
Durante el tiempo transcurrido en la situación epidemiológica actual, los docentes debieron animarse a probar nuevas formas de enseñar y evaluar. Se vieron obligados a rediseñar las clases para continuar con los procesos educativos, y, en esa necesidad de rearmarse, descubrieron un sinfín de herramientas. Muchas de ellas ya existían pero, no había sido necesario usarlas.
En mayo del año pasado, el Consejo Federal de Educación estableció que la enseñanza impartida a los estudiantes en dicho ciclo lectivo fue de carácter formativo y en ningún momento se buscó la acreditación de saberes. Desde el Ministerio de Educación se optó por suspender las calificaciones numéricas en los boletines de todas las escuelas, bien sea públicas o privadas. Esta medida fue acogida por todas las jurisdicciones paulatinamente.
Según la Unesco, aproximadamente 1.600 millones de estudiantes a nivel mundial se vieron directamente afectados con la cancelación de las clases presenciales. Es decir, el 92% de los estudiantes en 191 países en el mundo. Como si fuera poco la mitad de esos estudiantes no cuenta con una computadora en su hogar y el 43% no cuenta con acceso a internet. ¿Cómo calificar a quienes tuvieron su proceso educativo completamente paralizado durante el tiempo de confinamiento? ¿Es esa valoración necesaria en este contexto? ¿Qué aporta la valoración numérica al proceso de aprendizaje? ¿Es justo poner hoy una misma vara cuando la brecha se agrandó tanto?
Un estudio del Observatorio Argentinos por la Educación señala que en el país tan solo en 37 de cada 100 hogares hay acceso a internet. ¿Qué pasa con todos esos niños, niñas y adolescentes que no cuentan con acceso a internet o con quienes no tienen acceso a dispositivos que les permitan la continuidad de su proceso educativo? En muchos de los hogares donde hay acceso a internet, las familias solo cuentan con un dispositivo móvil para usar, al que no todos los miembros de la familia pueden acceder.

En cuanto a la evaluación de los niños, niñas y adolescentes, una de las primeras decisiones que el docente debe tomar en el aula es el rol en el cual va a poner al estudiante: si como sujeto de aprendizaje y que sea receptor de la información o cómo sujeto de conocimiento y explorar a partir de esa opción. Si se reconoce el error del estudiante como una oportunidad de aprendizaje para todos los actores involucrados en el proceso de enseñanza y aprendizaje, se podrá trabajar en la búsqueda de nuevas estrategias a efectivizar para mejorarlo.
En medio de las adversidades, la pandemia impulsó un cambio positivo en la comunidad educativa y ese cambio se va a sostener en el tiempo: generó la necesidad de crear evaluaciones más auténticas que tengan en cuenta las diferentes inteligencias y potencialidades de los estudiantes, pues dado el contexto general y la situación particular de cada niño, niña o adolescente, no era posible evaluarlos de la misma forma.
Si algo nos dejó en claro la pandemia es que aprobar no lo es todo. No basta con sacar buenas calificaciones si no se está teniendo en cuenta el proceso pedagógico de cada estudiante y hoy más que nunca su contexto. Esta suerte de valoración permite evidenciar habilidades y competencias de cada estudiante en particular. Seguramente, encontraremos con el paso del tiempo nuevas formas de entender el proceso de aprendizaje y eso nos lleve a repensar completamente la valoración que hacemos de él.

Es importante ver qué sucede cuando se cambia de forma radical el tiempo para aprender y en qué sentido la adquisición de herramientas como la autonomía por parte de los estudiantes facilita el proceso educativo. Variables como poder elegir por cuál contenido empezar o en qué horario estudiar, fortalecen las diferentes formas de aprendizaje de los estudiantes y eso se ve reflejado en su avance.
La virtualidad nos privilegió con una nueva realidad, la comunidad educativa se volvió cada vez más diversa y tiene exigencias que hace unos años no tenía. Los estudiantes tienen un nivel de demanda superior al de antes y eso implica que los docentes busquen dar respuesta de manera personalizada a esas demandas. Para esto, es necesario que cuenten con herramientas que les permitan empatizar con las necesidades particulares de los estudiantes.
Después de escuchar a miles de docentes a lo largo de estos años, puedo afirmar que, para una efectiva reforma en el sistema educativo y, de paso, en el sistema de evaluación, se necesitan docentes líderes comprometidos con la transformación educativa, con quienes se puedan establecer las prioridades en el aprendizaje involucrando a todos los agentes de la comunidad educativa, padres, madres, estudiantes, directivos, funcionarios y docentes en el proceso de reconocimiento de las diferencias entre los estudiantes y sus contextos sociales, familiares y culturales.
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