
Ennio Flaiano, el guionista de Federico Fellini en La dolce vita, decía que una característica saliente de las obras maestras es que parecían ser fáciles de hacer. No simples: fáciles. Cualquiera ve un cuadro de Piet Mondrian o Max Ernst y piensa: ¿no lo podría haber hecho yo? Y la verdad es que no, pero la obra de arte tiene una potencia fulminante que nos hace sentir artistas y oculta las larguísimas horas de trabajo. Y está muy bien que así sea.
La muestra que Pablo Bernasconi montó en el Centro Cultural de la Ciencia y a la que el público podrá ver desde el 15 de julio es una obra de arte. Y tiene, por supuesto, esa característica de la que hablaba Flaiano. Las pinturas, los collages, las esculturas, las instalaciones, las ilustraciones de Bernasconi parecen simples. Y tal vez en esta muestra esa simpleza sea todavía más interesante, porque la pregunta que intentan contestar no tiene respuesta.
Son 30 obras que, desde la literatura, las artes plásticas, las ciencias exactas, la filosofía y la historia, buscan que la mirada sienta el vértigo del infinito: cómo se entienden los confines del universo, qué hay más allá de donde no hay nada, qué han pensado los grandes pensadores de la historia de eso que no tiene fin ni principio.

“Esta muestra”, dice Bernasconi, “me llevó tres años de trabajo. Intenta cruzar universos, el de la ciencia y el del arte, el de la mitología y el de la religión, el de la poesía y el de la abstracción. El infinito es una excusa perfecta para el experimento que quiero llevar a cabo aquí. La soberbia del intelecto frente al bálsamo de la poesía. Lo que sabemos, que siempre es poco, depende de lo que creemos, que nunca es mucho. Y así está el mundo”.
El recorrido se divide en circuitos: astrofísica, ciencia, filosofía, arte, simbología, etc. Así, aparecen las metáforas científicas, la cuestión sobre los agujeros negros y los multiversos, la caverna de Platón, los laberintos de Borges, la teoría de Spinoza sobre los modos infinitos, la melodía infinita de Wagner, la serpiente de uróboros, el Ave Fénix.
La muestra es exquisita no sólo por la sensibilidad sobrecogedora de la muestra —Bernasconi es un artista sumamente elegante y tierno—, sino también por cómo se pone de manifiesto la convivencia natural entre arte y ciencia. Cada obra se sostiene en textos curados por especialistas del Instituto Balseiro, de la Comisión Nacional de Energía Atómica, del CONICET, de la Universidad Nacional del Comahue.

Lo alucinante —lo maravillosamente alucinante— es que no importa cuántas preguntas y conexiones entre pensadores se haga, ninguna definición alcanza para definir del todo qué es el infinito. Tal vez por eso, la única manera de comprenderlo sea a través del arte: sólo una verdad inefable puede contener otra verdad inefable.
El infinito se podrá visitar hasta el 9 de octubre en el Centro Cultural de la Ciencia, Godoy Cruz 2270 en CABA.
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