lectura evaluada como la comprensión de textos y/o pruebas estandarizadas, justamente cuando el placer lector ya declinó.
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