
El sector hotelero argentino atraviesa un escenario complejo. La caída del turismo interno, el aumento de viajes al exterior y la baja competitividad del país para los turistas extranjeros generaron un fuerte impacto en la actividad. Gabriela Ferrucci, presidenta de la Asociación de Hoteles de Turismo de la Argentina, expuso esta situación en una entrevista radial en la que describió las dificultades que enfrentan establecimientos en la ciudad de Buenos Aires y en distintas regiones del país.
En la conversación con Radio Rivadavia, la dirigente mencionó el testimonio de un empresario que administra un hotel en el microcentro porteño. Ese establecimiento cuenta con cuarenta habitaciones, pero apenas nueve estaban ocupadas. “A este ritmo no banco más de dos meses”, transmitió el propietario. La escena reflejó un problema extendido: la baja demanda afectó tanto a hoteles urbanos como a los de otros destinos turísticos.
Ferrucci señaló que, durante el primer semestre del año, un 66% más de argentinos viajó al exterior en comparación con el mismo período del año anterior. Explicó que este fenómeno respondió al tipo de cambio, que incentivó a quienes tenían la posibilidad económica a elegir destinos fuera del país. Además del atractivo turístico, muchas personas aprovecharon esos viajes para realizar compras de tecnología, ropa y otros productos.
La presidenta de la Asociación de Hoteles de Turismo puntualizó que, en varios casos, los costos de los vuelos internacionales resultaron inferiores a los de la conectividad interna. “Por ahí podés tener en algún momento vuelos al sur del país que salen ochocientos o novecientos dólares y podés irte a Punta Cana por cuatrocientos”, expresó. Ante la sorpresa del entrevistador, Ferrucci ratificó el dato y remarcó que la diferencia de precios generó un efecto directo en las decisiones de los viajeros.
El contraste entre tarifas internas y externas se convirtió en uno de los factores que golpearon a la hotelería. Mientras el sur argentino exige traslados costosos para quienes parten desde Buenos Aires, varios destinos en el Caribe o países limítrofes ofrecieron alternativas más accesibles. Brasil y Chile se consolidaron como opciones frecuentes, al igual que Uruguay en determinados períodos.

La dirigente también se refirió a la caída de la demanda extranjera. Explicó que la Argentina se volvió un destino caro para los turistas regionales, que suelen guiarse por criterios de precios al planificar sus viajes. Esa retracción se sintió con fuerza en la ciudad de Buenos Aires, que depende tanto del turismo interno como del proveniente de países vecinos.
“En las últimas vacaciones de invierno tenemos medido que cayó alrededor de un veinte por ciento la demanda”, detalló Ferrucci. Esa merma se sumó a la reducción de visitantes de Brasil, Uruguay y Chile. El efecto combinado afectó de manera particular a los hoteles de la capital, donde la oferta es amplia y la competencia intensa.
Además del precio, la conectividad apareció como un factor central. Ferrucci explicó que la alta salida de argentinos hacia otros países impactó en el costo de los pasajes disponibles para quienes quisieran ingresar a la Argentina. La mayor demanda para salir encareció los vuelos, lo que repercutió en los visitantes internacionales.
El problema se agravó por la necesidad de conexiones internas. La dirigente indicó que la mayoría de los turistas que llegan desde el hemisferio norte busca recorrer varias regiones, lo que implica traslados dentro del país. El valor elevado de esos pasajes internos redujo la competitividad de la oferta nacional frente a otros destinos de Sudamérica.
La entrevistada puso de relieve que el encarecimiento de la conectividad interna desalentó tanto al turista local como al internacional. En el caso de los argentinos, el incentivo de viajar afuera resultó más fuerte cuando aparecieron oportunidades de vuelos accesibles hacia el Caribe o países cercanos. En el caso de los extranjeros, la necesidad de combinar vuelos largos con traslados internos costosos restó atractivo a la experiencia.
El sector hotelero, que ya lidiaba con un contexto de inflación y menor poder adquisitivo interno, sumó así un nuevo desafío. La baja de reservas en ciudades como Buenos Aires o en regiones tradicionales del turismo local se reflejó en niveles de ocupación preocupantes. El ejemplo del hotel del microcentro porteño, con apenas nueve habitaciones ocupadas de un total de cuarenta, se convirtió en un símbolo de esta coyuntura.
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