El nombre de Silvina Batakis para reemplazar a Martín Guzmán en ese fin de semana de vértigo surgió como una solución que, se previó, era de consenso para una urgencia que no aceptaba más demoras: determinar, a horas de que comience de la actividad financiera y bancaria y ante la amenaza de una reacción en el mercado, quién estaba al mando del timón económico.
Batakis fue la elegida en medio de versiones de una reestructuración más amplia del gabinete, que no terminaron de sonar incluso con ella ya sentada en el quinto piso del Palacio de Hacienda. Ese ruido no cesó en los 24 días que duró su mandato y terminaron por determinar su pronto final.
La ahora ex ministra de Economía llegó para reemplazar a un Guzmán que ya carecía prácticamente de apoyo político dentro del oficialismo y que además, pidió condiciones para seguir que el presidente Alberto Fernández no le podía garantizar.
Batakis, no obstante, desembarcó con un discurso en línea con el de su antecesor. El tablero completo de la economía argentina le dejó ver a Batakis que la dirección de la política económica que tenía que transitar el Gobierno en los meses siguientes: acelerar la baja del déficit y la acumulación de reservas, dos metas bajo el toldo del acuerdo con el FMI.
Para eso, puso sobre la mesa una serie de lineamientos, en los que pudo avanzar con mayor o menos profundidad en su corta estancia como jefa del Palacio de Hacienda. Por un lado, una idea central que acordó con el Banco Central: acelerar la devaluación del peso en su cotización mayorista administrada por esa entidad y dar una fuerte señal de suba de tasas de interés. Esa tenaza propiciaría, de acuerdo a la lectura de Batakis, una merma en el apetito dolarizador.

La acción de tasas de interés fue la parte de su hoja de ruta que Batakis pudo cristalizar de forma más rápida. En su breve paso por Economía tuvo a su cargo dos licitaciones de deuda en pesos. En las dos ofreció a los inversores un puñado de bonos o letras en moneda local con distintos diseños -atados a la inflación, al dólar o a tasa fija- pero con la premisa de entregar rendimientos positivos en comparación con la inflación.
El último paso tuvo lugar esta misma semana. El miércoles la Secretaría de Finanzas que encabeza Eduardo Setti -un funcionario con relación estrecha con el equipo económico massista- subió la tasa de interés hasta un 70% nominal anual, lo que en el mercado traducen como una tasa efectiva cercana al 90 por ciento.
La administración de las escasas reservas también formó parte de las luces de alerta más insistentes en el tablero. El corto tiempo de gestión de Batakis no alcanzó para establecer un plan con medidas concretas para acumular reservas.
Solo hubo dos acciones puntuales: una para ofrecer a los turistas del extranjero un precio más alto por sus divisas y así poder aumentar el ingreso de dólares por esa vía y otra, más reciente, para impulsar la venta de granos.
Batakis llegó a armar un equipo con orígenes variopintos. Uno de sus funcionarios de mayor cercanía fue el secretario de Comercio Interior, Martín Pollera, que también había trabajado con ella en la Secretaría de Provincias del Ministerio del Interior. Pollera encaró una agenda de acuerdos de precios con ejecutivos del sector de consumo masivo y tuvo a su cargo el anuncio de la última etapa de Precios Cuidados.
El resto de su gabinete estuvo integrado por hombres y mujeres con los que compartió gestión en la provincia de Buenos Aires y de otros orígenes. Martín Di Bella, secretario de Hacienda, había sido titular del ARBA durante el paso de Batakis por el equipo económico de Daniel Scioli. El de Finanzas, Eduardo Setti, tiene más cercanía con el massismo a través del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) del Anses, en el que todavía se desempeña Lisandro Cleri, cercano al nuevo ministro.
Batakis llegó a tener un puñado de reuniones: con sus pares, con un grupo de gobernadores y, en Washington, con la directora gerente del Fondo Monetario Internacional Kristalina Georgieva. En esos encuentros dejó en claro que buscaría continuar el camino de su antecesor para alcanzar las metas con el FMI.
Había en esa premisa una certeza áspera: en algún lado habría que recortar gastos. La obra pública y las transferencias a provincias, de una fuerte suba en la primera parte del año y que además tienen un nivel de discrecionalidad mayores a otras erogaciones más rígidas, como jubilaciones y gasto social.
La ex ministra llegó a presentar sus credenciales ante el Tesoro de los Estados Unidos y ante el FMI, con quienes conversó cómo cumplir las metas del acuerdo que Guzmán firmó en marzo y que ya fue recalibrado una vez. También tuvo una primera pulseada con inversores de Wall Street y ejecutivos de grandes empresas. El buen sabor de boca que le dejó esa misión en la capital norteamericana a Batakis se deshizo horas después: terminó siendo su última actividad como ministra.
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